Opinión

El cuerpo, ¿territorio de quién?

La existencia de las leyes no obliga a nadie ni a abortar ni a optar por la eutanasia, sólo brinda la posibilidad de acceder a ellos si así se decide. | Fausta Gantús*

  • 08/02/2020
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Generalmente, de “manera natural”, asumimos que nuestro cuerpo nos pertenece, como asumimos que nos pertenece nuestra vida. Lo pensamos así en este mundo occidental de entre milenios cuya cultura basada en el individualismo, producto de la ilustración y piedra angular del liberalismo político-económico, ha hecho creer a cada persona que es el centro del universo y referente a partir del cual se mide todo lo que existe y nos rodea. Así, cultivamos una sociedad en la que el egoísmo, la egolatría, el narcisismo son moneda corriente; estas características conllevan como efecto directo, que no colateral, la invisibilidad, cuando no la franca negación, de los otres –de todas y todos los demás– y la afirmación de un súper ego que se cree merecedor de todos los beneficios, prerrogativas y privilegios, así como poseedor de la verdad, en detrimento de las demás personas. En este contexto creemos, sin dudarlo, que tenemos también el derecho/los derechos sobre nuestro cuerpo.

Pero, siempre hay un pero, si bien los derechos de las personas (del hombre, originalmente) o derechos individuales han servido para alimentar el espíritu del individualismo dado que, en la teoría, no pueden ser limitados y son inalienables, en los hechos y la práctica, lo cierto es que, las leyes que una sociedad se da a sí misma para organizarse, regirse y vivir en armonía (mejor dicho, en la mayor armonía posible) regulan esos derechos, imponen límites, confiscan libertades, etc. Nos referimos a derechos tales como: la vida, la integridad personal, las libertades individuales, de expresión y de reunión, la igualdad ante la ley así como los de propiedad, libre comercio y libertad de movimiento, a los que hay que sumar el derecho al trabajo, a la salud y a la educación.

En lo que toca a algunos derechos el papel que juega el cuerpo es un tanto difuso mientras que resulta clarísimo en los que se refieren a la vida y a la integridad, en ellos el cuerpo es esencial y determinante. Entonces, seamos conscientes: nuestro cuerpo sólo nos pertenece parcialmente y los derechos sobre él también. Son las leyes las que definen nuestra posesión y el ejercicio de la misma. Por ello se vuelve fundamental la discusión pública en torno a dos, entre otros, temas cruciales, el primero para las mujeres, en particular, el segundo para todes en general: aborto y eutanasia.

Tenemos que discutir sobre estos delicados y controversiales asuntos desde la razón, con criterios éticos, no morales; con argumentos, no opiniones; entenderlos como un problema de salud y también como un asunto de derechos del individuo a decidir sobre su cuerpo, sobre su vida y sobre su muerte. Es importante para dialogar que entendamos que no se trata de lo que cada quien haría o dejaría de hacer en determinadas circunstancias, sino de contar con leyes que garanticen que quienes tomen una decisión (por más inexplicable o insólita que pudiera parecer), puedan hacerlo contando para ello con el respaldo de las instituciones adecuadas y los servicios necesarios y suficientes, simplemente porque es su derecho.

Sobre el aborto se ha discutido más que sobre la eutanasia, diré que respaldo ambos derechos; pero apuntaré aquí que en lo que toca a esta última, la eutanasia, considero que debería aprobarse no solo para casos de enfermedades terminales o discapacidad grave o irreversible, sino que tendría que ser un derecho que se pudiera ejercer en cualquier momento, prestando el Estado a quien opte por ella los recursos adecuados (psicológicos y médicos, entre otros) para una decisión consciente e informada y proporcionándole el apoyo para una muerte digna. De esta manera el suicidio, tan denostado y condenado, quizá nos dejaría de parecer una grave mal, y dejaría de estar criminalizada la asistencia o colaboración con quien decide suprimir su existencia (Código Penal Federal, reformado en 2017, cap. III, arts. 312, 313,). El suicidio cobraría así otro sentido.

En el comienzo de un nuevo milenio, quizá sea momento de pensarnos desde otros lugares, fuera de los códigos morales que las religiones occidentales han impuesto. Tenemos que pensarnos en función de nuestras capacidades y nuestras opciones para decidir sobre nuestros cuerpos. Para ello, las leyes son esenciales, como lo es la educación. Y, no olvidemos, la existencia de las leyes no obliga a nadie ni a abortar ni a optar por la eutanasia, sólo posibilita a aquellos que lo decidan la posibilidad de acceder a ellos. Se trata de defender los derechos frente a las prohibiciones.

*Fausta Gantús

Narradora de historias y otras escrituras. Crítica y opinadora porque los tiempos lo exigen. Convencida de que hay que “desolemnizar” la academia sin perder el rigor y la calidad. Investigadora del Instituto Mora (CONACYT) y profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.