Opinión

El dolor de la madre, el dolor de la hija

Para “El Maratón de Lecturas Feministas Guadalupe-Reinas”. | María Teresa Priego

  • 25/12/2018
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“¿Cómo me había imaginado, aunque fuese solo un instante, poder hacer inventario de la vida de Lucile? ¿Qué buscaba en el fondo, si no era acercarme al dolor de mi madre, explorar sus contornos, sus pliegues secretos, la sombra que arrastraba?”. –Delphine De Vigan en Nada se opone a la noche.

Llegué a las páginas de la escritora francesa Delphine De Vigan gracias a una película de Polanski que se llama Basada en hechos reales, filmada a partir de la novela del mismo nombre escrita por De Vigan. Comienzo así, a la inversa. Después de un intento de reconstrucción de la historia de su madre y de su propia historia, tras un éxito literario rotundo por su trabajo autobiográfico, la protagonista de la novela y de la película está agotada emocionalmente. Vive sola. Conoce en una fiesta a una admiradora de su trabajo con la que a partir de ese momento comienza a tropezarse (como por casualidad), en todas las esquinas, hasta que termina viviendo en un edificio en la misma calle.  

Pero, ¿qué creen? Un día tiene que entregar su departamento y le pide a Delphine que la albergue en el suyo. “Por un tiempo”. Ambas tienen los cabellos rojos. Curiosamente, esa otra mujer se llama Elle (Ella). Así nada más. Delphine está al borde de un derrumbe emocional. Bloqueada ante su escritura, ante sus compromisos para promocionar su libro recién publicado. La película está sembrada de referencias a esa novela autobiográfica anterior que –en la realidad– Delphine De Vigan escribió: Nada se opone a la noche

Para entonces Elle ya se hizo “indispensable”. Poco a poco se desliza en la intimidad de Delphine. “Ordena” su vida. Opina, decide. Manda mensajes desde su mail a sus amigos sin decirle. La aísla. Le dice lo que debe escribir. Una personalidad que intenta apropiarse de la otra. Manipularla. Habitarla. Sin límites. Sin diferenciación. Todo aquello que es de Delphine, tiene que ser suyo. Le corresponde. Se lo debe. Tomar su espacio afuera y adentro. La fragilidad de la escritora es su gran oportunidad. Ese: “podríamos ser la misma”, expresado de tantas y tan siniestras maneras.

Elle –dato interesante– es una escritora fantasma que trabaja (y no firma, claro) las biografías de personajes famosos. Elle es un vampiro. La madre de Delphine De Vigan se suicidó, de eso trata su libro anterior. Delphine está enferma de culpa. Bloqueada por la culpa. Un continuo ir y venir entre la realidad y la ficción. ¿Esa segunda mujer existe o ambas no son sino el desdoblamiento de la escritora y su necesidad de castigarse? ¿una fan posesiva y envidiosa intenta envenenarla o ella misma se somete a un lento proceso de envenenamiento? Morir de una muerte elegida. Como la madre. Hay algo en esta con-fusión entre femineidades que me hizo pensar en Cisne negro de Darren Aronofsky. La con-fusión entre sus protagonistas es tal en la película de Aronofsky, que nunca terminamos de entender: ¿Nina y Lily son dos personas distintas? ¿O Lily es una invención de Nina? Un desdoblamiento.

Nada se opone a la noche

Esa noche busqué la novela de De Vigan en donde escribe de su madre. Es tremenda. Trágica. Poética. Es la expresión de un anhelo infinito: entender la vida de la madre para quizá poder transitar el duelo de su muerte elegida. Y una entera existencia de un dolor omnipresente y silenciado. Pero, ¿tiene una derecho a intentar escribir la vida de su madre? Recrear a una persona que está muerta. Recrear lo que quizá fue la vida de todos los integrantes de la familia que aún están vivos. La escritora y su hermana incluidas. ¿Cómo apegarse a “la realidad” ante la arbitrariedad que implica la escritura y sus corrientes inconscientes? ¿Acaso podemos confiar en eso que llamamos “la memoria”? La de los otros. La suya.

