En el proceso interno del PRI por la candidatura a la presidencia de la República, la militancia se encuentra en una disyuntiva entre circunstancias y expectativas que rebasan el proceso electoral del 2018, e impactan en el futuro inmediato del partido, el gobierno y el país mismo.

La cúpula insiste en el restablecimiento de los antiguos rituales (la liturgia, dicen) que durante décadas sirvieron para reafirmar la hegemonía del partido, en un contexto sociopolítico en el que la competencia real brillaba por su ausencia.

Hoy, la competencia democrática es no solo real sino fuerte, encarnizada. Pensar en la aplicación de viejos procedimientos absolutistas en una militancia que acudirá a las elecciones más competidas de las últimas décadas es retroceder no solo en el tiempo sino en la concepción del PRI como organización política.

Pero entre los militantes hay esperanza. Se expresa a través del disenso y se manifiesta en la crítica. Aquí y allá en cada estado surgen corrientes de opinión formales o no, que integran movimientos para defender principios y valores revolucionarios que por mucho tiempo han cedido ante la institucionalidad.

Al dedazo de la cúpula, los militantes opusimos la demanda de procesos democráticos; a la pretensión de algunos de eternizarse en cargos plurinominales, los militantes logramos la reforma "antichapulines", y seguiremos defendiendo lo que creemos, que es la permanencia de los principios de justicia social e igualdad de oportunidades.

En cuanto a la liturgia de dedazos, cargadas y tapadismos, vale la pena recordar que la candidatura de Enrique Peña Nieto no surgió de ese ritual. Antes de la elección del ahora lejano 2012, hubo grupos que se conformaron en torno a al menos dos candidaturas.

Después de una competencia más de posturas y de conformación de respaldos entre gobernadores y grupos de poder dentro del partido, sin un dedazo ni un gran elector presente, el PRI ungió a quien ganó la elección federal y hoy es el Presidente de los mexicanos.

Parecíamos habernos liberado de las formas monárquico-partidistas. Pero cinco años y medio más tarde, el dinosaurio sigue ahí, junto al ritual y la parafernalia de antaño.

Y no es una circunstancia exclusiva del PRI: el absolutismo fáctico ha dividido al PAN y es la moneda de cambio del Frente Ciudadano, mientras que en Morena se hacen encuestas de un solo sujeto muestra para seleccionar candidaturas y los demás partidos están atentos a lo que hacen los "grandes".

En el PRI, aunque la cúpula no se quiera dar cuenta, la militancia es mayor de edad desde hace mucho tiempo, y cada día se cansa más de que solo unos cuantos tomen las decisiones trascendentes en la vida del partido. Sobre todo cuando esos cuantos eran hasta hace poco tiempo militantes o funcionarios de otros partidos y atacaron a gobiernos priistas o sencillamente les cerraron el paso con los instrumentos del poder.

Los militantes priistas necesitamos unidad. Pero la unidad solo puede darse en torno a cualidades comunes y la militancia es una de ellas. Hay que ganarse la simpatía de los de afuera, pero hay que partir del compromiso con los de adentro, los que hacen la campaña, los que van de casa en casa a promover proyecto e ideología.

Pero, ¿qué ideología se promoverá de casa en casa? ¿La visión tecnócrata que privilegia la macroeconomía aunque quite la comida de las mesas de las familias? ¿Los "diagnósticos" del país conocidos, modificados y ejecutados desde la comodidad de lujosas oficinas? ¿La campaña a vuelo de pájaro, desde helicópteros?

He recorrido el país para hablar con los priistas de base, y con los no priistas también. Aunque la cúpula no lo advierta, hay graves heridas en la sociedad ocasionadas por acciones alejadas del ideario de justicia social que debería defender el partido.

Así que la disyuntiva en el proceso interno del PRI será optar por un proyecto cercano a las políticas de derechas socialmente lesivas o devolver el partido a los militantes para acercarlo más al pueblo y a las causas sociales.

@IvonneOP | @PrensaIvonneOP | @OpinionLSR | @lasillarota



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