Opinión

El descalabro y la imaginaria luna de miel en Veracruz

Hay que aprovechar para reconsiderar la “racionalidad” y el lugar de las emociones en la vida, tras la experiencia inusual de un cráneo partido.

  • 09/08/2016
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La noche del domingo mi amorcito me llamó para decirme que se tropezó a la salida del elevador y en la caída, su cabeza golpeó contra el pasamanos de la escalera que está justo enfrente. Se abrió la cabeza y sangró mucho, pero supuso que no tenía la menor importancia. Subió, se lavó y bajó de nuevo a pasear a su perrita, hasta que tuvo a bien darse cuenta de que el sangrado no paraba. Eran las ocho de la noche y su llamada me provocó el susto peludo que no es indispensable describir.

 

El viaje inesperado hacia el sureste mexicano (a mitad de la Ciudad de México).

 

Salimos a buscarlo como un comando, mi hijo Santi – que para mi buena suerte está aquí de vacaciones – y yo.  Llegamos los tres al hospital más cercano a su casa. Un hospital extraño, debo decir. La puerta estaba abierta (así, como si fuera la Ciudad de México de los años 40) y no aparecía nadie. Al tercer “buenas noches”, una amable señorita se acercó caminando despacito por un pasillo muy largo y nos llevó a una habitación donde se atienden las emergencias. El médico apareció al instante. Por lo menos.

 

El hospital es muy amplio y está construido alrededor de un patio grande dividido en dos: en una parte un jardín muy lindo con una fuente y en la otra un jardín con plantas muy frondosas, palmas altísimas  y bien cuidadas. Les cuento lo de las plantas porque me fue fundamental, el espacio parecía tan abandonado y fantasmagórico, y descarapelado aunque estuviera más o menos pintado y yo tenía tanto miedo, que me aferré a la belleza de las plantas. Soy tabasqueña,  en Tabasco, casi todo tiene que ver con los paisajes verdes, las buganvilias, los maculis, las palmeras. Las flores. Mi madre adora las plantas y se le dan con mucha generosidad. Ella dice que porque les habla.

 

En resumen mi pensamiento mágico iba más o menos así: “no podemos ser desafortunados en un lugar con palmas de más de dos metros, aunque parezca un barco fantasma”. Esteban tendido en esa cama juraba que no le dolía nada. Se explicaba con una ingenuidad que me partía el corazón. En la puerta del hospital tuvimos un pequeño desaguisado, porque cuando me asomé y no vi ni un alma me entró el pánico y quise llevarlo a otro lugar. Santiago me dijo muy serio: “él toma sus decisiones, mamá. Está en sus cinco sentidos y es tu pareja, no tu hijo”.  Mis queridas/os lectora/es: nunca se dejen impresionar por ese tipo de argumentos a pesar de todo lo que tienen de verdaderos. Hay momentos en la vida en que los lugares cambian. Ahora se los puedo asegurar.

 

El médico me explicó que la herida estaba infectada y me convocó a observarla. Pero ni de loca. Luego le dijo a Santiago que se acercara y él lo hizo muy valiente. “Qué complejo es ser hombre”, pensé. Al adulto “no le dolía nada” en una circunstancia en donde si me hubiera sucedido, seguro llegaba al hospital con un tafil encima y en un grito, y el joven no podía decir: “¿en qué ayuda al ‘paciente’ que yo mire su herida tan de cerca?” Por suerte el barco fantasma sí cuenta con una máquina de refrescos y comida chatarra y la coca cola  le resolvió a Santi el mareo. A mí también. Él único que tenía verdaderas razones para estar mareado, no se mareó nunca.

