Opinión

El erotismo de la dama del unicornio

Museo de Cluny en París.

  • 06/10/2015
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“A mi sólo deseo”, la misteriosa frase inscrita en la parte superior del tapiz principal de la serie La Dame à la Licorne.

               

El sábado soñé con la Dama del unicornio. Soñé que emprendía un viaje muy largo, fascinante y complejo, y que la frase escrita en la tapicería principal de la sala de los unicornios en el museo de Cluny en París, me guiaba, como cuando una/o escucha una voz, un murmullo interior. Desde la primera vez que la leí -hace tantísimos años- me hipnotizó esa frase. ¿Qué pueden significar esas palabras escritas en una tapicería de fines del siglo XV? ¿Qué pueden significar cuando este tapiz forma parte de una serie en la que cada una de las piezas –menos esta- se refiere a uno de los cinco sentidos? ¿Qué pueden significar en ese ambiente de un erotismo pudoroso y refinado que se insinúa entre los preciosos detalles de animales, flores y una mujer bella y ligeramente ajena?

 

Mi viaje de la realidad tuvo lugar en el Metrobús. Ahora que ya sé utilizar internet en el celular, pude mirar una y otra vez las imágenes que quiero compartirles. Pensé en el “deseo” como motor de vida. En el erotismo como una fuerza vital mucho más vasta que el acto sexual. El erotismo como esa intensidad que nos llama a crear, a andar con los ojos abiertos y la piel sensible a las bellezas del mundo. Que no son escasas, por suerte.  Entre todas las injusticias, las desgracias, las batallas por dar todos los días, nuestra fuerza viene –también- de abrir mucho los ojos y recibir agradecidos lo que podríamos llamar: la dulzura de vivir. A veces son segundos, horas, días, meses: la suavidad de vivir está allí, como un regalo. A veces se vuelve rara, escasa. Va y viene. Se presenta y se ausenta. Regresa, siempre regresa.

 

Es inmensa y minúscula la dulzura de vivir: cuando salgo la casa huele a pan, mi hijo Sebastián hace su tarea. Camino hasta La bombilla y encuentro un lugar en el Metrobús.  Suertuda. Miro las imágenes de los tapices, la muchacha en el asiento de al lado con sus cabellos blancos y sus cuatro aretitos en la oreja, me pregunta qué es eso que se ve bonito. Me recuerda a mi hijo Jerónimo, alguna vez se pintó los cabellos de canas y seguro en el metro o el Metrobús interpelaría a la vecina que mira imágenes que lo llaman. “Es la Dama del unicornio”. “¿Quién la pintó?”. “Es una tapicería, no sabemos”.

 

La muchacha estudia en una escuela de arte y me dice que ella sabe cómo atrapar a un unicornio: “es necesario lograr que se recueste en el regazo de una mujer virgen, así lo atrapan”. Eso dicen, aunque yo no lo creo. No conocemos la historia de la mujer que cohabita tan amistosa con el unicornio en las tapicerías, pero es un hecho: ya lo atrapó. En los tapices, el unicornio –uno de los animales favoritos en los bestiarios de la edad media- posa en toda naturalidad junto a animales que existen en la realidad real: un chango, un halcón, un león.  ¿Acaso no es así la vida? Ese entrecruzamiento constante entre la imaginación y la realidad. Entre lo tangible y lo intangible. Entre los sueños dormidos y la vigilia.

 

En la edad media se afirmaba que en algunos países del oriente más lejano sucedía: los elefantes y los unicornios se bañaban a poquísimos metros de distancia. Sólo que había una diferencia inmensa entre ellos: los elefantes podían ser atrapados. Los unicornios no. “De allí que nunca hayamos visto un unicornio en el circo Atayde”, le digo a la muchacha que se llama Ítala. Ella me cuenta que leyó una cita: hasta Marco Polo en su “Libro de las maravillas” mencionó la existencia de los unicornios. Qué curiosas casualidades: una va mirando las tapicerías de Cluny en el transporte público y se encuentra –justo al lado- a una encantadora unicornióloga.

 

El tapiz que representa el sentido del oído. Cluny 

 

El Cluny es uno de los más bellos museos de París (siglo XIII). Pequeñito y delicioso, el Museo Nacional de la Edad Media en el barrio latino.  Las tapicerías ocupan una sala. Fueron recuperadas en 1841 cuando las descubrió el escritor e historiador Prosper Merimée  en una visita al castillo de Boussac (Limousin). Los cartones que las originaron fueron fabricados en París a fines del siglo XV, mientras que el tejido se realizó en Flandes, la ciudad habitada –entonces- por los más grandes artistas tejedores de Europa. El rojo casi vino de la tapicería sigue intacto. Allí mismo se pueden visitar los baños galo/romanos, pero no es el punto.

 

Me concentro en la sala de la Dama del unicornio. Comienzo por el tapiz que está fuera de la serie de los cinco sentidos. Una mujer entrega sus joyas a otra mujer para ser guardadas en un cofre. Detrás, una especie de tienda de campaña que suponemos abierta para ella. ¿Hay alguien adentro que la espera? A cada quien de imaginar. Yo creo que sí. Creo que adentro la espera esa persona que es su objeto de deseo.

 

Pienso en un hombre tendido sobre almohadones, colocados a su vez, sobre tapices de bordados exquisitos. Pero quizá ese objeto suyo de deseo es una mujer. A cada quien imaginar. Ítala está segura de que es una mujer quien la espera, y además, que todo sucede en una especie de paraíso escondido en una isla. “Yo también adoro las islas”, le digo. Y pienso en la escritora Julieta Campos y sus historias de islas. Pero estamos en Cluny.

