Opinión

El arcoiris de la diversidad toma las calles

Todas las familias, todos los derechos.

  • 28/06/2016
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“La expresión más extrema de la violencia homofóbica son sin duda los homicidios y feminicidios motivados por la orientación sexual y la identidad de género. A falta de registros oficiales, las organizaciones civiles nos hemos dado a la tarea de registrar este tipo específico de violencia letal que se caracteriza por altos niveles de ensañamiento y crueldad. Cada mes al menos 6 personas gays, lesbianas, bisexuales y mujeres transgénero son asesinadas por razones de homofobia”, Alejandro Brito, Director de Letra S.

 

“Mami, te amo”.

“En club ellos disparando”.

“Atrapado en baño”.

“Él se acerca”.

“Me voy a morir”, Eddie Jamoldroy, asesinado por un fanático homófobo en el bar Pulse de Orlando.

 

Esta fotografía circula en redes sin el crédito. Una disculpa a la persona que la tomó, y gracias por ella.

 

Una mujer camina sola, viene muy por delante del resto de la manifestación con una pancarta: “Estoy aquí para apoyar a mi hija y para defender sus derechos.” Camina absorta, como si no hubiera nada en el mundo más importante para ella que esa hija, su amor por ella y ese mensaje. Es un hecho: ¿qué podría haber de más importante? El derecho de su hija a amar a quien ama, a ser respetada en su elección, el derecho de su hija a formar una familia con su pareja del mismo sexo y a tener y educar hijas/os con su pareja, si así lo desean. Ana de Alejandro García y Sandra López, representantes de la Red de Madres Lesbianas: “Es indispensable impulsar reformas para dar certeza jurídica a los hijos y las hijas de los matrimonios homoparentales”. Estallar los estigmas. Esos seres humanos tan diversos que somos, en el arcoíris, hay espacio para todas/os, y el Estado de derecho, el Estado laico, está en la obligación de garantizarlo.

 

En la descubierta marchan las madres lesbianas con sus hijas/os. Las familias diversas: madres, padres, muchos niños. Un trenecito lleno de pequeñitas/os que juegan y conversan. No veo por ningún lado ni una sola persona armada para lanzarse al oscuro afán de destruir a la única familia posible heredera en línea directa de Adán y Eva. Y miren que la busqué. “Todas las familias todos los derechos”. Una respuesta masiva a los intentos por impedir el avance de los derechos LGBTTTI y a los intentos por dar marcha atrás a lo ya adquirido. Nada ha sido graciosa concesión, cada logro es el resultado de décadas de lucha de una de las comunidades más ferozmente discriminadas en México. La cotidianidad del lenguaje homofóbico, la discriminación en las calles, las escuelas, los espacios de trabajo. El rechazo –tantas veces- de sus mismas familias. La negación de sus existencia y de sus derechos. Los crímenes de odio de psicópatas que apuñalan sus deseos en el cuerpo de otro/a, como si apuñalaran – con un sadismo inimaginable- un espejo.

 

Miles de personas (200, 000 según las cifras oficiales), visibilizando una realidad que tiene tanto de valiente y de entrañable. Cuando una piensa en las absurdas preguntas dirigidas a las familias homoparentales: “¿pero, quién es el papá y quien es la mamá?” Como si fuéramos incapaces de imaginar el amor en un más allá de las camisas de fuerzas de nuestros prejuicios. En esa familia hay dos papás, en esa otra hay dos mamás. Y además hay abuelas/os, tías/os, primas/os, amigas/os y mascotas, como en todas las familias. Y ese clásico: “yo no me opongo, pero les van a hacer bullying a sus niños en la escuela”. ¿Acaso nuestro compromiso como sociedad no es imaginar y crear escuelas en las que los niños no sean víctimas de acoso, ni por esta sinrazón, ni por ninguna otra?

 

Cuando una lee los ataques contra las familias homoparentales da la impresión de que las imaginan flotando como en una especie de limbo: sin vínculos familiares, ni sociales. Aisladas, encerradas. Ellas/os no van al cine, (y si van, son tan “raros” que no comen palomitas), no saludan a los vecinos, no pagan impuestos, no festejan los cumpleaños de sus hijos. Peor, como viven encerrados en no sé qué isla diferentísima y de lenguaje ininteligible: los hijos de dos mamás jamás tendrán relación con hombre alguno. Los hijos de dos papás no tendrán ni el más leve contacto con una mujer. ¿Qué va a ser de ellos en ese planeta en donde la diferencia sexual no existe? Imaginarios extravagantes que no se entiende cómo se sostienen si una/o los confronta con la realidad. Hay quienes eligen que sus fantasmas sean más fuertes y más reales –para ellos- que la realidad misma.  Es un hecho: hay quienes prefieren excluir que escuchar.

 

Gracias a Rodrigo Garher por la foto. 