 

Traía en mi bolsa un tigrito de peluche que me regaló mi hijo Sebastián cuando era niño y que uso como llavero, lo desprendimos de las llaves y se lo di a Esteban para que lo tuviera en sus manos mientras le rapaban la cabeza y lo cosían. “Te lo manda Clara, Gorilo, para que te cuide”. La mamá de Esteban se llamaba (se llamará siempre) Clara. Me sorprendió que él no lo rechazara para jugar al rudo. A veces hace cosas así. Lo apretaba y lo soltaba. Y lo apretaba. Vi al hombre adulto negándose a aceptar que estaba en aprietos y a un niño chiquito escondido adentro suyo. Un niño silencioso. Brillante. Asustado. Un niño que mira las dificultades de una familia que estuvo obligada a migrar en circunstancias demasiado difíciles y al que le tocó aprender a apretar los dientes. A ser fuerte. A decir cada vez: “no me duele nada”. Estoy segura de que a Clara le llegaron mis ruegos, y abrazó a su hijo muy fuerte.

 

Lo que imaginamos desde ese hospital.

 

El doctor no traía tapabocas y no estábamos en un quirófano, sino en una habitación así nada más. Me temblaban hasta las orejas. Como su teléfono sonaba, decidió ponerlo en altavoz mientras cosía. De golpe se escuchó una voz masculina que decía: “Santo llamando a Blue Demon. Santo llamando a Blue Demon. Es urgente, Blue Demon”. Esteban no perdía su calma chicha. Santi y yo nos miramos aterrados. Consideramos en segundos la posibilidad de arrancarlo de allí y correr hacia otro lado. ¡Diosas! Le estaba cosiendo la cabeza el Blue Demon. “¿Pero dónde demonios hemos caído?” que me dije, qué lugar tan extraño, tan colgado de otras reglas y de otros tiempos. Me aferré a la belleza de las plantitas que les contaba. Sesión de cosida de cabeza terminada, atravesamos otro larguísimo pasillo y llegamos al consultorio del doctor: aquello era un desorden de papeles, medicinas, cajitas y cajotas.

 

Esteban olvidó mencionar que tomaba un anticoagulante. Yo también, sobre todo por mi infinita ignorancia, no tenía ni la menor idea de lo que era un anticoagulante. Blue Demon nos dio una receta y nos fuimos. Ahora sí sé lo que es un anticoagulante: una pastilla que impide que una herida cicatrice, en resumen. Por la mañana regresamos al hospital corriendo y lo internaron. Al mismo, porque allí donde yo temblaba de poner un pie, él se sentía lleno de confianza. Nos recibió Blue Demon muy solícito. Esteban le llamó a sus hijas, consultaron a un hematólogo, Blue Demon se declaró muy ofendido, no le hicieron caso: consiguieron las plaquetas y la sangre para las transfusiones. Había que esperar a que parara la hemorragia. Mi amiga Adriana llegó con el brazo extendido para donar sangre.

 

A las cinco de la tarde el Blue Demon decidió retirar los puntos para abrir la herida de nuevo y cerrarla con laser. La hemorragia por fin se detuvo y todos respiramos. Allí fue donde el barco fantasma comenzó a parecerme encantador. Me sentía tan agradecida con la vida que todo se embelleció de golpe. Él pudo tomar algunos líquidos y yo dejé de sentirme en un hospital extrañísimo y comencé a pensar que estábamos en un hotelito antiguo, decadente y a su manera encantador en Veracruz. Quizá en Fortín de las Flores. Habíamos tomado la carretera sin plan fijo y aterrizamos en ese lugar remoto y secreto.

 

La cama para acompañar al “paciente” es inimaginable, les cuento: no es una cama, ni un sofá, sino un mueble de cemento decorado con mosaiquitos y que tiene encima un cojín delgado y largo. Después de la tormenta hacía frío y me dieron una almohada minúscula y una cobijita. No había más. A veces hace frío en nuestro Veracruz imaginario. Pero una vez detenida la hemorragia casi todo era motivo de contento y carcajadas. Le dije a Esteban que ahora sí podía cantar aquella de Cuco Sánchez: “De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera, la mujer que a mí me quiera, me ha de querer de a de veras”. A lo que quiero llegar es a un punto: la vida puede ser generosísima.

