Opinión

El acoso moral

La manipulación. La descalificación, y ese lugar que es un clásico: no importa lo que haga, el perverso siempre intentará el lugar de la víctima.

  • 06/12/2016
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“Mediante un proceso de acoso moral, o de maltrato psicológico, un individuo puede conseguir hacer pedazos a otro. El ensañamiento puede conducir incluso a un verdadero asesinato psíquico… sin embargo, en la vida cotidiana no nos atrevemos a hablar de perversidad…”

Marie-France Hirigoyen.

 

 

Marie- France Hirigoyen,  psiquiatra, psicoanalista y terapeuta familiar, ha dedicado una buena parte de sus investigaciones a las relaciones de control, dominio y aniquilamiento moral sistemático de una persona por otra: en la vida privada,  en la vida laboral, en distintos grupos de pertenencia.  ¿Qué sucede cuando una persona comienza a percibir que su jefe/fa de manera “sutil” desata una campaña en su contra? Y este es un dato muy importante que la psicoanalista señala: el principio del acoso suele ser “sutil”, porque su fin es desestabilizar. De manera velada y sin testigos.  Colocar paulatinamente a la persona en una situación en la que comienza a dudar de sí misma. El siguiente paso por parte de jefe podría ser dejar caer por aquí y por allá comentarios descalificadores entre las personas que colaboran con él.  Intrigas que no lo parezcan. Aislar a la persona que elige como víctima. Fragilizarla. Llamar a los otros a la desconfianza y a una especie de complicidad voluntaria o involuntaria, que se obtiene en la manipulación.

 

 

Colocar a la víctima elegida en situaciones difíciles: pedirle trabajos muy complicados en tiempos imposibles de cumplir, exhibirla cuando no los cumpla, siempre intentado un tono de “paciencia” y “bonhomía” hacia ella, en público.  Se trata de llevar a la persona acosada a un punto en el que de pronto, la presión subterránea sea tal, que comienza a “fallar” en su trabajo a fuerza de golpes bajos y demandas imposibles.  No se explica cómo, pero su entorno cada vez la deja más aislada. Más sola. Para cuando se da cuenta, para cuando está dispuesta a aceptar –ante sí misma- lo que le sucede, se descubre en una situación imposible. No entiende cómo sucedió. No entiende cómo fue siendo conducida hacia esos estados de desesperación. Cuando intente defenderse la respuesta – ahora sí frente a sus compañeras/os será: “Ya ven, es un agresivo”. Si estalla en llanto: “Pobre, he intentado decírselos, tiene serios problemas emocionales”.

 

Hirigoyen es muy clara en un punto: en el juego de la perversión narcisista siempre se tratara de que la victima elegida termine siendo culpable. Se tratará de que cuando el despido llegue, por ejemplo, todo haga parecer que la persona despedida: “se lo merecía". ¿Qué pasa durante todo ese tiempo con la víctima elegida? Es probable que piense que se lo está imaginando, que exagera, que su jefe/a tuvo un mal día, que no hay nada contra ella, ¿por qué lo habría? Se exigirá más y más. Es muy probable que intente mantener su confianza, porque el/ la perverso/a narcisista suele atacar a personas con una tendencia notoria a confiar y a cuestionarse. Es un hecho, que a pesar de su omnipotencia sabida, el perverso no se atreve con cualquiera. Ni en el trabajo. Ni en la pareja. Ni en la familia. Es un experto en detectar en otras personas, lo que él /ella considera como “fragilidad” y desprecia: las buenas intenciones, el deseo de escuchar y comprender, la necesidad de negociar, la confianza en el amor, la ternura y la lealtad.

 

“Me siento humillada, pero seguro que no fue su intención”. “Creo que su comentario fue agresivo, pero quizá es un problema mío”.  “Ha sido muy encantador/a y es buena persona, sólo atraviesa una mala racha, es cosa de ser paciente”.  “Estoy seguro que tenía esos documentos en mi escritorio, ¿cómo desaparecieron? ¿me estaré equivocando y los dejé en la casa?” El piso se mueve, la persona comienza a dudar de su memoria, de lo que escuchó, de lo que está segura que le dijeron o no le dijeron. Con la nueva tecnología se pueden dar situaciones aún más oscuras: ¿cómo su compañera de oficina que hasta ese día era su amiga recibió un what’s app ofensivo que sí viene de su cuenta, pero que ella nunca mandó? No sólo Hirigoyen, todos los estudiosos de la personalidad narcisista perversa señalan repetidamente este momento: “la desestabiización”. El proceso paulatino en el que la víctima elegida deja de entender dónde está colocada, sin tener las herramientas  aún para saber que todo lo que sucede: se lo están haciendo.