 

Centena de personas sostienen una larguísima bandera horizontal (me dicen que de 400 metros), con los colores del arcoíris. La marcha es una fiesta. Un “estas/os somos”, “aquí estamos”. Música, disfraces, una banda de pueblo acompaña a las muxes que despliegan por Reforma sus trajes bordados de tehuanas. Muchísimos jóvenes. “Los osos”, con sus cuerpos fornidos. “Los vaqueros” a pie y a caballo. Los fotógrafos corren detrás de las mujeres trans, sus vestidos de fiesta y sus tacones altísimos. Es contra ellas que se despliega con mayor frecuencia y con mayor brutalidad la violencia homofóbica. Quiero pensar que es por esa razón que los fotógrafos de los medios las siguen: para hacerlas visibles en toda su humanidad,  y en toda su dignidad, y no porque “el escándalo vende”.

 

Un grupo de mujeres regala paletas acompañadas de un folleto donde nos explican: “El golpe trágico…el mayor drama de la historia del ser humano tomó lugar justo en el principio. El hombre y la mujer decidieron separarse de su creador amoroso para seguir su propio camino…él, (Jesús), amó a las personas que la sociedad rechazaba, como a los leprosos y a las prostitutas”. Mi vecinita que está con sus mamás se comió todas las paletas que nos regalaron. “¿Los leprosos?” me dice su mamá. La señora de las paletas irrumpe en la marcha y abraza a una mujer trans, como si aquella estuviera al borde mismo del fin del mundo y ella estuviera dispuesta a acompañarla. “Se le va a pegar la lepra”, dice mi vecina. Toda la escena del abrazo tenía una intención muy amorosa, me imagino. Un tantito magnánima y perdona-vidas y “salvemos de sí misma a la oveja en descarriada”, pero la intención era amorosa, me imagino. 

 

Algunas consignas y pancartas

 

Los derechos: “Por una sociedad en la que el clóset no exista”. “El closet es para la ropa”, “Iguales impuestos iguales derechos”, “Los derechos GBTTTI son derechos humanos”, “Alto al discurso de odio, respeto al Estado laico”, “Si Juárez viviera, con nosotros estuviera”, “Derechos iguales a Lesbianas y homosexuales”, “El mismo amor los mismos derechos”.  “Mejor dos papás que ninguno, mejor dos mamás que ninguna”, “Socialmente iguales, diferentes y libres”.

 

Las religiosas: “¿Qué familia más diversa que la de María, José, Jesús y el Espíritu Santo ”, “Ser homosexual y cristiano, no es una contradicción, ser cristiano y odiar al próximo, sí lo es”, “Es tiempo que todas las religiones entiendan el amor inclusivo de Dios”, “Soy madre de un gay y Dios lo ama”, “Una religión que rechaza a mi hijo y a su familia, ya no puede ser la mía”. La familia: “Los padres preguntan, ¿mis hijos donde están? Se fueron a la marcha del orgullo homosexual”, “Apoyo y amo a mi hijo gay”, “El amor en la familia detendrá la homofobia”, “Era homofóbica hasta que mi hijo dijo: ‘soy gay’”. Una familia  de cinco personas observa la marcha, sus pancartas muestran el ultrasonido de un bebé junto a la pregunta: “si supieras que es gay, ¿lo abandonarías?”

 

 Los crímenes por odio: “El odio mata”, “No más odio”, “La homofobia me mató, tu indiferencia me enterró”.  “Matar gays sí es un delito”.  “Alto a la crueldad contra la comunidad trans”. Los defensores de todas las especies: “El sexo con un vegano, es más rico y es más sano”. “Las tijeras con una vegana, son la mejor experiencia lesbiana”. Las consignas que retoman el lenguaje discriminatorio y lo revierten: “Esos mirones, también son maricones”, “Esas muchachas, también son marimachas”, “Soy maricón”. De todo un poco: “Únete mana, no somos el PRI, estamos marchando, para apoyarte a ti”, “Detrás de esa ventana, se esconde una lesbiana”. “Quiero ser feliz con mi chava. No es una frase. No estoy confundida”, “La homofobia es closetera”.

 

Foto que circula en redes, también sin crédito.

 

¿Cómo sería si nos dijeran que no tenemos derecho a amar a quien amamos porque es "un amor heterosexual?” Hace algunos años leí un texto así en Debate Feminista, todo era al revés. Los heterosexuales no podían amarse entre ellos, ni caminar tomados de la mano, ni darse un beso, ni casarse. Los abucheaban y acosaban. Los excluían y perseguían. “¿Por qué?” “Porque son heterosexuales”. Este ejercicio tan simple en apariencia es muy interesante. ¿Alguien podría permitirse avasallarme en mis derechos más elementales? ¿Cómo sería que todo lo que damos por hecho de manera cotidiana estuviera sujeto a una larguísima batalla? La respuesta de los grupos religiosos más conservadores es muy expedita: “La naturaleza”. No sé qué pueda significar esa explicación cuando hablamos de nosotras/os, seres hablantes, dotados de un inconsciente y creadores de civilizaciones. La longevidad, por ejemplo, es un logro de los seres humanos sobre “la naturaleza”.