 

Luna de miel en un hotel en Fortín de las Flores con su alberca de gardenias.

 

Dado el frío, me fui a amontonar en la cama del “paciente” y no logro explicarme cómo cupimos los dos. Sin caernos. ¿Me creerían que en esa cama de hospital, junto a un hombre con una aguja insertada en su brazo derecho para reponerle la sangre derramada, pasé una de las noches más románticas y bellas de mi vida?  Lo más bonito de existir, son las continuas sorpresas. Para entonces Blue Demon y las enfermeras habían desaparecido de nuestras vidas, aunque ellas circularon por allí durante la noche y hasta me recomendaron que me bajara de esa cama y me fuera a la de piedra. Con una sola mirada fulminante las mandé de regreso al hospital fantasma donde correspondían. Ya nosotros viajábamos por el sureste mexicano: “ahí, juntitos los dos, más cerca de dios, será lo que soñamos”, como diría don José Alfredo Jiménez.

 

Estábamos los dos solititos en el mundo y pegaditos, en la realidad (dada la falta de espacio en la cama) y en la metáfora, en una especie de luna de miel en el hotelito decadente que les cuento. En Fortín de las Flores. Nosotros, el silencio, el patio amplio con sus maravillosas plantas tropicales y su fuente que después de la tormenta de la tarde, ya tenía agua. Toda esa sangre que hubiera sido mejor que no existiera, por supuesto, había existido. No teníamos manera de evitar ese dato duro, lo que sí podíamos hacer era convertirlo en otra cosa, supongo, porque sucedió sin que apenas nos diéramos cuenta: un pacto de sangre, como los pactos gitanos. Un pacto de amor y de solidaridad. A todas/os de distintas maneras nos sucede rompernos la cabeza. Entre que conversábamos y entre que dormíamos, supe que se sentía muy amado y su certeza me conmovió hasta las lágrimas.

 

A la mañana siguiente intenté conseguir un café. No había manera allí dentro, pero me dijeron que un Oxxo estaba cerca. Salía resignada hacia la ignominia, cuando Fortín de las Flores (a mitad de la Ciudad de México) me ofreció otro regalo: un señor estacionó su triciclo justo delante de la puerta del hospital, vendía café y unos panes deliciosos que me juró estaban hechos en casa. Se lo creí, porque así sucede en los pueblos. Esteban dormía con un rostro muy apacible y muy dulce. Me salí al patio y aprovechando el espacio deshabitado del hotelito decadente, me comí mi pan remojado en mi café. Una delicia. Pensé en Clara con un cariño infinito y le di las gracias.

 

El sombrero que oculta la herida. “De Sonora a Yucatán, sombreros Tardan”.

Esteban es un hombre muy reservado para hablar de su intimidad y de lo que más le importa, con mucha dificultad para expresar sus emociones. Toda una educación y una demasiado exigente idea de “virilidad”. Pero ya no lo dejo en paz: “ahora que te rompiste la cabezota y por el agujero se te escaparon tus defensas: cuéntamelo todo”. Creo que también hay que aprovechar para reconsiderar la “racionalidad”  y el lugar de las emociones en la vida, tras la experiencia inusual de un cráneo partido. Bueno, eso le explico porque así me conviene y creo que también a él y a las personas que lo aman.

 

Qué noche tan bonita  aquella, en la que la vida nos ofreció que la desgracia posible se deslizara hacia la luz. Ahora Esteban anda con un sombrero para ocultar su cabeza peloncita y su cicatriz. Así, a como se usa en el sureste mexicano, en donde el sol brilla más que en ningún otro lado y las plantas y los árboles florecen en la certeza de ser como el amor: eternos. Todo lo demás, es lo de menos. Les cuento: la noche cae y en millones de camas, de millones de ciudades, dos personas se abrazan, se ofrecen palabras, sellan sus pactos. El milagro cotidiano.

 

@Marteresapriego 

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