Con el destape de José Antonio Meade como próximo candidato del PRI a la Presidencia de la República, se despeja la incógnita respecto a quién va a representar la continuidad del sistema político en las elecciones de 2018.

Es cierto que Meade no es militante del Partido Revolucionario Institucional, que incluso fue funcionario de primer nivel en un gobierno emanado de un partido de oposición, y que su perfil no corresponde al del político tradicional, pero por más que lo quieran presentar como un candidato ciudadano, no se puede negar que será el candidato del establishment.

Decía Don Jesús Reyes Heroles que en política la forma es fondo, y la manera en que se anunció su renuncia a la Secretaría de Hacienda, así como los subsecuentes eventos con los tres sectores priístas, no pudieron ser más elocuentes.

La restauración del dedazo –o la liturgia del PRI como la denominó Peña Nieto– en su máxima expresión.

Paradójicamente pretenden atraer el voto de un amplio sector inconforme de la ciudadanía con una propuesta aparentemente distinta, pero utilizando las viejas formas de hacer política que por un momento nos trasladaron a la década de los 70s.

La distinción de Meade

Es cierto que Meade cuenta con algunas características que lo distinguen de buena parte de los integrantes de la clase política, pues además de su formación académica se le conoce como un funcionario eficiente, discreto, disciplinado y con una conducta personal alejada de escándalos y enfocada a su familia.

Sin embargo, a lo largo de su trayectoria pública no se advierten elementos que nos permitan pensar que cuenta con una visión transformadora del país.

Por el contrario, su paso por las Secretarías de Energía y Hacienda nos dicen que prevalecerá la política económica de los últimos sexenios –que si bien ha logrado mantener cierta estabilidad financiera, en muy poco ha contribuido a disminuir los ofensivos niveles de desigualdad y pobreza–, y no se recuerda que, por ejemplo, en su desempeño como Secretario de Desarrollo Social, haya asumido una postura crítica respecto al uso clientelar de los programas sociales.

Tampoco su reputación personal es garantía de que algo va a cambiar en materia de combate a la corrupción, pues el haber sido favorecido por la decisión del presidente, lleva implícito un pacto de protección para Peña Nieto y su círculo más cercano.

Tranquilidad para los políticos... y la jerarquía eclesiástica


Es claro que la noticia de su inminente postulación tranquiliza a los círculos políticos y económicos de poder –e incluso a la jerarquía eclesiástica dadas sus convicciones religiosas–, pero probablemente poco signifique para la mayoría de la población pues no deja de pertenecer y representar a una clase dominante que se ha caracterizado por su falta de sentido de responsabilidad, de sensibilidad y de oficio político, pero que le ha sobrado ambición y habilidad para hacer de la política un gran negocio.

Aún con el impresionante despliegue mediático de los últimos días con el que se busca dar a conocer y posicionar al futuro candidato, no es tan fácil que logre despertar el entusiasmo de las bases priistas que, a diferencia de la cúpula, no lo identifican como uno de los suyos.

Como tampoco lo es, que en automático atraiga los votos que generalmente favorecen a Acción Nacional ante la división de ese partido y su apuesta por dinamitar al Frente conformado por el PAN, PRD y MC, ya que el voto partidista se ha fragilizado, el descontento de la gente cada vez es mayor y, a pesar de todas las dificultades que enfrenta, el Frente Ciudadano por México todavía está vivo y puede constituirse como en una tercera vía entre el continuismo y la propuesta populista y autoritaria que para muchos representa López Obrador.

Cualquier cosa puede pasar, pero por lo pronto, Meade es el candidato del Sistema.

@agus_castilla | @OpinionLSR | @lasillarota



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