Opinión

El acoso sexual –también– como técnica de control

El acoso sexual es una marca con la cual la subjetividad y el cuerpo de la víctima extravían su inalienable derecho a la libertad.

  • 10/05/2016
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El acoso sexual implica un goce para el acosador. Con goce no me refiero a placer, sino a esa manera oscura de “disfrute”- que en palabras del psicoanalista Jacques Lacan- “sustituye al placer”. Toma, a la brava, su lugar.  El placer sería el resultado de una manera “sana” de acercase a los propios deseos y realizarlos. El goce es de muchas maneras su contrario. Circuló un video tomado por las cámaras del metro. Un hombre atrapa a una mujer, así, como si fuera su presa en una partida de caza (las partidas de caza son de por sí horribles) y la estampa contra un muro. La abusa sexualmente y le roba su mochila.  Ningún policía corrió en su auxilio. Ningún usuario por allí en ese momento. La escena es terrible.

 

La suelta y corre. Ella se va. La vemos alejarse. Quisiéramos abrazarla. Se aleja sola. Infinitamente –estoy segura- vulnerable, humillada y sola. No sabemos si levantó una denuncia. Es probable que no haya tenido la fuerza. Lo que sí sabemos es que a partir de ahora tendrá más miedo. Lo que sí sabemos es que el miedo limitará considerablemente su libertad de movimiento.  Lo que sí sabemos es que llegó a su casa y se frotó por horas la piel, porque le marcaron la piel.  Le dijeron que su piel no es suya.  ¿Cómo transportarse? ¿Cómo caminar por los pasillos? ¿Y si lleva un gas lacrimógeno en su bolsa?  ¿Y si con el gas lacrimógeno le va bastante peor?

              

¿Cómo protegerse? ¿Cómo vestirse?  Preguntas inevitables en el contexto, y preguntas absurdas y crueles.  Porque son preguntas de sobrevivencia.  Preguntas en donde la víctima termina por ser culpable. La falta de protección, la impunidad, el elegir no presentar una denuncia para no ser revictimizada, el que los elementales derechos a la dignidad y a la integridad física sean echados por tierra en cualquier pasillo y con esa oprobiosa facilidad, colocan a millones de mujeres en una situación de sobrevivencia.

 

 

Tiene que llegar al trabajo, a su casa, a su escuela. Tiene que seguir viviendo su cotidianidad. Pero su cotidianidad está marcada.  El acoso sexual es una marca con la cual la subjetividad y el cuerpo de la víctima extravían su inalienable derecho a la libertad.  La calidad de vida desaparece, porque el derecho a elegir queda reducido a una vaga, inalcanzable promesa.  Porque el miedo acota, paraliza. El depredador lo sabe muy bien. Lo suyo no son las relaciones consensuadas (aunque las tenga), sino esos despojos  brutales. Lo suyo es el goce de una imaginaria superioridad inscrita en dominar a otra persona.  Saquearla.  También sabe que se apodera del espacio.  Lo suyo es ser amo.  Marcar territorio.  Lo suyo es una rabia ciega contra la femineidad y lo que le representa. Lo suyo es controlar. ¿Qué? Esa para él insoportable alteridad femenina.

 

La mayoría de los acosadores sexuales son hombres. Sí. ¿Eso significaría que una campaña contra el acoso sexual es una campaña pensada y creada contra todos los hombres? ¿Eso significaría que una Movilización contra las Violencias Machistas sucede contra todos los hombres, aunque marcharon cientos de ellos junto a nosotras?  Algunos hombres (poquísimos) intentaron sumarse a las contingentas separatistas. Fueron rechazados.  Estaba especificado de entrada: las compañeras que convocaron marchaban en la descubierta, quienes elegimos los contingentes mixtos nos incorporábamos tras ellas. ¿Por qué no respetar las reglas cuando abundaban los contingentes donde sumarse? El “rechazo” de esos pocos hombres se convirtió en todo un tema. Casi diez mil personas marcharon por una causa impostergable. ¿Vamos a concentrar nuestras energías en esos poquísimos provocadores que obtuvieron a contrapelo su puesta en escena?

