Opinión

Duelo

Francisco Toledo en el Museo de Arte Moderno.

  • 01/03/2016
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“El duelo involucra la larga y dolorosa labor de separarnos del ser amado que hemos perdido. ‘Su función’, escribe Freud, ‘es separar los recuerdos y esperanzas de los sobrevivientes de la persona muerta’. El duelo es diferente del dolor. El dolor es nuestra reacción a la pérdida, pero el duelo es cómo procesamos la pérdida”. Darian Leader en “La Moda negra. Duelo, melancolía y depresión”.

 

 

Imagen de Esteban Schmelz.

 

Francisco Toledo regresó a las salas del Museo de Arte Moderno 35 años después de su exposición retrospectiva. Regresó con su duelo a cuestas, con ese duelo que casi todos -en México- traemos a cuestas. Los muros de la sala pintados de negro. La penumbra. Urnas, círculos, vasijas, cajitas. Huesos. Formas animales y formas humanas. Un pulpo que pareciera luchar contra un hombre. Un hombre agotado que intenta defenderse de un pulpo. Un zapato perdido. ¿En dónde está su propietario? ¿Qué hicieron de ese hombre que quizá ya no tenga nunca más la oportunidad de amarrar los lazos de sus zapatos?  Ante esa pieza, imposible no recordar la instalación de Elina Chauvet: “Zapatos rojos”, creada en el 2009 en Ciudad Juárez, y que desde entonces recorre las plazas en su permanente denuncia de los feminicidios.  

 

El simbolismo de los zapatos sin dueña/o. De los que ya nadie calzará para andar las calles, para andar la vida. Es tan cotidiana la vida. La experiencia humana. Esa cotidianidad que se corta de tajo. Como un hachazo: desapariciones forzadas, torturas, asesinatos.  Impunidad. Toledo eligió narrar en sus piezas la violencia. La de antes. La de ahora. La violencia ciega contra los 43 jóvenes aún desaparecidos de la Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa. El asesinato de sus compañeros. La gravedad de dos de ellos que aún se encuentran hospitalizados. La muestra: un rostro se asoma desde lo que podríamos llamar su territorio privado: el hogar donde coloca sus certezas, sólo que su “hogar” está bardeado con cráneos.

 

 Imagen de Esteban Schmelz. 

               

Toledo trabajó esa tierra especial que es la arcilla. Creó cerámicas a muy altas temperaturas. Cerámica viene de la palabra griega Keramos que significa “quemar”. Y su obra “quema”. Grises, ocres, distintas tonalidades de rojos. Tengo la sensación de un color inusual, casi naranja, que se me quedó colgado de algún lugar que no son las pupilas. “Ayotzinapa es una vergüenza que no tiene nombre”, dice Toledo. “Los políticos quieren que se pase la página, pero esa página no se podrá pasar nunca. Queda para la historia de la infamia”. ¿Quién no se mira en el espejo  de un rostro distorsionado por el miedo? ¿Quién puede continuar cerrando los ojos, cubriéndose los oídos ante una injusticia social, una crueldad y una corrupción crecientes? Tantas omisiones, tantas mentiras: la realidad insoportable del rostro de Julio César Mondragón desollado. “¿Quizá por la ‘fauna nociva’?”, dijeron. “Ya me cansé”. “Hay que darle vuelta a la página”, dijeron.

 

Penumbra Silencio. Denuncia. Duelo. Ese dolor individual y colectivo por este México que se desmorona en la deshumanización y en la impunidad, que se desmorona como la tierra que cubre las fosas clandestinas. Como la tierra que no cubre los cuerpos de las personas asesinadas cuyas  familias no han tenido aún el derecho de velar y enterrar. La tierra que se convierte en arcilla para trabajar la cerámica. Las llamas que le dan forma y la contienen. El arte es también un contenedor. Una manera de aprehender los hechos y re-significarlos.  Un llamado a la permanencia de la memoria.

