Opinión

El derecho del trabajo infectado de ese virus

La pandemia del covid-19 ha mandado a terapia intensiva al derecho del trabajo; los expertos dicen que ni con respirador logrará sobrevivir. | Manuel Fuentes

  • 27/05/2020
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La pandemia del covid-19 ha mandado a terapia intensiva al derecho del trabajo; los expertos dicen que ni con respirador, de esos que trajeron de China logrará sobrevivir. De levantarse será otro, más pálido, de bajo peso (casi esquelético), renunciando a lo que sea con el fin de sobrevivir.

A los pocos amigos que tiene el derecho del trabajo no los dejan pasar para enterarse de su salud, para cuidarlo; están afuera del hospital, saben de él por medio de videollamada, por el favor de una enfermera que se compadeció de ellos; lo ven por ese medio y no se le ve nada bien, respira agitado y apenas balbucea: 

-Derecho tutelar, bilateralidad, salario remunerador, estabilidad en el empleo, jornada máxima de 8 horas, libertad sindical, seguridad social, trabajo digno…

Sus amigos, la mayoría vestidos de overol rancio y cubrebocas, de esos azules, de los más delgados, casi transparentes, que reparten en el metro de la Ciudad de México, comentan: 

-¿Escuchan?: ¡Resiste!

Mientras tanto en los medios fabriles y los centros de trabajo se ha corrido la voz del contagio que sufrió el derecho del trabajo, pero aun así tienen la esperanza que resistirá. 

Cientos de miles de trabajadores se fueron a la calle, sin aviso de despido, López Obrador afirma que son un millón de personas que perdieron el empleo. Los empresarios dicen tener otros datos y que se perderán hasta dos millones.

En el transporte público se ve a la obreriada, a la que llaman de la economía esencial, corriendo a toda prisa para llegar a sus trabajos, ellos también tienen miedo. El estrés ha aumentado porque muchos en el lugar donde viven se han infectado de ese virus maligno y solo están esperando a que caigan.

No quieren llegar al lado del enfermo derecho del trabajo y sólo apuran el paso.  En el camino ven de reojo los anuncios del gobierno de “quédate en casa”, pero ellos, los trabajadores, no pueden parar porque los despiden.

Las jornadas ahora son más intensas y prolongadas. No saben si su compañero de al lado estará infectado o no, pero ni modo, tiene que apurar la chamba. Los sindicatos obreros no aparecen por ningún lado, dicen que están en cuarentena, los que se arriesgan, sacan una de esas leyes del trabajo de las que nadie hace caso.

El Teletrabajo

Otros, trabajadores de los llamados del cuello blanco (aunque lo tengan percudido) sufren las consecuencias del teletrabajo. Es parte de ese debilitado derecho del trabajo que se ha metido hasta sus casas. Aceptan jornadas prolongadas, que rebasan la jornada normal que tenían en su centro de trabajo.

Uno de ellos al abrir su computadora se da cuenta de la agonía de sus derechos al leer una nota del Economista de España que revela un estudio del NordVPN que el trabajo a distancia, en tiempos del covid-19 aumenta al menos dos horas la jornada normal. Los trabajadores de la Ciudad de México sufren una prolongación a su jornada de hasta cuatro horas sin pago extra alguno. 

El estudio español dice que la explotación se incrementa por la autoexigencia impuesta por los trabajadores de no perder su trabajo, tienen que mostrar compromiso más allá del permitido y mantener una cultura de la presencialidad ante sus jefes, aunque sea a teledistancia.

La revista Bloomberg recoge datos de Surfshark que muestra picos de actividad entre las doce y las tres de la madrugada, horas no frecuentes antes de la pandemia.

Un estudio publicado en GlobalWebIndex muestra que 74% de quienes teletrabajan revisa su correo fuera del horario laboral, frente al 59% de quienes no teletrabajan.

Una investigación de Funcas (Fundación de las cajas de ahorros española) muestra que el teletrabajo aumenta la brecha de género. Entre quienes tienen hijos, las mujeres afirman dedicar 4.3 horas diarias más a su jornada, ya de por sí prolongada por el trabajo remoto.

Los teletrabajadores ya se dieron cuenta que ellos pagan la luz eléctrica, el espacio de labor, su equipo, el wifi, que su vista ya sufre, la espalda ya no la aguantan, la silla es cada vez más incómoda, su estrés aumenta, su sedentarismo y su insomnio se van quedando con ellos y los va acabando.

Mientras tanto a las Juntas de Conciliación y Arbitraje, también infectadas del covid-19, las tienen en un rincón del hospital y apenas salgan, miles de demandas por despido de esa obreriada las atiborrarán. Continúan con esa fiebre alta y dolor de cabeza, y no saben qué hacer con tanto trabajo, algunos de sus empleados han muerto y Hacienda no les ha dejado ni para el papel. 

En México, el teletrabajo no está legislado. Nuestros diputados viven la cuarentena llenos de telarañas, sin saber siquiera usar aparatos a distancia para implementar medidas ante esta emergencia, que solo las conocen quienes tienen enfermos o muertos por el virus, mientras que los miles de trabajadores se quedan sin empleo o enfrentan un trabajo con salario disminuido y mayor desgaste. 

Con todas estas noticias he decidido salir a buscar al derecho del trabajo que se encuentra grave en aquel hospital, para quitarle ese respirador chino y dotarlo de uno mexicano que le dé el aliento de los cientos de miles de hombres y mujeres que resisten en medio de esta pandemia, que se aferran a la vida y a sus derechos. 

Esa obreriada que carga en su bolsa la esperanza, aunque tenga parches, con fortaleza, dignidad, trabajo incesante, levanta la cabeza.

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