Opinión

Después de la oscuridad

Qué arduo exigir que se enjuiciaran esos crímenes aplicando el principio de jurisdicción universal. | Ricardo de la Peña

  • 23/03/2020
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No todos, pero sí la enorme mayoría, vivieron para contarlo. Cada uno dispone ahora no sólo de anécdotas sobre cómo pasó los días oscuros, sino que puede narrar quién fue y cómo convivió con alguna víctima de la tragedia. Sobre eso son ahora los cuentos de terror.

Los cambios por la pandemia

Cuando llegó ese nuevo amanecer, el proceso de envejecimiento de las sociedades se había revertido, al menos parcialmente, pues ya no era tan fácil que una persona contara con tantos ancestros ni que las familias reunieran tan variadas generaciones. Muchos recuerdos y experiencias se habían perdido y apenas podía decirse, equivocadamente, que fueron suplidos por el inventario de experiencias y aprendizajes acumulados para la sobrevivencia.

Cuando se volteaba a ver el arranque del drama, parecían ridículas las compras de pánico que paliaron las primeras semanas lo que luego fue acostumbrarse a abastos irregulares, menos variados, incompletos; cuando la pobreza comenzó a hacernos presa a muchos, a casi todos. Esas vertiginosas caídas de las bolsas fueron solamente la antesala de quiebras de pequeños comercios, del cierre de la actividad productiva en infinidad de localidades, de ese desempleo que desocupo a quienes ya tenían de por sí que estar encerrados en sus hogares. Y luego los cortes de servicios básicos, el creciente retiro de las instituciones de la vida cotidiana, el olvido de los calendarios educativos, la alteración de todos los ritmos y ciclos de vida, hasta que pudimos recomenzar.

Qué horror el recuerdo de la acumulación de esos números que de manera enfermiza mirábamos diariamente para conocer el avance de la fatalidad. Qué traumática la experiencia de ver apagarse la vida de los nuestros sin el auxilio de nadie, pues no había personal médico disponible. Qué difícil acostumbrarse a convivir con los cadáveres que no eran recogidos por la saturación de los servicios funerarios. Qué dramático resentir esa esperanza en la pronta disposición del remedio, que sabíamos que llegaría demasiado tarde para quienes amábamos o para nosotros mismos. Pero qué bello revivir la sonrisa de ese infante cuando al fin supo que estaba a salvo.

Las cuentas tras la pandemia

Qué complicado recuperar esa definición de los crímenes contra la humanidad para aquellos delitos que formaron parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil, cometidos para aplicar las políticas de un Estado. Qué abigarrada la discusión sobre si era procedente para lo ocurrido y si las diferencias en recursos aplicados y sobre todo en las tasas de letalidad controladas por variables demográficas era evidencia suficiente. Qué arduo exigir que se enjuiciaran esos crímenes aplicando el principio de jurisdicción universal, según el cual cualquier Estado puede enjuiciar y condenar penalmente a sus autores, independientemente de dónde se hayan cometidos los crímenes, debido a que la afectada fue la comunidad internacional, la humanidad como tal. Qué duro verlo así... pero no podía, no pudo, haber perdón ni olvido.