 

 

Cantidad de comentarios al lado de las fotos que publicaron los medios provocaban tristeza y desasosiego.  “No pueden odiar a los hombres, tienen padres, hermanos, hijos”.  ¿Ah?  “Dios creo al hombre y a la mujer para complementarse,  pelean contra sus designios”. More ¿Ah?  No logro entender cómo se producen  deslizamientos semejantes.  Son muy dañinos.  Una de las razones por la cuáles los acosadores actúan en tan insultante impunidad, es porque nuestra sociedad niega las dimensiones del acoso y la gravedad de sus consecuencias. “Yo nunca he acosado a una mujer”, “Nos miden a todos con el mismo rasero”. “Son unas radicales, feminazis, exageran”. 

 

Cuando se dice: un acosador sexual, nos referimos de manera muy concreta a esos hombres cuyo goce consiste en violentar la voluntad de una mujer. En someterla y denigrarla.  En trasgredir la ley.  ¿Qué es lo que no queda claro? Porque las defensas a deshoras se convierten en una negación de la realidad.  Es como si ante una campaña contra la corrupción una respondiera: “Pues no entiendo cuál es el sentido, exageran, a mí me ofenden, porque no todos los seres humanos somos corruptos”.  No, no todos, pero seguro que sí muchísimos, dado que la corrupción, como la misoginia, es un grave problema nacional.

 

La campaña: “No quiero tu piropo, quiero tu respeto”, hirió cantidad de sensibilidades masculinas.  Y femeninas. Un piropo es un “halago”.  “¿Cómo, ya no podemos decirles ‘qué guapa eres’?” La molestia se deslizó hasta opiniones en donde se sugería (duro y dale con lo mismo) que los feminismos llaman a la “desvirilización” de los hombres. Para “controlarlos y dominarlos”. Porque: “El feminismo es el equivalente del machismo”.  Creo que la frase de la campaña es muy clara: No queremos ese “piropo” que pone en clara contradicción el respeto y el “halago”. No a ese “piropo” que da miedo, que se convierte en una invasión y en una técnica de control de los espacios. No a ese “piropo”, que trae consigo un imaginario derecho de pernadas. 

 

 

¿Qué tendría que ver la apropiación del espacio público a través del acoso verbal -por “amable”  e “ingenioso” que se pretenda- con el amoroso reconocimiento  de una persona a la otra? ¿Qué tienen que ver las delicias del intercambio de halagos entre personas civilizadas, con el acoso, que implica por definición una situación no de pares, sino de superioridad? ¿Sería “desvirilizante” que un acosador controlara sus “impulsos,” porque la libertad de circular en toda tranquilidad es derecho de todos los seres humanos? ¿En qué consistiría entonces la noción de “virilidad” de quienes así lo sostienen?

 

¿Cuáles son esas complicidades conscientes o no, entre los hombres y las mujeres que no son misóginos, pero que intentan negar la realidad y complican de esa manera la posibilidad de transformarla? ¿A qué le tienen miedo? Lo que no se nombra, no cambia. Un mundo más habitable para todas/os. Hay culturas en este mundo que lo han logrado. Erradicar las distintas  formas de odio (étnico, racial, religioso, a la diferencia sexual,  al homoerotismo), es un ideal inalcanzable, lo que es más que posible es construir sociedades en las que la ferocidad disminuye y sobre todo:  tiene muy pocas posibilidades de expresarse.  Porque la ley se aplica.  Porque el rechazo de las mayorías hacia los agresores es inmediato. Comencemos por la urgencia de un alto a la impunidad. Y transformemos nuestros mapas mentales.  

 

 

Un depredador no nace, llega a serlo. Sí, parafraseo a Beauvoir. No es un problema biológico.  Dejemos entonces de desgastarnos y perder el tiempo en la descalificación a ultranza. ¿Y si nos sentáramos tantito a escuchar de qué se trata? ¿Y si colocáramos la empatía por encima de la necesidad de distorsionar las demandas y los discursos y nos concentráramos en ¿por qué caminos se construyen las sociedades de bienestar? Primero habría que combatir la hondísima injusticia social, escucho con mucha frecuencia.  Retiraría el “primero”. Las luchas por nuestros derechos ciudadanos no son excluyentes.

 

@Marteresapriego

@OpinionLSR