Opinión

El Catilina de Andrés Manuel

El discurso de López Obrador cargó a su gobierno de expectativas irrealizables y simplificaciones casi de caricatura de la problemática nacional. | Luis Farías Mackey

  • 12/10/2018
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La política es acción y palabra; solo actuando y discursando es posible crear un mundo entre los hombres.

La acción y el discurso están presentes en todo actuar humano, pero solo cuando su contenido es sobre lo que “es entre” nosotros, cuando compartimos visiones y aspiraciones y las conjuntamos en una unidad de acción efectiva, surge la política.

Solo cuando no hay ni son válidas las respuestas formuladas por la tradición, cuando hay que formularlas de nuevo a cada momento surge la política (Arendt 1993).

Si todos percibiéramos y entendiéramos la realidad de la misma manera y no hubiera más que un único punto de vista, uniforme e inalterable, no habría lenguaje ni significado, porque nada tendríamos que comunicar y compartir; pero como hay tantas experiencias como individuos y sus circunstancias las viven, es necesario compartirlas para construir de este caos de realidades y vivencias en un mundo común, una definición y un significado de lo que “es entre” nosotros y es, a la vez, ese “nosotros”.

Por su parte, la acción es un ámbito de libertad e impredecibilidad. Pero, además, es un nacer de algo en el mundo, un inicio de futuro abierto y, al ser un aparecer en el mundo, es también un afirmarse en él y un ser en él. “Entre inteligencias, diría Teilhard, una presencia no puede permanecer muda” (1924); es de suyo, una expresión, una afirmación.

Ahora bien, el accionar es individual y en su soledad puede derivar en la ley de la selva o en su anulación por dispersión, a menos de que lo dotemos de un contenido colectivo que alinee las acciones individuales y desperdigadas de los muchos en un sentido compartido; y ello nos regresa de nuevo a la palabra, solo a través de ella es posible construir en la diversidad de pareceres, aspiraciones y accionares la unidad de acción efectiva y un significado de lo común, una Res Pública.

Además, bien visto, el discurso es una forma de acción. La semana pasada citábamos de Epicteto que “no son los hechos los que estremecen a los hombres, sino las palabras sobre los hechos”. Pues bien, las palabras se expresan dentro una serie de convenciones del habla que las dotan de significado y hacen posible la conversación. Al decir no solo reflejamos algo, sino que hacemos algo, según Vallespin (2012), provocamos o buscamos provocar una reacción; las palabras no son simples proposiciones, son armas (Hiedegger) para transformar la realidad.

Aristóteles pedía no discutir sobre las palabras, sino sobre las cosas que ellas nombran. Por cierto, en el mundo de las redes se discute sobre lo que se dice de las cosas y de quienes las dicen y cómo las dicen, pero no de la cosa misma. Más regresemos a nuestro tema. El propio Aristóteles sostenía que no vale la pena discutir sobre cosas que pensamos no pueden ser de otra manera. En ese sentido, Innerarity (2015), alega que al poner los asuntos políticos bajo la categoría de lo contingente no pueden ser otra cosa que discusión. Política y polémica están así inseparablemente imbricadas. El mismo autor sostiene que la política es acción por medios lingüísticos, un “hacer cosas con palabras” (Austin 1962). Cuando deja de hablarse fenece la política (Innerarity).

La política es un combate por la interpretación

En política, acción y discurso están, pues, amarrados; la palabra tiene un carácter performativo: es una forma de hacer. Carpizo cuando, en uno de sus arranques de histeria, amenazó con renunciar a Gobernación, causó una fuga de capitales en 94.

En política la palabra no solo refleja cosas, sino que las valora y actúa sobre ellas. Siendo palabra en acción, tiende a modificar la realidad, aunque a veces las modifique sin intención consciente. Pero siempre actúa sobre la realidad y la altera.

En política no hay neutralidad, hasta la no acción tiene impactos. Generalmente quienes alardean de neutrales ocultan un alineamiento embozado en falsa imparcialidad.

Una de las guerras de la política es la de nombrar las cosas, fijar posición, imponer parecer, y ello se hace por la palabra. La política, a fin de cuentas, es un combate por la interpretación (Innerarity).

Pues bien, a López Obrador en su papel antisistémico se le permitió y festejó todo tipo de excesos verbales. En su “antagonismo ritualizado” (Innerarity) y “espectáculos de aclamación” (Habermas) llevó los planteamientos siempre hasta su límite y su temeridad verborréica es proverbial.

A partir del 1º de julio, sin embargo, sus palabras adquirieron diversa connotación y su propio discurso rijoso puede colocarlo como su peor enemigo. Como candidato perenne, su tarea fue amplificar los desacuerdos y escándalos, simplificar y minimizar la complejidad propia de la política, personificar todo reclamo, denunciar un complot universal, tensar los desencuentros. En contrapartida, venderse como salvador único, exclusivo político confiable y ser incorruptible, todo ello en un escenario binario de villanos contra “El Héroe”, él. Su objetivo fue la movilización permanente y el encono en ascenso.

Hoy, y más acusadamente a partir del primero de diciembre, sus palabras no pueden seguir envenenado los ánimos y sus estrategias alimentando el conflicto. Su ADN, no obstante, no le ayuda. Su adicción al templete y a la adoración popular le ganan a su responsabilidad política como gobernante. Su lenguaje no aclara porque está diseñado para revolver el río, no para calmar sus aguas; para enardecer ánimos, no para construir acuerdos, para diferenciar, no encontrar similitudes. La experiencia de la bancarrota del país, su desliz sobre el supuesto cese de un General que resultó retirado por edad y su ambivalencia en temas estratégicos como el aeropuerto o la transparencia de los recursos que sufragan giras, oficinas, foros, consultas y censo, son, entre tantos otros, botones de muestra de su inadaptabilidad a su actual circunstancia política.

Hoy el gobierno lo encabeza un invisible Peña Nieto y a él pueden imputársele las puyas de López Obrador. A partir del 1º de diciembre él será el responsable de todo y su deformación discursiva de denuncia estridente lo encamina a ser su propio Catilina. En contrapartida, en la acera de enfrente -en el gobierno entrante- no se aprecia quién pueda, o se atreva, a ser su Cicerón.

Parajodas del destino, contratado como bombero puede terminar en pirómano.

En otra vertiente, su discurso de campaña, aún hoy, en su papel de Presidente Electo, no distingue entre lo deseable y lo posible. Mucha de la desafección social a la política deriva de los fracasos gubernamentales que en muchos casos no responden a incompetencia, cuanto al abismo que separa las expectativas de los alcances reales de gobiernos cada vez más reducidos en sus alcances y sobrecargados de tareas.

Mucho daño le hace a la política la soberbia partidaria, tan propia de candidatos, de no comunicar las divergencias entre lo que se aspira y lo que realmente se puede, entre lo que se promete y efectivamente es alcanzable; engañando con ello al Demos sobre las capacidades efectivas del Estado.

En ese tenor, el discurso de López Obrador cargó a su gobierno de expectativas irrealizables y simplificaciones casi de caricatura de la problemática nacional, dos discursos que empiezan a cobrarle con singular acedad.

Homero hablaba de “palabras que se escapaban del cerco de los dientes”, que como flechas lanzadas por el arco son irreversibles. En política, además, de su pronunciamiento, son irreversibles también sus consecuencias.

El populista

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