Opinión

El día de Reyes

¿Qué pasa cuando el líder ha comprado con prebendas el alma de los armados? | Ricardo de la Peña

  • 11/01/2021
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La noche anterior se habían repuesto las elecciones senatoriales en Georgia, de la que resultaría un gobierno demócrata unificado para los próximos dos años. Y en la mañana del día de Reyes se sabía que en la capital de la Unión Americana se verificaría una marcha de los derrotados, que seguirían sin reconocer su caída y la ratificación formal del triunfo de su oponente, y el acto más bien simbólico de certificación de resultados de la elección presidencial de noviembre pasado. Era el penúltimo capítulo antes de la caída del telón con la “inauguración” del nuevo gobierno, a la que no se espera que asista el perdedor.

La insurrección esperada

Mas la confluencia de ambos eventos derivó en una movilización de seguidores del Presidente en funciones hasta el Capitolio, seguida del azuzado asalto al recinto legislativo. Lo nunca visto, pero advertido y esperado, tenía lugar, mientras el incitador se refugiaba tras bambalinas, recordando la actuación del Duce durante la Marcha a Roma, prácticamente un siglo atrás. Que algunos legisladores republicanos, no todos, se hubieran deslindado de las pretensiones de desconocer los resultados electorales, que una decena de exsecretarios de la defensa haya hecho público un llamado a las fuerzas armadas para que sacaran las manos del asunto y que el Vicepresidente se negara a seguir un comportamiento contrario a la ley y a la voluntad popular, hacía inviable la intentona golpista, que no pasaría —no podía pasar— de una simple revuelta de corta duración y menor alcance práctico, pero que mostraba a seguidores y extraños que un populista, en su megalomanía y narcisismo, no reconocerá jamás su fracaso y se rehusará a entregar pacíficamente el cargo que pudo haber logrado por vía democrática.

La insurrección inviable

Para algunos, la democracia es un sistema legítimo de acceso al poder, mas no puede ser una vía válida para dejarlo. Los desleales a la democracia son así. Y es conocido que los populistas sólo son leales a sí mismos. A pesar de ello, si en un Estado nación las fuerzas armadas mantienen una neutralidad política y un compromiso institucional, no con personas específicas, y en las filas de los partidarios sobreviven cuadros a quienes les pesan más los principios de operación del sistema y no los lazos de complicidad con el líder, los cuartelazos no tienen futuro.

Empero, ¿qué pasa cuando en el grupo en el poder el cinismo y la sumisión han hecho presa a todos? ¿Qué pasa cuando el líder ha comprado con prebendas el alma de los armados? Lo hemos visto y vivido muchas veces: el golpismo triunfa y la democracia cede, por un tiempo. En el fondo, para quienes integran el grupo compacto siempre será un asunto de cálculo costo-beneficio sobre el lugar que podrán tener en cada escenario posible pasada la marejada, no algo relativo a principios. Y en los cuadros castrenses, la ecuación puede ser más compleja, ya que responde a lo enredado del nudo de componendas que hayan podido contraer con el gobernante y del potencial de salida airosa de darse un relevo. Y no resulta extraño que en países con democracias menos solidas que la de Estados Unidos, el entramado de intereses creados pese más que cualquier otra cosa y disminuya la viabilidad de sobrevivencia de la democracia.

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