 

Había escuchado que la exposición era “terrible”. No lo es. Aunque denuncie lo terrible. Es una constatación. Un anhelo imperioso de arrancarnos de esa manera de pensar la tragedia como un bloque, tan sangriento, como remoto. Tantas muestras descarnadas del horror en los medios.  Tantas imágenes. Cerramos los ojos. El corazón. Huimos de la realidad. “El dolor” de Toledo, es un llamado a arrancarnos del pensamiento de la serie de víctimas indiferenciadas, que nos anestesia. Esa manera en la que el arte logra retomar la herida abierta, regresarle su singularidad al dolor,  a la persona  que ya no está, a sus deudos.

 

Imagen de Esteban Schmelz.

 

En “La moda negra”, Leader escribe: “Ver lo que llamamos depresión como un conjunto de síntomas que derivan de historias humanas complejas y siempre distintas. Estas historias involucran las experiencias de separación y pérdida, incluso si no somos conscientes de ellas…Pensar la relación entre duelo, pérdida y creatividad. ¿Qué lugar tienen las artes en el proceso de duelo? ¿Podrían ser una herramienta vital que nos permita dar sentido a las inevitables pérdidas de la vida?”. Son inmensamente distintos, por supuesto, los duelos por “las pérdidas inevitables” y los duelos por las pérdidas consecuencia de desapariciones forzadas y asesinatos. Por la crueldad de un ser humano contra otro y sus oscuras compicidades.  Por la ausencia de derechos. Por la ineficacia en el ejercicio de la ley. O peor aún: Porque la ley está en venta.

 

Entre esas dos realidades “Las pérdidas inevitables” y las otras, las que que son consecuencia de la infamia, se abren abismos. Pensar el duelo en el caso de desapariciones forzadas, homicidios y feminicidios – en este caso, con el arte de Toledo como detonador- no puede imaginarse sino como un llamado a la acción. A cada quien su granito de arena. A cada quien la manera en la que en lo cotidiano, elija sumarse al “Ya basta”. Al “Ni una menos”. A la batalla contra la indiferencia, el silencio y el “olvido” que nutren la impunidad de un lado, y del otro, la impotencia y el más terrible desasosiego.

 

Y sin embargo, al recorrer la muestra no puedo evitar vivir –también- esas otras pérdidas. Los duelos íntimos por las “pérdidas inevitables”. Leader llama “un diálogo entre duelos”  a esa experiencia en la que una persona crea a partir de su dolor, y esa obra  es mirada y vivida por otra persona que es capaz de aprehender y descifrar los mensajes, porque la remiten a su experiencia e vida. Subjetividades que se entrecruzan. ¿En dónde comienza una pieza y termina la otra? Esa continuidad de la obra. ¿En dónde comienza una persona y termina la otra? Esa continuidad de lo humano. ¿Quién no sabe del dolor? La pérdida. Los ciclos de la vida que se cumplen. ¿Quién desconoce ese deseo de perderse con la persona a la que ha perdido?  Leader escribe: “Un diálogo de duelos puede tener muchos efectos. Puede permitir a una persona iniciar el proceso de duelo adecuado, y puede proveer el material necesario para representar su pérdida”. 

 

Imagen de Esteban Schmelz. 

 

La muestra de Toledo está llena de “contenedores”: las urnas, las cajas, las vasijas. Las urnas como parte de un ritual funerario: el tránsito entre este mundo tal y como lo conocemos y otros mundos de los cuales lo ignoramos todo. El Xoloitzcuintle inserto en una vasija cubierta de huesos nos recuerda las tradiciones mexicas: Xólotl, el dios de la vida y de la muerte.  Itzcuintle: perro. Los perros Xólotl acompañaban las almas  Hacia Mictlán, el inframundo.

 

Pero también esas urnas, esas vasijas,  pueden ser vividas como una metáfora: la posibilidad de un trabajo de duelo que “contenga” el dolor y lo transforme en la acción  organizada y las creatividades posibles. “México es salvaje”, dice Toledo, “Cruel, incontrolable”.  Y sin embargo, ese artista que es Toledo se lanza al reto de controlar lo “incontrolable” desde el lenguaje que es el suyo. Pieza por pieza. Con sus colores, sus minúsculos detalles. El arte expresa y contiene.  “Quema” y contiene. Y la contención permite organizar las acciones, proteger la memoria. Trabajar la esperanza.

 

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