 

Si la sociedad se hubiera opuesto a que amara a quienes he amado, si se hubiera opuesto a que fuera la madre de mis hijos tan deseados, hubiera dedicado cada segundo de mi vida a arrancarles mis tan elementales derechos a quienes se empeñaran en negármelos.  No habría de otra. Pero, ¿por qué una tendría que “arrancar” lo que es suyo? Así ha sido en México y en el mundo. México es un Estado laico que no puede ni debe gobernarse desde el “Dios así lo quiso”, que no puede someterse a las interpretaciones de una “palabra de Dios” impositiva y excluyente. La ley existe. La que considere que el matrimonio entre dos mujeres es un “pecado”, basta con que no se case con otra mujer. Cada quien tiene derecho a “salvar su alma”, lo que es inaceptable es que se conviertan en cruzados de la “salvación” de almas ajenas.

 

El matrimonio entre personas del mismo sexo es: "el fin de la familia”. ¿Cómo? Si mi vecino Juan y mi vecino Pedro se casan el uno con el otro, ¿mi familia está condenada a la desaparición? ¿El que ellos construyan una familia distinta a la mía, destruye la mía? ¿Pues de qué estaría hecha mi familia? ¿Significaría que mis decisiones y deseos sólo pueden realizarse y sostenerse en la exclusión de otras maneras de ver el mundo? ¿Sólo construyo si excluyo? Si la familia de Pedro y Juan construyen en el amor y en el bienestar, ¿qué me cuestionan? ¿Sería un llamado al Apocalipsis que encuentren su manera de ser tan felices a como se pueda, a como cada una/o de nosotras/os lo intenta? ¿Desde dónde hablamos – con qué niveles de negación, con qué arrogancia- cuando han sido familias creadas en “el amor heterosexual” y bendecidas en las iglesias y los templos, las que han llenado por siglos los psiquiátricos y las cárceles?  El punto no es a qué sexo pertenecen las personas. Sino ¿qué es capaz de crear cada persona en una relación consensuada, comprometida y amorosa?

 

Gracias a Rodrigo Garher por la foto.

 

Cuestionemos la violencia intrafamiliar, las violaciones incestuosas, la desigualdad social, los salarios miserables y el enriquecimiento de unos cuantos a costa de las mayorías, la dudosa calidad de la Educación Pública, la corrupción, el machismo, los crímenes por odio, la delincuencia organizada, las campañas religiosas contra el uso de anticonceptivos y la pastilla del día siguiente. La falta de oportunidades. La misoginia. El racismo. Los medios vendidos a las cúpulas del poder. El feminicidio. La pederastia – recurrente- silenciada y negada hacia adentro de las iglesias. El abandono al campo y a las personas que lo trabajan. Las elecciones compradas. La represión. La tortura. Los asesinatos impunes. Los millones de mexicanos expulsados de su país, obligados a migrar. El desprecio hacia los pueblos originarios y sus lenguas. Los servicios de salud. Los orfelinatos en los que crecen niñas/os en el abandono. Niños a los que nadie ama en su singularidad. Niños que crecen sin ser nombrados en el amor. Cuestionemos el frío sin abrigo, el corazón desolado, el hambre sin pan.

 

No nos alcanza la vida para luchar contra todo lo que duele, hiere, destruye, daña, y en esas circunstancias –o en otras, pero las del país que tenemos son alarmantes - ¿de veras nuestro problema es que las personas exijan su derecho a amar a su pareja y a sus hijos? ¿Algunos de ellos no sabrán amarse en  condiciones de bienestar y salud emocional y sus hijos y ellos vivirán vidas muy tristes, quizá traumáticas? Por supuesto, de la misma manera en que sucede con las familias creadas por parejas heterosexuales. Igualito. ¿O a ellos les exigiríamos una perfección que no está inscrita en la condición humana? 

 

Gracias a Esteban Schmelz por la foto.

 

Que las mujeres se educaran, votaran, tomaran los espacios públicos, también fue/ha sido/es considerado  como una amenaza a la integridad y permanencia de la familia. “El fin de la familia”. Pareciera –desde la religión católica- que la familia es una construcción hecha con palitos chinos y que vive amenazada de extinción. Pues, ¿qué creen? No sólo “la familia” no corre el riesgo de desaparecer pasado mañana, sino que se diversifica y se enriquece. ¿Existen homosexuales religiosos dispuestos a vivir en la castidad? Bien por ellos. Nadie va a ir a sacarlos de sus casas para que busquen una pareja, se casen y adopten hijos. Que lo asuman en el respeto: sus renuncias son muy suyas. ¿Existen decenas de miles de personas convencidas de que descienden de Adán y Eva y “Dios no creo a Adán y a Esteban?” Bien por ellos, que honren sus convicciones y su linaje. Lo que no es admisible es que irrumpan e invadan la vida y los derechos de los otros. “Dios no nos creó para que una mujer ame a otra mujer”, “¿Y para que sí la creó dios a usted, señora?” “Para amar al hombre que es mi marido”. “Pues sígalo amando señora, nadie se lo impide. Mire nada más qué justo, qué libertario y qué bonito”. 

 

@Marteresapriego

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