Delphine De Vigan llega a la casa de su madre Lucile Poirier y encuentra su cadáver sobre la cama. Se tarda muchísimo en entender que está muerta. “Mi madre estaba azul pálido y mezclado con ceniza, las manos extrañamente más oscuras que el rostro, cuando la encontré en su casa esa mañana de enero… Mi madre llevaba varios días muerta… Todavía hoy, más de dos años después, sigue siendo para mí un misterio, ¿mediante qué mecanismo pudo mi cerebro mantener alejada de él la percepción del cuerpo de mi madre, y sobre todo de su olor?... No es el único interrogante que me dejó su muerte”.

Delphine no cesa de cuestionarse. Quizá no tiene derecho a escribir acerca de su madre.  A reconstruirla. Pero no puede detenerse. Escribir la infancia de la madre y sus hermanos, ¿es traicionarlos? ¿Y escribir la propia infancia? Recrear el pasado. El que vivió junto a Lucile y el anterior a su propio nacimiento. Revisa cartas, fotografías, las viejas películas familiares, entrevista a los hermanos de su madre que aún están vivos, a su hermana Manon. Escucha horas de grabaciones autobiográficas que les legó su abuelo materno. Está llena de preguntas: ¿hay una cierta “locura” que atraviesa a la familia de su madre marcada por la tragedia?

“Fue un libro que escribí estando en un trance emocional, todavía bajo el shock de haber descubierto el cuerpo de mi madre. Y, a la vez, si hubiera esperado más seguramente no lo habría escrito. Fue embriagador y vertiginoso, como si abriera una caja negra”, Delphine, citada por Álex Vicente en El País. Y la lectora se desliza hacia una caja negra con contenidos caleidoscópicos. La tragedia y la alegría. Los abuelos maternos pierden a tres hijos. Los hermanitos de Lucile. El amor y el descuido en el que crece la madre de Delphine. Era una familia muy numerosa. No había tiempo para singularizarlos.

Ese mismo amor y descuido en el que crecen Delphine y su hermana Manon. Había un dolor continuo en Lucile. Algo la llamaba hacia sus fantasmas. Hacia el desamparo de su infancia y el horror de sus pérdidas. Algo la alejaba de la realidad y de sus hijas, quienes muy pronto tuvieron que hacerse responsables de ellas mismas. Algo la hacía vivir en una constante fuga hacia delante. Las épocas estables. Hasta felices. Los derrumbes. Sostener a la madre. Pero, ¿cómo? La escritura exquisita de Delphin De Vigan. El amor. La impotencia. La rabia. La culpa. ¿Cómo amar y al mismo tiempo cómo diferenciarse de una madre inscrita – sobre todo- en la pérdida?

Si la madre no pudo realizar la travesía de sus duelos, Delphine tuvo urgencia de hacerlo. Nada se opone a la noche es un homenaje a su madre. Desesperado. Honesto. Dolido. Estremecedor. Una gran historia de amor contrariado por lo que la escritora llama: “la enfermedad” de su madre. Por momentos corta el aliento. Por momentos una siente que una potencia extraña se apodera de su pecho y luego sube y se aloja en la garganta. Eso sentí: que podía asfixiarme con esa “cosa” ocupando mi garganta. “Son palabras” me dije. Tantas palabras por decir en la relación madre- hija. Tan fundamental. Tan definitoria. Parecerse. Diferenciarse. La piel de la madre, la piel de la hija. Esa pregunta que la hija le dirige: ¿qué es ser mujer? ¿qué son, qué podrían ser las femineidades? ¿son diversas o sólo hay una femineidad posible? ¿la tuya o la mía?

Les comparto la convocatoria al Maratón, que me parece adorable.

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