Opinión

El Cardenal Sandoval Íñiguez y los flagelantes

El llamado chantajista a la obediencia ciega. Mantenerse dóciles ante la palabra de El Gran Otro imaginario | Lee la opinión de María Teresa Priego

  • 19/12/2017
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El Cardenal Sandoval Íñiguez tomó la palabra en la misa de “desagravio y consagración” en el Estadio Azul en la Ciudad de México y transmitió a los asistentes sus Verdades Absolutas: la despenalización del aborto nos trae como castigo al crimen organizado; la “ideología de género” provoca sismos trágicos: 

¿Será casualidad los dos sismos que han ocurrido en México el mismo día: uno el 19 de septiembre de 1985 y el otro en la misma fecha de 2017?

No es una pregunta manipuladora y chantajista. No. Porque el egresado de La Pontificia Universidad Gregoriana, Licenciado en Filosofía y Doctor en Teología, ¿de veras cree lo que está diciendo? ¿Pues qué le enseñaron? A controlar al “rebaño”. A tratar a las personas como a niños eternos, proclives –sin trámite ético alguno, ni reflexión alguna– a las peores conductas.

No es importante si cree o no lo que dice, es importante que suene convincente, aterrador, que otras/os lo crean. Mantener el control a como sea.

Está permitido porque lo hace “por su bien”, el de ellos. Con una iglesia católica en caída libre en el mundo, México sigue siendo el “bastión” de ese poder que se sostiene – al parecer – sobre todo en el miedo.

El pánico al castigo. Un dios como un súper ego cruel y castigador, que además: no para de mandar desgracias. Desgracias “merecidas”, por supuesto. Aunque las reparticiones de “castigos” sean tan aleatorias. Una feminista que trabaja “la ideología de género” sigue abrigada en su casa y a un niño se le desploma el techo en la cabeza. Así de absurdo. Dice el Cardenal Sandoval Íñiguez que dios hace esas cosas. Y parece ser que va para peor, para mucho peor.

Una se pregunta por qué en tantos países en donde el aborto es legal y gratuito no existe el crimen organizado. ¿Por qué en los países más desarrollados en donde se han dado inmensos avances en lo que se refiere a los derechos de las personas, las libertades y la calidad de la vida cotidiana, no tiembla?

Hemos pecado, señor, admitiendo y promoviendo la ideología de género, que con su paquete de perversiones, atenta contra la familia y la vida, con la finalidad no confesada de arruinar a los pueblos y subyugarlos y saquearlos. Sin metas ni familia, nuestra patria no tiene futuro.

Seguro que el Cardenal es viajado, ¿verdad? Seguro que ha escuchado hablar de Francia, de Suecia o Nueva Zelanda.

¿Y eso a él qué le importa? Cuando tiene tan claro que esas personas que llenaron a mitad un estadio, no van a pensar en Nueva Zelanda. No tienen puntos de comparación. Ellos no, pero él sí.

El indignante abuso de la falta de información


El llamado chantajista a la obediencia ciega. Mantenerse dóciles ante la palabra de El Gran Otro imaginario, ante el cual mejor someterse antes de que se desaten “castigos peores”. No es la jerarquía católica a la que Sandoval representa la que correría a renunciar a su voluntad de dominio. El dominio es su negocio. Y es un gran negocio.

El feminicidio ocurre por la “imprudencia” de las niñas, adolescentes y mujeres, y los terremotos porque una pareja del mismo sexo que se ama, reivindica su derecho a contraer matrimonio civil en un Estado laico. El amor entre personas del mismo sexo es “inmoral” y “atenta contra la familia”. 

Lee: Este país de mujeres "imprudentes"

Colocarse en el lugar de portador de la palabra de dios y amenazar desde ahí a los feligreses con ser candidatos (que se lo merecen) a las muertes más atroces, no es inmoral. No. Eso es un oficio. Pretender que la criminalidad en México no corresponde entre otros factores a la ineficacia en la aplicación de las leyes de los hombres y las mujeres y no a un “castigo de la ley del gran padre divino”, eso tampoco es inmoral, es parte del mismo oficio. Y moren ustedes cómo se vive de ese oficio.

(Sandoval Íñiguez en su hogar. Fotografías tomadas de la revista “Quién”)

Es un oficio la transmisión de dogmas que se repiten hasta el infinito sin moverse de un milímetro, monolíticos e incuestionables y, que sin duda, no son la mejor  manera de convocar a la reflexión y al pensamiento analítico. 

