Opinión

El Eco de Umberto

En memoria de un intelectual.

  • 05/03/2016
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Al mencionar el nombre de Umberto Eco, nos es prácticamente imposible desligarlo de la semiótica, esa teoría general que estudia los signos en la vida social y que su origen se remonta a los primeros asentamientos de la humanidad; cuando el análisis de los signos de las enfermedades contribuyeron a combatir a éstas y dio por resultado un avance significativo en la medicina.

 

Umberto Eco, nacido en Alessandria (Piomonte) el 5 de enero de 1932, y quien falleció el pasado 19 de febrero en su casa de Milán, Italia, a los 84 años de edad, fue un teórico de arte, un polémico ensayista, pero sobre todo, fue extremadamente reconocido en el mundo intelectual como el más brillante semiótico de muchas décadas; este italiano, fue por muchos años titular de la cátedra de Semiótica y director de la Escuela Superior de Estudios Humanísticos de la Universidad de Bolonia; asimismo, fue docente de las universidades de Turín, Florencia y Milán, e impartió cursos en universidades de Estados Unidos y América Latina. La revista VS-Quaderni di Studi Semiotici estuvo a cargo de él y fue secretario general de la Asociation for Semiotic Studies.

 

En 1954, Eco, se doctoró en filosofía por la Universidad de Turín con una tesis sobre el pensamiento estético medieval, que dos años más adelante se publicaría como un texto filosófico (ya que desde esa época muestra su interés por el razonamiento que derivaría en el estudio de los signos).

 

A finales de la década de los años 50 publica sus ensayos y diversos artículos en revistas universitarias, mas no es hasta la década de 1960 cuando las más importantes publicaciones italianas comienzan a difundir sus ensayos, y la editorial Bompiani (Milán), edita su libro Apocalípticos e Integrados –una serie de ensayos magistrales sobre la cultura de masas, el cómic, el papel de los medios audiovisuales y el influjo de la televisión en el mundo de hoy; una obra de estudio y reflexión para nuestros días– lo que le significa ser considerado en su momento <>.

 

Su faceta de narrador se inicia en 1980 con El nombre de la rosa, novela “gótica”, mezcla de crónica medieval, novela policíaca, relato ideológico en clave, alegoría, que, sobre la base de una trama que tiene por escenario principal una abadía benedictina del siglo XIV, se convirtió en un éxito de ventas a nivel internacional –un auténtico fenómeno literario sin precedentes hasta ese momento–, a pesar de contener un argumento filosófico bastante difícil y pasajes en latín que no están traducidos.[1]

 

El nombre de la rosa da inicio con una prenarración, un relato inconcluso, de un erudito que encuentra en una serie de manuscritos una historia digna de ser contada, ofreciéndole al lector por un lado, una defensa clara del estudio de los símbolos, y por otro, una enrevesada historia detectivesca.

 

En estos escritos encontrados por el erudito, un joven novicio benedictino de nombre Adso de Melk, nos cuenta su viaje en compañía del sabio franciscano inglés Guillermo de Baskerville hasta un atribulado monasterio italiano benedictino, donde se vienen suscitando una serie de asesinatos; y Guillermo se dispone a descubrir la causa de estos hechos.

 

Desde el primer capítulo de la novela, el estudio e interpretación de los signos que hace Guillermo de Baskerville sorprende a Adso de Melk y al lector. La trama se desarrolla en un escenario de conflictos y secretos, aderezado por un ambiente de celos, deseos y miedos que Baskerville desentraña de parte de los habitantes del monasterio, mientras seis monjes mueren asesinados uno a uno y él busca la verdad de la callada guerra interna de la abadía.

 

Este monasterio tiene otra característica que añade más suspenso a la novela: Los libros son los que mandan, <>. Una laberíntica e infinita biblioteca se erige como el santo grial del lugar y nos remonta a La Biblioteca de Babel de Borges; el Libro como significado del universo infinito de vida y muerte.

 

El nombre de la rosa[2] pide al lector que participe de la tarea de interpretación de Guillermo, <> del significante. Umberto Eco expone la maravilla de la interpretación en sí misma en una verdadera novela.

 

A esta primera obra en prosa le siguió en 1988, El péndulo de Foucault, una vasta e informe novela sobre el deseo de encontrar un sentido y donde todo está abierto a la interpretación, como es ya costumbre en los textos de Eco. Un libro con todos los elementos de la narrativa de misterio, salvo en lo que se refiere a la revelación final.

 

Causabon, el protagonista, es el encargado de relatar su aventura en una narración única y coherente con la que quiere reformular la embrollada confusión de la historia del mundo; dándose cuenta que su historia no deja de ser una versión más. Él, Belbo y Diotallevi trabajan juntos en Garamond Press, en la investigación de un libro sobre la historia de las sociedades secretas, que involucra las ciencias ocultas y las conjuras cósmicas.

 

Todo comienza por ser un juego sofisticado, en el que van introduciendo en el ordenador de Belbo las explicaciones e interpretaciones que encuentran del contacto con autores interesados en estos temas, y terminan por recrear el Plan de los Caballeros Templarios, <>.

 

El péndulo de Foucault, una narración irresistible y frustrante a la vez <>.

 

Novelas más recientes y aún en el pasado, han hurgado estos temas de los que nos habla El péndulo de Foucault; sin embargo, sus argumentos no se logran sostener con la erudición y maestría como las de Eco, quien las utilizó de sobrada manera en su narrativa. Los “otros textos” se ven obligados a conformarse con alcanzar únicamente ventas estratosféricas o pasar por el anonimato, y que lectores ingenuos enriquezcan a sus desconocidos autores; pero nunca esos escritores elevan su escritura al nivel de un literato, porque no todos los Best Sellers son verdadera literatura.

 

Umberto Eco, un intelectual destacado, reconocido y quien poseyó una prosa que dejó plasmada en decenas de libros, ensayos y escritos que fluye con tal coherencia que atrae a lectores inteligentes. Un escritor que dio grandes aportaciones en materia de semiótica para analizar adecuadamente nuestro mundo posmoderno, con ensayos lúcidos y novelas magistrales como lo demuestran El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault, La isla del día de antes (1994), Baudolino (2001), La misteriosa llama de la reina Loana (2005), o El cementerio de Praga (2010), Número Cero (2015), entre las más sobresalientes.

 

Umberto Eco, un brillante escritor que deja con su vasta obra un eco que vibrará por siempre.

 

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[1] En 1981, El nombre de la rosa recibe el premio Strega; un año más tarde, en su traducción francesa, el premio Médicis.

[2] El argumento de esta novela fue llevado al cine en 1986, con Sean Connery en el papel de Guillermo de Baskerville.