Opinión

Diputados: el turno de Morena

El momento actual luce contradictorio incluso para los observadores cercanos a la 4T. | Roberto Rock L.

  • 04/02/2021
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Pese no pocas vicisitudes, criticas y suspicacias, el bloque de partidos que se opondrá a Morena y sus aliados en los comicios de este año empieza a consolidar una ruta, con el énfasis claro de evitar que el partido del presidente López Obrador y sus satélites conquisten la mayoría de que gozan en la Cámara de Diputados, que les ha permitido holgadamente contar con los votos para modificar la Constitución.

En el sentido de descarrillar esta situación actúa el acuerdo anunciado ayer entre Acción Nacional (PAN) y el bloque que comandan el expresidente Felipe Calderón y su esposa, Margarita Zavala, que le dará a ésta última y a varios de sus cercanos una candidatura para conquistar curules en San Lázaro. En los hechos, se repara una fractura estallada en ese partido en noviembre de 2018 a causa de la operación que llevó a Ricardo Anaya a la postulación presidencial panista, lo que orilló a los Calderón a renunciar a su larga militancia blanquiazul.

Está a la vista la confección de candidaturas producto de la alianza entre PAN, PRI y PRD, que ha ido enhebrando postulaciones gracias a consensos complejos, bajo una fuerte presión tanto interna como externa, pero que se traduce ya en una llamativa plataforma común, en particular por lo que toca, otra vez, a la búsqueda de una diferente correlación de fuerzas en la próxima legislatura en San Lázaro.

Es ahora cuando las miradas se empiezan a concentrar en las decisiones que están por tomar Morena y sus partidos afines, los identificados y los que sumen, de manera formal o por la vía de pactos implícitos, como podría ocurrir con agrupaciones que apenas lograron su registro y que, por ley, no pueden aliarse con ninguna otra en esta su primera cita ante las urnas.

Justo en este mismo mes, pero de 2018, el entonces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador presentó a un sólido equipo de colaboradores como los responsables de coordinar su campaña en el país. Ellos también acompañaron a los abanderados para gubernaturas, y gravitaron sobre la evolución del resto de las postulaciones, muy en particular para configurar las dos cámaras del Congreso de la Unión.

Cabe recordar que aquel grupo que formalmente reportaba con Tatiana Clouthier, coordinadora general de la campaña, incluyó a Marcelo Ebrard, Julio Sherer Ibarra y Ricardo Monreal, entre otros. A su tarea se sumó en paralelo Gabriel García Hernández, operador desde entonces de las redes de Morena construidas en todo el país a lo largo de años, y que luego mezclaron su naturaleza con estructuras gubernamentales a cargo de los llamados “superdelegados” en los estados.

A todo este esquema (en realidad un verdadero trabuco de operación política) se sumaron al menos dos de los hijos del ahora presidente: José Ramón y Andrés Manuel López Beltrán, que habían confeccionado el entramado de Morena en entidades esenciales, como la capital del país y el estado de México.

Todo ello confluyó en una arquitectura electoral que calculó, distrito por distrito, dónde el apoyo recaería en Morena, dónde más en el Verde, el PT o el PES, artificialmente inflados para poder configurar una sola fuerza que dominara ambas cámaras sin infringir disposiciones legales diseñadas para evitar una sobre-representación de una sola expresión política que aplaste los equilibrios.

El escenario óptimo para esa estrategia fue que los cálculos más optimistas previstos por las encuestas para la votación en favor de López Obrador tuvieran una réplica en otros cargos bajo disputa, en particular los diputados federales. Vino entonces el llamado “tsunami” en las casillas el día de la elección, bajo el influjo del llamado del popular político tabasqueño. Lo demás ya es historia reciente.

El momento actual luce contradictorio incluso para los observadores cercanos a la 4T. El gobierno de AMLO parece colocado contra las cuerdas a causa de varias crisis sucesivas, frente a las que ha resultado desbordado y en ocasiones, francamente incompetente. Ello incluye el trágico impacto social que supone la muerte acumulada de 160,000 personas por covid, según cifras oficiales. Se trata de un manto de dolor y desesperanza para millones de personas que han perdido a un pariente cercano, súbitamente y sin haber podido al menos despedirlo de manera humana, digna.

La segunda crisis se enseñorea en el campo económico, que se puede expresar en un número negativo en la generación de la riqueza nacional -su PIB-, pero que debe traducirse en millones de empleos perdidos, empresas cerradas, frustradas las esperanzas de algún tipo de ayuda para preservar las fuentes de trabajo, las actividades productivas. En suma, el mayor derrumbe económico que haya sufrido el país desde los años 30.

Como en toda tarea de gobierno, el de López Obrador ha sufrido un proceso de desgaste, quizá más agudo por las graves circunstancias y por las altas expectativas despertadas y, desde luego, lejos de cumplirse.

Por sobre todo lo anterior hay que colocar, para efectos estrictamente electorales, una operación política de Morena plena de altibajos y claroscuros, si se consideran sus pugnas internas y un proceso de cambio de dirigentes ordenado por el tribunal electoral, que trajo muchas heridas abiertas.

El nuevo liderazgo de Morena, a cargo de Mario Delgado, ha debido navegar contra la corrinte en la designación de candidatos a gobernadores, y el horizonte puede oscurecerse más cuando le llegue el turno a las postulaciones para diputados, aun con el escenario de que muchos de los actuales legisladores reciban luz verde para buscar su reelección.

Debe decirse que la imagen personal del presidente López Obrador sigue colocada en un alto nivel de aceptación, que traducido en votos supondría un respaldo superior al obtenido para conquistar la Presidencia.

El mandatario tiene un nivel de apoyo abrumador -cercano al 70%, según encuestas serias- en amplias zonas del sur y sureste del país, lo que disminuye según se avance hacia el centro de la República, con manchones claros de resistencia en la Ciudad de México y algo en Puebla, sólo para volver a crecer en el Estado de México.

La cuenca opositora a AMLO es dominante en Querétro, Guanajuato y amplias franjas de Aguascalientes, Jalisco, San Luis Potosí y Nuevo León. Tanto en las entidades colocadas al noreste como al noroeste y en la frontera -con nuevos manchones en Chihuahua y Tamaulipas-, el Presidente es bien aceptado.

Pero el aval a López Obrador -en algunas regiones absoluto, casi ciego- se debilita enormemente cuando se habla de Morena, y más al poner sobre la mesa los nombres de algunos candidatos o precandidatos ya ubicables. Es como si el ecosistema político construido a la sombra del Presidente complotara en contra de éste.

Puede acabar demostrándose que sería una ingenuidad sacar conclusiones de todo ello cuando aun faltan cuatro meses para la celebración de elecciones. Mucha agua habrá de correr bajo el puente antes de que conozcamos lo que ocurrirá.

En este momento, sin embargo, hay espacio para prever que la disputa por San Lázaro será muy intensa, real. Y de frente a los pasos firmes logrados hasta ahora por los partidos opositores, es la hora de que Morena abra su juego. (rockroberto@gmail.com).

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