Opinión

Desarrollar sin invertir

Un nuevo crecimiento que implique desarrollo. | Jorge Faljo

  • 08/09/2019
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Dediqué mi entrega anterior a la relación entre crecimiento y desarrollo y me han hecho algunas preguntas que creo conveniente aclarar. Sostuve que México creció, poco y sin real desarrollo en las últimas cuatro décadas. En ese periodo la mayoría se empobreció, millones tuvieron que emigrar y hubo deterioro ambiental. La ausencia de fortalecimiento del mercado interno y la mayor inequidad se convirtieron en obstáculos a un crecimiento dinámico.

Lo más relevante en una coyuntura en que el país no crece es reflexionar sobre si es posible el desarrollo, entendido como mejoría del bienestar de la mayoría, sin que al mismo tiempo haya crecimiento.

Avanzar hacia la equidad y una mejora substancial del consumo de la mayoría sin mayor producción sería altamente conflictivo. Y tal vez ni siquiera posible, porque es evidente que tendría que acompañarse de un mayor volumen de satisfactores: alimentos, vestido, calzado, vivienda y servicios públicos.

Desde esta perspectiva no cualquier crecimiento es apropiado. La producción para el consumo popular no ha sido prioridad en las pasadas cuatro décadas; lo que se nos dijo es que para desarrollarnos la prioridad tendría que ser la exportación. No era cierto, el modelo no creó desarrollo y el crecimiento fue minúsculo; muy inferior al de la media internacional.

Cambiar el énfasis del mero crecimiento al desarrollo implica cambiar las prioridades de producción. Y no sólo el qué, sino el cómo.

Cambiar las prioridades del sector público es una decisión esencialmente política, la que tomó el pueblo de México en las pasadas elecciones; el resultado es que este régimen reorienta importantes recursos hacia las transferencias sociales, los apoyos al consumo de grupos vulnerables.

Sin embargo, el abandono del modelo nacionalista y la desatención al mercado interno, que duró décadas, nos coloca en una situación de debilidad productiva en la que el incremento del consumo popular podría tener que ser satisfecho con importaciones. No es una perspectiva; es un hecho que se acentúa desde hace muchos años. Dependemos de las importaciones en el consumo de alimentos, ropa y calzado (incluso de “paca”) y no se diga en electrodomésticos y electrónicos.

La entrada de remesas provenientes de trabajadores en el exterior ha sido una gran contribución al bienestar de millones de sus familiares. Pero no ha sido, en su mayor parte, un recurso de inversión sino un incentivador de la globalización del consumo popular. Es decir, de la mayor dependencia de la producción de transnacionales de México, China o los Estados Unidos.

Las transferencias sociales tal y como han sido planteadas por la actual administración corren el riesgo de apuntalar esa tendencia: la transnacionalización del consumo popular, demandar lo que las empresas globalizadas inducen a que se compre.

Elevar de manera substancial el consumo popular sin inserción productiva de las mayorías lleva a topar con tres obstáculos: uno sería una mayor demanda de importaciones y dólares en un momento en que conseguirlos se torna más difícil; el segundo es la capacidad financiera del gobierno para ampliar una estrategia redistributiva, y ya vemos que no es mucha; el tercero es la poca disposición e incluso la posibilidad de actuar del semiparalizado sector globalizado de la economía nacional para, por medio de impuestos, cargar con el peso del asistencialismo en gran escala.

No parece viable que la inversión privada se reoriente a la producción para el consumo popular. No lo ha hecho en décadas, no es su interés, no son sus capacidades y no hay la perspectiva de alta rentabilidad. El sector de grandes empresas, el altamente favorecido por la concentración de la riqueza y que tiene la sartén de la inversión por el mango, simplemente no lo hará.

Pero no estamos ante un callejón sin salida. Es posible acrecentar la producción para el consumo mayoritario sin inversión, mediante una estrategia de reactivación de capacidades. Van ejemplos.

Hace años en un pueblo de Oaxaca les pregunté a un grupo de señoras que les había parecido un curso de cría de cerdos y elaboración de productos cárnicos. Estaban contentas porque para tomar el curso recibieron una beca en efectivo. Todas declaraban tener entre dos y cinco cerdos en sus traspatios. Pero al preguntarles cuantos cerdos tenían a mediados de los años ochenta, dijeron que aquellos eran buenos tiempos y tenían entre 30 y 40 cada una.

Esta respuesta concuerda con las estadísticas oficiales que señalan que de 1982 a 1991 el hato ganadero nacional se redujo en 7.8 millones de cerdos, 3.5 millones de cabras, 2.7 millones de borregos, 13.9 millones de reses. Estas cifras son el resultado compuesto de la pérdida del hato campesino y del incremento de la producción de las grandes empresas. En 1992 se suspendieron estas estadísticas.

La pérdida fue incalculable en la avicultura. Una tía tenía hace unos cincuenta años 500 gallinas en su traspatio y producía una caja de 360 huevos al día. Decenas de miles de granjas pequeñas desaparecieron. Hoy en día no es rentable ninguna unidad de producción de menos de 100 mil gallinas y las que dominan el mercado se manejan en millones de aves.

La destrucción neoliberal se ensañó con las empresas orientadas al mercado interno. Entre 1995 y 2008 las mil 298 principales empresas textiles captadas por la Encuesta Industrial Mensual se redujeron a 611. Las 6 mil 797 principales empresas manufactureras se redujeron a 4 mil 352. Son números compuestos que reflejan la quiebra de miles y la creación de algunas nuevas empresas. También estas estadísticas se dejaron de generar en 2009.

Un caso que recientemente apareció en las noticias es el de la producción de amoniaco, un fertilizante. La producción nacional se redujo de 821 mil toneladas en 2010 a 450 mil en 2018; en ese periodo las importaciones crecieron de 289 a 547 miles de toneladas. Ahora AMLO plantea incrementar la producción interna mediante la reactivación de plantas que cerraron hace veinte años.

Estas y muchísimas empresas no cerraron por deterioro y dificultades técnicas, sino porque su mercado desapareció con el empobrecimiento de la población, porque lo que quedó del mercado interno se transnacionalizó, o porque el gobierno abandonó su función reguladora.

Hablando de rescates extremos, mi padre me contó que en la segunda guerra mundial vio cómo por falta de llantas para vehículos, se cortaban algunos árboles para rescatar y reusar las llantas viejas que se usaban como macetas en las calles. Me vino a la memoria esta medida de rescate.

El hecho es que es posible reactivar con casi nula o muy baja inversión decenas, incluso cientos de miles de micro, medianas y hasta grandes empresas si cambiamos la estrategia de respaldo a gigantes por otra de producción interna. Esto será indispensable como parte de un nuevo crecimiento que implique desarrollo.