Hoy queremos ser libres realizarnos por nuestra cuenta sin que nadie nos tenga que decir lo que hemos de hacer en lo que debemos de creer, queremos vivir en un relativismo cómodo en el campo de la moral, sobre todo referente a la familia y a la vida, y no aceptamos que la iglesia nos enseñe en nombre de Dios verdades eternas absolutas y preceptos morales saludables e inquebrantables, sobre todo en materia sexual y de matrimonio.

No es tan seguro que elegir una ética de vida que se construye en función del respeto a una/o misma/o y a las/los otras/os, sin “premios”, ni “castigos”, sea más “cómodo”. Pero es cierto que es muy distinto. Es el espacio no de la amenaza, sino de la libre elección.

El discurso de Sandoval Íñiguez no solo nos describe a un dios violento, vengativo y castigador, sino que promueve de fondo una idea bastante terrible: el padre tiene derecho a violentar y a castigar a sus hijos. 

Señor y Dios nuestro antes de que venga un castigo mayor nos mandas castigos temporales o correcciones paternas por medio de la naturaleza que es obra tuya y está gobernada por tu providencia

¿Correcciones paternas que implican pérdidas tan importantes, daños físicos graves, muerte? Esas son las que tiene derecho a ejercer ese dios enfurecido y violento que él transmite. Ante las dimensiones de esas “correcciones” de un padre cuyo reino no es de este mundo, ¿cuáles serían las “correcciones” a las que tienen derecho los padres terrenales? ¿De verdad en un país con problemas tan alarmantes de violencia intrafamiliar no gravísima una declaración que autoriza y legitima la violencia masculina contra sus dependientes emocionales? ¿No es una invitación a: “es mi derecho humillarte, maltratarte, golpearte, porque soy tu padre?”

“Rechazamos a la iglesia y su enseñanza como dogmatista, anticuada y medieval”, dijo el Cardenal. Mientras tanto, a unos metros de él, cuatro integrantes de las Hermandades de Penitentes Encruzados y Fragelantes se fueteaban hasta estallarse la espalda. No vayan a creer que eso es medioeval.

¿Por qué no lo prohíbe la jerarquía? Pues me imagino que a cada quien sus goces, se dirán. La personalidad culpígena hasta esos extremos atraviesa los siglos, después de todo. Si a ellos les da por cargar con las culpas del mundo entero, pues allá ellos. O, a cada quien sus voluptuosidades por retorcidas que estas sean. Quizá son personas melancólicas. Los melancólicos tienden a suponer que son culpables de todo lo malo que suceda. Necesitan castigarse continuamente. Tal vez sería más generoso hacerles una cita en el Instituto Nacional de Psiquiatría y abrirles una ventanita para vivir una vida más libre de sus persecuciones interiores. Pero la salud emocional, no pareciera tan importante.

¿Y qué hacían ahí ante estas centenas de personas? ¿Una muestra del ejemplo a seguir? Qué terrible. Pero en este mundo hay bien distintas maneras de flagelarse.

Buscando en Google me encuentro que en el 2008, el Cardenal Sandoval le “abrió las puertas de su casa” a la revista “Quién”. ¿No es un acto de vanidad increíble? ¿Qué hay de más mundanal ruido que una revista de sociales? Y pésima elección en términos de mercadotecnia. Lo vemos en medio de sus lujos, sonriente. No resistió mostrar su poder. No resistió el niño de Yahualica mostrar lo exitosa que ha sido su carrera. Lo poderoso que es.

Su despacho, su comedor, su gimnasio, su alberca. Él se “flagela” en su caminadora mientras mira la televisión. No me vayan a decir que una hora de cardio no es sacrificio. Seguro ve los peores programas para sacrificarse aún más.

Esos Yo encapuchados, los pobres, los desamparados y culpígenos, los sin nombre y sin rostro se fuetean de rodillas hasta la sangre. Exhiben sus llagas de pecadores. Allá ellos con sus masoquistas y pobretones goces.

El Yo del Cardenal se desparrama enorme de vanidades en una página de sociales. “Hágase la voluntad de dios en las espaldas de mi vecino”. Algo así. Salvo la gula y la soberbia (“pecados capitales”, quizá menores cuya práctica podemos constatar en las imágenes), me imagino que él nunca ha “pecado”, lo que explica que su dios lo colme de “bendiciones” terrenales.

Parece que la ira también es lo suyo. Ese abismo entre los hombres arrodillados y sin rostro que escriben en sus espaldas “la sangre de Cristo”, con su propia sangre. Y el jerarca poderoso. Los flagelantes llegan a sus hogares humildes, cubiertos de llagas. El Cardenal también entra a su casa agotado tras la misa de “desagravio”, se arrellana en su sofá, y “la sangre de Cristo” –en una linda copa de cristal–, se la bebe.

A cada quien sus flagelos.

@Marteresapriego @OpinionLSR | @lasillarota