Opinión

El dolor y sus resarcimientos

“Dolor y gloria” de Pedro Almodóvar es una historia de amores, distancias, lealtades, olvidos que en realidad no lo son. | María Teresa Priego

  • 16/07/2019
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“Hay veces que uno necesita escribir y después descubrirás algo de ti mismo en lo que ni habías pensado”. –Pedro Almodóvar, “Dolor y gloria”.

En este Foro de la Cineteca Nacional diría: “allí vamos, a golpe de nostalgias”. Me gustó muchísimo “Dolor y gloria” de Almodóvar. Tanto como “Algo sobre mi madre”, a la que recuerdo con una ternura grande. Qué espacio delicioso la Cineteca, con su librería, sus jardines, sus cafés, su terraza-bar. Una isla con helado de coco y bolsas de palomitas. Como un escondite secreto. El bullicio de la avenida se detiene. Cuántas salas. Cuántas pantallas. Cuántas películas. Cuántos mundos. “Dolor y gloria” es una historia de amores, distancias, lealtades, olvidos que en realidad no lo son. Culpas silenciadas que terminan por hablar a través del desánimo y los males del cuerpo.

La historia de “lo reprimido que regresa”. Un muy aclamado director de cine se retira. Se siente deprimido y enfermo. Ya no puede crear más. Por un amigo comienza –un tiempo– a consumir heroína. Pero ese “dolor” que está allí, antes y después de la “gloria” se nos revela en los constantes viajes al pasado. Eso que Almodóvar sabe hacer tan bien: la historia de la relación de una madre y un hijo. Ese mutuo amor. Esa circunstancia de vida que podría ser desamparada, muy, pero deja de serlo porque el amor de la madre ilumina la pieza. Esa madre que también, va a pedir –sin quererlo, sin darse cuenta– “demasiado”. Y, claro, la culpa del hijo que en algún momento de su vida –como corresponde– se echó a andar sin ella.

La madre y el hijo se acomodan para dormir en una estación. El niño en la banca, la madre en una cobija en el suelo. Juntos. Ella lo cubre y se da cuenta de que uno de sus calcetines tiene un agujero. Saca el “huevo” de madera para coser. Ese mismo huevo que muchos años después, ya adulto, el hijo le pedirá de regalo a su madre, con un gesto de una profunda ternura. Un objeto tan valioso, esa modesta metáfora de lo cotidiano, del cuidado materno. Logran vivir en “una cueva”, un espacio subterráneo sin ventanas en el que la luz entra por el techo. Y se llueve. El padre pasa por allí como un fantasma. Luego deja de pasar y ya está.

Pero la madre embellece “la cueva”, acomoda sus plantitas. Contrata a un joven albañil para que coloque mosaicos en el muro. Hacer hogar. Ese joven albañil al que le pagarán con las lecciones que el pequeño Salvador le ofrece: enseñarle a leer y a escribir. El orgullo de la madre ante los talentos de su pequeño. En una entrevista con RTVE, Francisca Caballero, la madre de Almodóvar, explica lo que su padre deseaba para él:

“Su padre, que en paz descanse, me recomendó mucho: ‘Paca, no consientas que Pedro se salga de la telefónica, que tiene ahí su porvenir, que el día que sea mayor, tiene su buena paga, no lo consientas”. Pero Pedro soñaba con ser como la Ava Gardner”.

Y en esa misma entrevista la madre de Almodóvar abunda: “Al principio era muy guarro, sabes tú que me gustan las cosas muy ordenadas… no las veía sus películas, me decían las vecinas: ‘las películas de tu hijo, tienen mucha cama’…Y me decía yo: ‘qué vergüenza cuando mis vecinas vean todo esto, por Dios’. Una escucha y casi quisiera reírse, pero no habrá sido tan divertido ese pasado. Casi quisiera enternecerse entre “la telefónica” y “la mucha cama”. Pero, qué duro”.

En una escena de la película, Julieta, la madre comienza diciendo: “No has sido un buen hijo…” y le explica por qué, y es tan tremendo y tan duro y tan… que las tres cuartas partes de los asistentes se lanza a llorar en la sala. El hijo acepta, con humildad. Tremendo de injusto. Y, él, por las plantitas, por la madre que cosía y cose aún en su memoria, por los mosaicos para hacer hogar: acepta y pide perdón. Almodóvar afirma: “Julieta haciéndole algún reproche que se había callado a lo largo de los años, no es una escena que yo haya vivido nunca con mi madre. Él le dice que le ha fallado simplemente por ser como es. Pero yo creo, porque a mí me sorprendía a qué punto me emocionó esa escena, después de verla tan bien filmada, yo creo que allí de lo que estoy hablando es de mi infancia, del sentimiento de extrañeza que yo sentía en la mirada de los demás en el pueblo, en el colegio, esa sensación de que te miran porque eres diferente o ellos piensan que eres diferente y esa sensación de extrañeza en la infancia es un sentimiento muy fuerte, muy agresivo”.

Una película intimista y bella. Salvador tiene buenos amigos. Amores que regresan. Así, como el azar y la vida le regresan una pintura que le hizo el joven albañil cuando Salvador era niño. Un niño lee. Un joven lo pinta y en su momento le envía el cuadro que no llega nunca a su destino. Es decir, sí: cuatro décadas después. El cuadro en el cual en la parte de atrás, escribiéndole, le agradecía que le hubiera enseñado a escribir. Y en ese apartamento –rodeado de pinturas– en el que decidió aislarse, comienza a considerar la posibilidad de regresar a dirigir. A escribir y dirigir. Salvador, por fin, cierra sus duelos. Por fin, recupera su deseo.