Opinión

El “demasiado bueno para ser cierto”

En el aniversario de Sigmund Freud. | María Teresa Priego

  • 07/05/2019
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Una emoción que casi todos conocemos muy bien: esa mezcla de sorpresa, anhelo, incredulidad, vaga inquietud. Una cierta oleada de angustia ante el deseo que se realiza o podría realizarse. Está en frente. O ya casi. ¿El desasosiego ante un deseo que se cumple? ¿por qué? Cada año en verano, Freud y su hermano menor Alexander realizaban un viaje juntos. En su carta al escritor francés Romain Rolland (homenaje por sus 60 años) a quien admiraba profundamente, Freud hace un análisis de esa emoción que lo habitó de golpe cuando él y su hermano decidieron no visitar la isla de Corfú, como tenían planeado en esas vacaciones, sino viajar a una ciudad que ninguno de los dos conocía y que hasta llegar a Trieste, no había estado en sus planes. “Hace mucho calor en Corfú”, dijo el amigo triestino de Alexander, “viajen a Atenas”.

Sin conversarlo demasiado (la inquietud provocó un cierto silencio entre los hermanos), cambiaron de planes y compraron sus boletos para visitar Atenas. Es una vez estando allí- ante la Acrópolis- que Freud se reconoció invadido por una intensa sensación de incredulidad. ¿La Acrópolis existía realmente? ¿acaso era posible que su hermano y él estuvieran frente a ella? Sorpresa. ¿Alguna vez se le había siquiera ocurrido pensar que la Acrópolis no existía? Claro que no. ¿Qué sucedía entonces? ¿qué provocaba esa sensación de irrealidad en él?

Antes ya Freud había analizado el: “demasiado bueno para ser cierto” que todos reconocemos. Cuando nos sucede algo bueno, bello, generoso… y la angustia nos invade con murmullos: “no me lo merezco”, “¿cómo me va a cobrar la vida esto tan bueno que ahora me sucede?” “De verdad está sucediendo?” ¿Por qué ese extraño negar lo que nos es bueno? Freud escribió: “no nos asombraría que un intento así (negación) fuera dirigido contra un fragmento de realidad que amenaza producir displacer; nuestro mecanismo psíquico está, por así decir, montado para ello. Pero, ¿por qué tal incredulidad respecto de algo que, por el contrario, promete elevado placer?” 

¿Nos resistimos al placer? ¿a lo que nos es grato y noble? Freud nunca había dudado de la existencia de la Acrópolis, lo que descubrió que le era casi imposible de creer, es que un espacio considerado tan mágico desde la infancia, le fuera accesible. A él, hijo de un padre modesto que no accedió ni a los viajes, ni a la educación formal. Pensó entonces en el análisis que había hecho antes: “los que fracasan cuando triunfan” y escribió a Rolland este párrafo extraordinario: “En efecto, como sabemos desde hace mucho, el destino del que uno espera un trato tan malo es una materialización de nuestra conciencia moral, del severo superyó dentro de nosotros en que se ha precipitado la instancia castigadora de nuestra niñez”.

¿La culpa? Sí. A veces honda, a veces devastadora. Releía la Carta a Romain Rolland, cuando me recomendaron una película danesa dirigida por Bille August: “Pedro el afortunado” (está en Netflix) cuya historia tiene todo que ver con los flujos y reflujos de “la instancia castigadora de la niñez”. Es muy interesante y es tremenda. El hijo que abandona la casa paterna. El hijo para quien su talento y su “buena fortuna” se convierten en su culpa y en su desgracia. A Pedro el padre quiso regalarle un reloj de bolsillo que él no aceptó, porque el padre le exigía repetir su historia. El tiempo de los deseos del hijo era otro: la ciudad, la ingeniería, los grandes proyectos. Pero no pudo Pedro. La culpa lo llevó de regreso hacia la infelicidad. El reloj del padre terminó –tan a pesar suyo- marcando su tiempo. El tiempo del desamor y la precariedad.

Freud explica: “Viajar tan lejos, llegar tan lejos, me parecía fuera de toda posibilidad. Esto se relaciona con la estrechez y la pobreza de nuestros medios de vida en mi juventud. La añoranza de viajar también expresaba sin duda el deseo de escapar a esa situación oprimente, deseo similar al que a tantos adolescentes esfuerza a largarse de su casa”. Y le preguntó a su hermano en esa colina, ¿recuerda la antigua repetición de los días? Las mismas calles, el mismo paseo, el mismo campo. La repetición que parecía decir que no tenían derecho a soñar con nada más. A vivir distinto a lo caminos de los orígenes. “¡Y ahora estamos en Atenas, de pie sobre la Acrópolis! – le dijo a su hermano Alexander- ¡Realmente hemos llegado lejos!”

Freud tenía entonces 48 años. Era un genio que ante un espacio (imaginariamente) “prohibido” descubría que “había llegado lejos”. ¿No es increíble? Nació el 6 de mayo de 1846. “La piedad filial”, ese conflicto que es un acto de amor y de memoria: el miedo a “superar” al padre. A la madre. El miedo a traicionar los orígenes. El derecho a la diferencia, a pesar de todo: “viajar tan lejos. Llegar tan lejos”. Feliz cumple, Segismundo Schlomo.

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