La expansión masiva de la extracción de petróleo de esquisto en Estados Unidos marcó el comienzo de una abundancia mundial en los mercados del petróleo desde 2015. La administración de Donald Trump dio un paso más en este terreno y etiquetó su estrategia como el comienzo de la era dorada del "dominio de la energía" estadounidense.

Petróleo de esquisto en Estados Unidos

Esta industria se caracteriza no solo por un rápido crecimiento, sino también por su adaptabilidad a las fluctuaciones de precios a corto plazo y la flexibilidad de las pequeñas empresas independientes de la esfera política; características que han contribuido a que desde 2014 se haya constituido como un actor importante en el mercado, a la par de las empresas estatales de los países miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y las principales compañías de petróleo y gas a nivel internacional.

Debido a las tensiones que esta circunstancia ha provocado en el mercado petrolero, en noviembre de 2016 los miembros de la OPEP,  junto con México, Rusia, Kazajistán, Azerbaiyán, Baréin, Brunei, Malasia, Omán, Sudán y Sudán del Sur, decidieron reducir la producción a 1.8 millones de barriles de petróleo por día para lograr un aumento y la estabilización de precios, aunado al deseo de demostrar su capacidad de actuar. Esta limitación de la producción petrolera se mantiene desde el 1 de enero de 2017 y ha contribuido a un considerable encarecimiento del crudo por encima de los 50 dpb sin que se logre la deseada estabilización, con los consecuentes gasolinazos para nuestros bolsillos.

Política de dominio de energía

Ante esta situación del mercado energético mundial y con la certeza de tener cubierta la demanda de energía por el acceso seguro a las fuentes regionales de hidrocarburos y el rápido crecimiento de la producción de petróleo esquisto en Estados Unidos, resulta lógico que el pasado mes de junio, Donald Trump anunciara lo que para él constituye la nueva política energética de Estados Unidos, centrada no sólo en la independencia energética estadounidense sino en el dominio de la energía. Con esta finalidad, en principio, la administración Trump se concentrará en la reactivación y expansión de la energía nuclear, el financiamiento de plantas de carbón en el exterior, la construcción de un nuevo oleoducto de petróleo con México, el incremento de las exportaciones de gas natural y el nuevo programa de concesiones de petróleo y gas en el lecho marino.

La puesta en marcha de la política de dominio de energía de Trump implica una transformación del mercado petrolero global. Desde la crisis del petróleo de 1973, la OPEP ha sido el punto de referencia y de presión política para controlar la producción y los precios del petróleo. En contrapartida, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) se creó en 1974 como la representación institucionalizada de los países consumidores. En términos prácticos, Estados Unidos con su reserva estratégica de petróleo, su presencia militar en Medio Oriente y su actuación de garante, aseguraron que el sistema funcionara sin problemas durante décadas. Actualmente, el crecimiento en las economías emergentes entre ellas China, Brasil, India y Sudáfrica, y la revolución del petróleo de esquisto en Estados Unidos están erosionando estas instituciones de gobernanza global del mercado petrolero. La AIE y Estados Unidos ya no representan a los consumidores, ni la OPEP controla la mayor parte de la producción.

Rusia, único ganador

Por otra parte, Arabia Saudita, como el mayor productor de la OPEP, era el único actor capaz de influir en el mercado petrolero mundial. Sin embargo, en lugar de responder al aumento de la extracción de petróleo de esquisto estadounidense reduciendo su producción y estabilizando los precios, el gobierno saudí mantuvo alta su producción para socavar a su nuevo competidor con precios bajos y así afirmar su propio predominio en el mercado del petróleo. Políticamente, todos estos acontecimientos han dejado a Rusia como único ganador, pues con su compromiso de apoyar los recortes en la producción de petróleo, y su mediación entre los gobiernos iraní y saudí, el país ha ganado prestigio en el Medio Oriente.

Hasta el momento el acuerdo para reducir la producción de petróleo ha demostrado ser sólido por lo que es probable que, durante la Reunión Ministerial de la OPEP del 30 de noviembre de 2017, se amplíe más allá de su fecha de expiración actual en marzo de 2018. Sin embargo, las acciones unilaterales de Arabia Saudita y la necesidad de buscar socios fuera de la organización deben ser abordadas como parte de un proceso de transformación mundial y de la propia OPEP; aunada a la necesidad de reconocer que su propia influencia sobre el precio del petróleo podría estar llegando a su límite, y que sin un cambio de los propios sistemas económicos de algunos de sus integrantes, será complicado desarrollar una estrategia energética para el futuro tendiente a un modelo de producción bajo en carbono.

La gran paradoja de este momento es que los intereses petroleros de la administración Trump y los de la OPEP empiezan a coincidir.

@alifur1 | @OpinionLSR | @lasillarota



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