Opinión

El día después

La felicidad tendría que ser política pública a partir del día después. | Roberto Remes

  • 08/04/2020
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Sabemos que, con la salvedad de las tragedias que en lo individual hayamos vivido en el pasado, el presente encierro de cuarentena será el periodo más difícil que haya padecido nuestra sociedad. Hogares sin comida, sin agua, sin trabajo, hogares con violencia, sin salud. También habrá hogares sin internet y sin televisión de paga, esto no es una tragedia, salvo para los grupos sociales que ya no sabemos vivir sin internet.

La forma en que experimentamos el encierro variará. En teoría tengo suficiente material en casa o en la red para no aburrirme en tres generaciones. La realidad es que sin disciplina puedo terminar histérico o traumando a mis hijos. Ya lo estamos descubriendo, el encierro no es nada fácil, y para quienes tenemos hijos pequeños esto es como guerra sin cuartel, y eso que no podemos salir del cuartel.

¿Qué nos mueve, nos mueve el mañana? Antes de esta epidemia todos nos habíamos trazado algunas metas materiales. En mi caso, como a muchos, me entusiasma viajar y me entusiasma mostrar a mis hijos México, Colombia, que es su otra patria, y el mundo. El turismo será quizá el último sector económico en normalizarse después de la pandemia.

¿Qué nos mueve, hacernos de una casa? Todo lo demás constante, aún antes del coronavirus, la compra de un inmueble en la misma colonia en la que vivimos se veía como un objetivo muy lejano. Ahora, con mayor incertidumbre, parece un hito imposible.

Pero hay hogares sin ingresos, a cuyos integrantes lo único que les puede mover es el instinto de salir a buscar comida y no tienen para pagarla.

Los sueños de la clase media y alta son nada frente a la inmediatez de los sueños de los más pobres. Soñar lo que queremos es la base para alcanzarlo. ¿Qué vas a hacer cuando todo esto termine? pregunta Jo Jo Rabbit, un niño pro-nazi, a una jovencita judía escondida en su propia casa. Esa imagen nos ha acompañado los últimos días. La he visto convertida en caricatura, con los dos chicos bailando, como alimento de nuestras almas en estos momentos. ¿Qué vamos a hacer al día siguiente? Bailar.

¿Qué voy a hacer yo cuando esto termine? Pienso en lugares, en acciones, en sabores, en colores, en compañías. Pienso en los abrazos que tengo pendientes y en las aglomeraciones que ahora extraño.

Tenemos muchas semanas por delante, y quienes por el momento no tengamos problemas para comer debemos enfocarnos en el día después. Me gustaría salir a la calle y que las banquetas estén decoradas con rayuelas y todo tipo de juegos para niños y adultos. Me gustaría que las calles más pequeñas dedicaran varias horas del día a juegos infantiles sin que la circulación vehicular los importune. Me gustaría que los días siguientes al final de la emergencia nos enfoquemos a darnos alegrías.

No es menor, pero no sólo tenemos retos de salud en el futuro inmediato, de reactivación económica en el siguiente, sino también el reto de restablecer los lazos ciudadanos, el sentido de comunidad que hemos desmantelado por décadas, de ayudarnos a reconstruir la confianza entre las personas a partir de la convivencia cotidiana.

Tengo, por supuesto, diferencias con la postura del presidente. Yo no creo que la política de austeridad sea lo más benéfico en este momento, más bien hay que identificar e incentivar las cadenas productivas que generen más posibilidades para la recuperación de la economía. Pero no voy a polemizar más allá de estas frases. ¿Entonces, qué más le ponemos a la limonada? ¿chía?

La felicidad tendría que ser política pública a partir del día después. Revertir la conducta destructora de quienes todo pelean, los que desde el coche ponen en riesgo a las demás personas por movimientos imprudentes y alta velocidad. Cambiar ese estrés cotidiano por acciones que incentiven la colaboración colectiva. Desarrollar proyectos de barrio como huertos urbanos, compostas y acciones recreativas.

Hagamos desfiles, festivales, incentivemos el pequeño comercio, crear calles de juego en todas aquellas vías, callejones, cerradas, andadores, en las que se puede evitar el tránsito de paso, decoremos las cortinas de los comercios, que hoy cerradas nos dan nostalgia. Hagamos chambritas para vestir árboles y mobiliario callejero. Necesitamos fondos públicos para que el arte urbano llegue a todos los rincones. El día después tal vez sea una fiesta paulatina y no las masas abrazadas en los zócalos y estadios de todo el país, por eso cada calle debe llamarnos a ser felices.

Debemos concentrarnos, durante esta ansiosa espera, en la planeación del día siguiente, en encontrar la ruta para un nuevo amanecer urbano. En los próximos días, un grupo de activistas peatonales estaremos convocando a un Foro Peatonal en Línea, cada quién desde su trinchera, pero visualizando un día después en el que entre todos construyamos un mundo mejor.