Opinión

Desaparición de la autoridad

La modernidad nos ha llevado a desconfiar de la autoridad, de los partidos e, incluso, de la sociedad misma.

  • 29/01/2016
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Herman Heller parte de dos premisas en su Teoría del Estado: A toda sociedad (pluralidad) la encontramos normada y organizada, y toda organización, no sólo la política, genera poder. Anotémoslo para cuando comentemos la sociedad en masa.

 

Nuestro tema hoy es la autoridad o, mejor dicho, su desaparición del mundo moderno. El tema, aunque parezca de gran actualidad, es de viejo cuño. A principios del siglo pasado el desprestigio del sistema de partidos y la pérdida de autoridad de los gobiernos (¿le suena conocido?) sumieron a Europa, y con ella al orbe, en dos guerras mundiales que abrieron paso a la sociedad de masas y al totalitarismo.

 

Pero entremos a nuestro tema, la desaparición de la autoridad. Liberales y conservadores, sin distinguir matices, encuentran a toda autoridad contraria a la libertad del individuo. Importante es destacar el término individuo (indivisible), por sobre el de ciudadano, miembro activo de un conglomerado humano llamado ciudad (polis). No les importa la diferencia entre restringir la libertad y eliminarla por completo, entre el semáforo que ciñe el libre paso para ordenar y normar el tránsito en una urbe sobrepoblada y el Gulag.

 

El primero en meter el desorden fue Lord Acton (1887) con su “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, cuando el poder ni es bueno ni malo; “sólo adquiere sentido por la decisión de quien lo utiliza. Ni siquiera es, por sí mismo, constructivo o destructivo, tan sólo ofrece todas las posibilidades, al estar regido esencialmente por la libertad” (Romano Guardini 1960).

 

Pero entre Acton y Guardini ha prevalecido el primero y así para el neoliberalismo galopante, progreso es igual a pérdida continúa de poder, sin distinguir entre el poder de la autoridad legítima y necesaria y el más nefando del poder de los totalitarismos.

 

Olvidan la distinción romana entre auctoritas y potestas. En la primera, obedecer no implica perder de libertad; por la segunda no hay obediencia posible -de suyo un acto voluntario-, sino sometimiento por violencia e irresistible. Quien obedece a la autoridad tiene la opción de rebelarse, quien está sometido contra su voluntad al poder no.

 

No nos alcanza el espacio para hacer una defensa de la autoridad y una diferenciación entre la legítima y las ilegítimas, tan sólo apuntemos que la modernidad proclama a un individuo en ejercicio irrestricto de todas sus libertades, sin importar los costos y la viabilidad misma de su convivencia. Insisto en el tema de la diabetes y las drogas, el liberalismo acrítico proclama libertad absoluta del individuo para matarse con dulces o enervantes, sin hacerse cargo de los costos sociales, políticos y económicos en salud pública, cohesión social, seguridad y alienación resultantes.

 

La modernidad nos ha llevado a desconfiar de la autoridad, de los partidos e, incluso, de la sociedad misma que nos imponen restricciones para hacer posible nuestra convivencia. Se proclama al individuo en ejercicio de todas sus potencialidades y se recrimina todo aquello que las limite, sin importar los daños que esto causa en la cohesión social.

 

El problema, sin embargo, es que, al decir de Arendt, Dios creó al hombre; pero los hombres, la comunidad, la polis de Aristóteles, la civitas romana, el Estado-nación no es Opus divina, sino humana. Y nos guste o no, para ser tenemos que ser en grupo y, regresemos a Heller: Grupo organizado y normado que produce poder por el que unos mandan y otros obedecen. El problema no es el poder, como mal encaminaba Acton, sino su ejercicio y control que sólo deben ser de la propia comunidad a través de la ley.

 

Llego así a la sociedad de masas que nos caracteriza. Por cierto, lo apunto para ulterior desarrollo, no es fortuito la similitud entre “masa” y “raza”, término utilizado por el tristemente célebre Bronco. Prometo regresar sobre ello en otra entrega.

 

Bien, para Arendt, máxima estudiosa del totalitarismo, éste surge por el fenómeno de masas. Para ella el totalitarismo se funda en la soledad; soledad, apunta, entendida como ausencia de identidad en la relación con los demás: “Comprimidos los unos contra los otros, cada uno está absolutamente aislado de todos los demás”, porque la masa es mera agregación y número; no integración, diferenciación y organización.

 

Recordemos que la política es ese espacio que existe entre los hombres y que a un tiempo los ubica, une y distingue. Cuando ese espacio se pierde, no hay unidad, ubicación ni distinción posible, sólo masa amorfa y amasable.

 

El hombre masa es un hombre aislado y la masa es la ausencia total de relaciones sociales. Y si el verdadero poder es producto de la formación de una voluntad común y el neoliberalismo, en su expresión globalizada, lo primero que impide es la creación de esa voluntad común, el hombre masa está frente a un poder cuya naturaleza y corrupción ni el propio Acton pudo preveer. Un poder que no sólo suprime a los hombres de su ejercicio y control, sino y principalmente de su consideración y objetivos.

 

Así, en realidad, el liberalismo en su ataque a toda autoridad y poder, logró suprimir la autoridad, o al menos la efectividad de una autoridad estatal constituida en su máxima debilidad, pero no así el poder. La cosa es que hoy, como afirma Bauman, la política (la polis y su flaca autoridad) y el poder (potestas, que no auctoritas) viven en divorcio. El verdadero poder, globalizado, ha sido arrebatado de la sociedad por entes financieros, de flujo de información y manipulación mediática sin cara y ubicación; en tanto que la política es un cascarón desquebrajado en los mares procelosos de fenómenos globalizados gobernado con remos para charcas locales y tripulaciones masa en las que cada uno ve para su santo y elige su puerto de destino.

 

El problema de la autoridad no es su existencia cuanto su desaparición. Ahora sólo sirve como tiro al blanco de ejercicios entrópicos de una ciudadanía cibernética que confunde deliberación y participación políticas con intercambio rabioso de likes y tuits.

 

La misma suerte, y por otro lado bien ganada, corre nuestro sistema de partidos. El riesgo es el desmantelamiento de los lazos societales que nos hacen humanos, políticos y libres.

 

Al desaparecer la autoridad el poder voló de nuestras manos y control. Hoy yace en un espacio global inasible, sin cara, sin controles y sin responsabilidad. Nos hacen creer que somos iguales, libres, informados y ciudadanos en el mundo virtual de las redes sociales, pero nunca antes fuimos menos humanos, menos informados, menos libres, menos iguales y menos políticos.