 

Bueno, estamos en el Metrobús, y ya hasta una persona se precipitó por el pasillo y le apachurró un pie a Ítala. “No cree en los unicornios”, me dice, “los que no creen en los unicornios te aplastan un pie y ni se disculpan”. Me suena científico. Se me ocurre escribirle una carta a Patricia Mercado: Estimada señora, me permito recomendarle soltar unicornios en el metro y en toda forma de transporte público en las horas pico, lo que mejoraría de manera notable la convivencia entre los usuarios.  Atentamente. Millones de firmas.

 

En la descripción que hace el Museo de Cluny de esta tapicería (la más misteriosa –insisto- de la serie) nos explica: “Mujer desprendiéndose de sus bienes materiales”. Me imagino que tremendos expertos en los códigos de la época habrán estudiado el tapiz antes de llegar a la conclusión que nos ofrecen. Pero, cada una/o ve lo que ve y entiende lo que entiende. Ante el objeto, hay tantas interpretaciones posibles como personas se acerquen. Y miren.  No pude y no puedo sino apreciar la escena desde una interpretación distinta: ¿Se está desprendiendo de sus “bienes materiales” de manera permanente, como si los donara? ¿O se desprende temporalmente de sus bienes materiales –primero sus alhajas y luego sus vestidos- para internarse ella desnuda, con la piel acariciada apenas por una brisita suave que mece a las flores de lis? ¿Entregar sus alhajas es el preámbulo a otra entrega más intensa y absoluta?  ¿Entregar sus alhajas podría ser una manera de caminar frágil, decidida y expuesta hacia la realización de sus deseos?

 

Los otros  tapices son alegorías de los cinco sentidos: La mujer alimenta a un pájaro para el sentido del gusto. Toca el órgano para el sentido del oído. Coloca un espejo frente al unicornio para el sentido de la vista. Confecciona una corona de flores para el sentido del olfato. Acaricia con sus manos el estandarte y el cuerno del unicornio para el sentido del tacto.  Se desliza en la sensualidad, pues, aún con su collar en el cuello. Escucha, huele, toca, mira, saborea. Después entrega sus joyas. Sólo después. No puedo jurar que ese fuera el orden original de los tapices. Ese es el orden que en esta historia me imagino. El que les propongo cuando los miren.

 

 

 El sentido de la vista. Cluny

 

Regreso a la frase: “A mi sólo deseo”. Escuché hace tiempo una interpretación que la nombraba como una frase de tremendo egoísmo. No lo creo. “A mi sólo deseo”, podría significar la libertad de elegir en plena congruencia con una misma. La libertad de vivir, trabajar y amar según los propios deseos dejando de lado los condicionamientos familiares y culturales que traemos escritos. Significaría la capacidad de ir descubriendo: “¿Cuáles son las lluvias que me mojan?”, como escribió Sandra Lorenzano. “A mi sólo deseo”, no significa que ignoro los deseos de los demás, sino que soy capaz de escucharlos y relacionarme con ellos a partir de la conciencia de lo que yo deseo.

 

Y me recuerda las palabras del psicoanalista Jacques Lacan: “Propongo que la única cosa de la que uno podría ser culpable, al menos desde la perspectiva analítica, es de haber cedido su deseo”.  Vuelvo acá a “deseo” en su sentido más amplio. Esa fuerza vastísima que nos lleva a elegir, a actuar, a estar vivos  y que –quizá- de una manera simbólica se expresa en los tapices de la Dama del unicornio a través del homenaje a los sentidos. A la sensualidad. El deseo sexual como metáfora de toda forma de deseo. No traicionarnos al traicionar nuestros deseos.

 

La dulzura de vivir en esas escenas sofisticadas y antiguas. Ítala a las alturas de la Roma se despide. Tiene en su balcón por lo menos un unicornio por alimentar. Ella me lo dijo.  La miro caminar con sus botines blancos, rosas y negros de florecitas. Lindísimos. Me dijo donde encontrar botines así: en el tianguis del mercado Pino Suárez. Pienso en mi hijo Jerónimo alimentando unicornios en una plaza muy lejos. Hasta por allá, siguiendo sus deseos.

 

No sé bien dónde bajarme pero tengo que llegar al Yoga Espacio Alameda. ¿No es extravagante esa aparente confrontación entre la omnipresencia del deseo en el psicoanálisis y el trabajo de desprenderse del deseo en el budismo? Estoy convencida de que ambas experiencias se complementan, aunque no sabría explicar cómo. También creo que en algún lugar me tengo que bajar de esta nave que me lleva a toda velocidad.

 

¿Andaré extraviada? Me pierdo, pero pregunto muchísimo. Entre “bájese aquí” y “Huy, pues ni idea”, y “bájese por allá”, una siempre termina por llegar a donde va. Y hasta puntual. Mis unicornios de hoy pastan en una clase de yoga en el centro. Nuestros unicornios. ¿Por qué nunca los vimos en el circo Atayde? Les digo: pese a todas las leyendas que describen cómo cercarlos, son imposibles de atrapar.

 

Es esa parte nuestra de libertad y de rebeldía. Esa parte erotizada y lúdica que nos jala hacia la vida. A la introspección. A la búsqueda de nuestras pequeñas y cotidianas verdades. A la lealtad hacia todo lo que hay en una misma que no es bueno, ni deseable, ni recomendable traicionar. Esa parte que murmura: “A mi sólo deseo”.

 

 

LAS TAPICERÍAS DE LA DAMA DEL UNICORNIO EN VIDEO.

 

¡FELIZ VIAJE!

 

@Marteresapriego