 

En, “El odio al amor. La perversión del vínculo”, Maurice Hurni y Giovanna Stoll escriben una introducción al tema que es muy dura: la mayoría de las personas estarían indefensas ante un perverso narcisista, no sólo porque el perverso en un comienzo se muestra como muy generoso y encantador, sino  porque a cualquier persona relativamente sana le sería imposible siquiera pensar que esos niveles de cálculo y frialdad existen. Esos niveles de crueldad.  ¿Por qué alguien usaría a los demás de esa manera? ¿Por qué alguien querría dañar tanto a otra persona? Y la respuesta es todavía más increíble: porque lo necesita, porque no le importa, porque así prueba su poder. Porque allí nutre ese motor que lo sostiene: su omnipotencia. En el camino pueden existir otros “móviles”, sí: colocar a un amigo en el lugar de la persona a la que despide, por ejemplo, pero no es lo mismo ser perverso, que “sólo” muy ruin. El perverso va por la sensación de “poder” que le produce el hecho de aniquilar moramente a otro.

 

 

El grado de utilitarismo del perverso narcisista es difícil de superar y está inscrito en una continua necesidad de reforzar su imagen grandiosa, a costa de los otros. Su “móvil”, más hondo y constante es probar que vive en un mundo de seres inferiores a los que puede controlar a su antojo.  Va por todo y “se lo merece todo”.  ¿Por qué? Porque es él/ella. Así nada más. También los especialistas analizan el inmenso desamparo interior de una personalidad así, el desamor en el que vivió su infancia,  su vacío, su falso “yo”, su lucha constante contra “mecanismos” interiores que siente podrían desarticularlo.  Las demandas excesivas de un padre y/o una madre demasiado  narcisistas que convirtieron a su hija/o en un objeto, al que no fueron capaces de amar en su existencia real y en su singularidad. Intentar entender, nunca podrá ser justificar, ni permitir.

 

El perverso va así creando su laberinto de espejos. El laberinto puede ser amplísimo, podemos constatarlo en el caso de políticos “grandiosos” que de veras se sienten triunfantes “porque son Ellos”, aunque tengan clarísimo que el lleno del estadio es pagado. Con el dinero de otros, claro. Qué importa, a condición de escuchar el ruido de ese “poder ilimitado” que corresponde a sus indispensables fantasías y que le inyectan los aplausos. Los mismos que no tienen el menor empacho en desviar recursos de educación y salud para adquirir bienes que consideran como lo mínimo que les corresponde en la vida. ¿Por qué? Porque son Ellos. Así de grandiosos. ¿Beneficiarse desamparando a otros, abusándolos? Para que ese trámite moral exista, esos “otros” tendrían que existir para ellos en tanto que personas. Pero no existen.  Lo que podría quedarnos claro en esos escenarios de lo público donde las pruebas son avasallantes, no es tan fácil de entender cuando llegamos a los espacios laborales o de la vida personal. Allí, a menos de haberlo vivido muy de cerca,  con toda la carga que tiene de intransmisible, nos volvemos más “ingenuos”, o más “románticos”.  En todo caso: muy permisivos.

 

No creo que el mundo esté lleno de perversas/os narcisistas, sólo está probado que existen, que pueden causar muy serios estragos y que es indispensable reconocerlos, y detenerlos. Defenderse. No dejar pasar el tiempo porque el desgaste es enorme, y en la medida en que ese oscuro “empoderamiento” avance, avanzarán los grados de crueldad y de violencia, que tenderán a ser soterradas. La manipulación. La descalificación, y ese lugar que es un clásico: no importa lo que haga, el perverso siempre intentará el lugar de la víctima. Su labor de desestabilización es sobre todo, un ataque psíquico, moral. Romper el silencio es una de las maneras más eficaces de lidiar con ellos, siempre y cuando a persona acosada haya reforzado su seguridad personal. Una puede no encontrarse nunca a una/o en a vida, una/o puede encontrarse a más de una/o en la vida. Y si así sucediera, sería muy importante – en aras del futuro- preguntarse por qué.  No para justificar a nadie, sino para detectar a tiempo.

 

 

Me parece importantísimo para las persona que se sientan colocadas en situaciones imposibles (artificialmente creadas para ellas, hasta que se convierten en su realidad), no sólo que soliciten ayuda de inmediato (y dejen para después esa pregunta: “¿me estará pasando o no?” “él/ella jamás sería capaz de hacerme esto”, “¿acaso no le importa destruirlo todo?”) y que conozcamos trabajos en los que podemos ir entendiendo, que sí pasa, que quizá –cuando es el caso- sí está pasando.

           

El libro “Acoso moral” de Hirigoyen que incluye apartados específicos: “Acoso laboral”, “Acoso sexual” está accesible en PDF y de manera gratuita en internet. Editorial Paidos ha publicado la traducción de otras de sus obras: “El abuso de debilidad”, “Todo lo que hay que saber sobre el acoso moral en el trabajo”. Para abrir los ojos bien abiertos, cuando sea necesario.

 

@Marteresapriego 

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