Opinión

El 8 de marzo no es una poesía

¿Han servido esas leyes contra los feminicidios que no paran?

  • 09/03/2016
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Un día después del 8 de marzo me pregunto si todas las leyes que han inventado los políticos han servido para romper la desigualdad que vive la mujer. Si han servido para detener esta guerra que enfrentan ellas contra un machismo desenfrenado, de vergüenza que las acorrala y las intimida día a día.

 

Me pregunto si han servido esas leyes contra los feminicidios que no paran.  Esos secuestros que se dan sin tregua, esa violencia diaria, esas violaciones cotidianas que terminan con ellas, con sus vidas, con sus sueños, con su aliento de esperanza; ellas aparecen tiradas en un barranco, en una calle sola, en un muladar como basura de la miserable sociedad.

 

¿De qué han servido los discursos de los políticos para detener esta barbarie? ¿Quién escucha esos gritos de un ¡ya basta! contra esos feminicidios que no se persiguen y que quedan impunes? Ese terror de una sociedad que parece indiferente ante la pérdida de vidas de mujeres que no acaba.

 

¿Cómo responder ante los miles y miles de reclamos de mujeres que son hostigadas, agredidas, aturdidas, molestadas en los transportes públicos, en la calle, a plena luz del día, en las oficinas, en los centros de trabajo, en todos lados?

 

¿Cómo enfrentar la “normalidad” de esa vergüenza de un machismo que se carcajea en la impunidad de las leyes?

 

Cada 8 de marzo aparece la hipocresía de un festejo a la mujer. Discursos, abrazos, flores, obsequios o un simple “felicidades” para que todo siga igual un día después y el siguiente y todos los días sin parar.

 

Esos festejos farsantes parecen ocultar el recuerdo de esas mujeres de una fábrica textilera de Nueva York, que salieron por cientos ese 8 de marzo de 1857 a reclamar los bajos salarios y que eran apenas la mitad de los que percibían los hombres que realizaban la misma tarea.  Ese reclamo perverso que terminó en masacre contra 120 de ellas que fueron asesinadas por la policía.

 

¿Quién se acuerda de ellas en esa realidad por la que se inconformaron? Las trabajadoras de hoy en día siguen enfrentando la discordancia salarial, la mayor explotación, la exigencia de una productividad salvaje que rebasa las jornadas legales.

 

¿Qué tanto ha cambiado esa desigualdad para las mujeres? En nuestros tiempos, son ellas quienes enfrentan, quienes sufren la mayor pobreza en todo el planeta. En México son quienes asumen la mayoría de la informalidad, la mayoría de carencia de seguridad social, de los bajos salarios o de ninguno, de prestaciones legales o de ninguna, ni siquiera el derecho de un simple contrato de trabajo.  No tienen nada de eso que se pregona en los discursos.

 

Desde niñas son objeto de mercado y abuso. El abandono social produce embarazos precoces y ninguna acción gubernamental es capaz de detener esta atrocidad contra las niñas. Políticos ingenuamente piensan acabar esto prohibiendo el matrimonio para menores de 18 años, pero sin atender las causas sociales que las origina.

 

De nada sirven esas leyes y esas instituciones que las miran con menosprecio en esa realidad diaria.

 

A muchas parece no importarles ese desdén de la sociedad. Están en todas partes a pesar de que no existen en esa legalidad que no las protege y si las persigue.  Están en las esquinas, en las salidas del metro, en los mercados, en cualquier lugar vendiendo comida, ropa, todo lo que se puede.

 

Se les ve por todos lados.  Son las madres solteras que no se arredran, que no se rinden en una sociedad que las abandona, que las ignora pero que tanto las necesita. Ellas se abren camino a pesar de la persecución policiaca o violación a los reglamentos.  Son las ilegales del nuevo siglo que no conocen de esas leyes que dicen protegerlas.

 

Son esas mujeres que se levantan primero que nadie, que sienten la soledad de la madrugada para ganar en el tiempo ese mundo que las margina.

 

Son esas mujeres que el mundo las arrincona y que sacan la fuerza de sus entrañas para tener un espacio de iguales. Ahora veo a trabajadoras del hogar que se organizan ante una sociedad que no las ha considerado. A maestras despedidas que sacan la casta para demandar dignidad y respeto a sus derechos en su quehacer docente. A esas mujeres que salen a las calles a decir ¡Ya Basta!

 

Son las mujeres que no se rinden, que defienden su esperanza y sus sueños de igualdad, a pesar de esas leyes y políticos de la hipocresía. 

 

Ellas que no pierden la sonrisa, el sentido de la letra de una poesía, de una palabra de apoyo, de una melodía, de un abrazo solidario que hace cimbrar nuestras conciencias.

 

Pero están ciertas que el 8 de marzo no es una poesía sino una manera de hacer entender a la sociedad el compromiso de hombres y mujeres para materializar estos sueños de igualdad y no violencia hacia las mujeres. Son gritos inacabables de esperanza.

 

Correo: mfuentesmz@yahoo.com.mx           

Twitter: @Manuel_FuentesM 

@OpinionLSR

 

 

 

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