Opinión

Democratizar la productividad

Cómo lograrlo en un país con desigualdad, iniquidad, impunidad y corrupción.

  • 01/06/2015
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Cada vez que vemos los resultados del crecimiento del PIB para la economía, la pregunta a debate sigue siendo la misma: ¿Por qué no crecemos de forma vigorosa y sostenida? Aunque las reformas emprendidas desde la década de los 80 de corte liberal, han estado transformando la estructura económica que prevalecía y han impulsado una democratización social y política, parece que no han sido suficientes.

 

Hoy México no es tan vulnerable a los choques externos  como lo era antes, lo podemos apreciar al ver que la volatilidad del peso frente al dólar es muy manejable en comparación con la de otras economías, como la rusa. Aún a pesar de la caída tan fuerte en los precios del petróleo, no ha afectado nuestra balanza de pagos, puesto que las finanzas públicas son manejadas responsablemente y tenemos una alta diversificación de nuestras exportaciones, que no depende del petróleo ni de las materias primas. Ello es consecuencia de que nuestro comercio exterior sea de los más abiertos al mundo con socios estratégicos como los Estados Unidos, la economía más sólida del planeta, entre otras cosas. En términos de desarrollo político contamos Instituciones electorales ciudadanas y una comisión de derechos humanos autónoma, entre otras instituciones no menos relevantes para la democracia.

 

Adicionalmente, la agenda de reformas pendientes fue abordada con gran acierto por esta administración, con el apoyo de todas las fuerzas políticas que, desde la transición permitió impulsar una ola de transformaciones profundas en energía, telecomunicaciones, fiscal, laboral y otras no menos relevantes, que han eliminado múltiples rigideces en nuestra economía, que mantenían privilegios para diversos grupos de interés. Ello debería redundar en mejores condiciones para la competencia, menores costos de producción y precios más bajos para los consumidores, eventualmente.

 

Sin embargo, aún a pesar de todo ello, la economía mexicana sigue siendo una gran decepción, no sólo para los especialistas, sino para la gran mayoría de la población, con niveles de productividad bajísimos. En mi opinión, los síntomas de esta decepción psicosocial y este continuo fracaso, se pueden rastrear al observar los diferentes tipos de desigualdad que nos aquejan, la gran iniquidad que permitimos, la terrible injusticia e impunidad que toleramos y la no menos agraviante corrupción con la que convivimos todos los días.

 

La desigualdad nos ilustra dos diferentes países en un mismo México. En lo económico vemos a más de la mitad de la población en condiciones de pobreza y a una pequeña minoría que acumula una alta proporción de la riqueza nacional. Observamos las regiones industrializadas del norte y del centro, productivas, pujantes. Mientras que el sur sureste a partir de Puebla, deprimidas, sin industria, con niveles de producción de subsistencia. La única industria atrayente de riqueza, la del petróleo, paradójicamente ha desincentivado la pujanza en esas zonas en otro tipo de actividades productivas como el campo, que hoy están en el abandono.

 

No menos agraviante es la desigualdad institucional, por la incapacidad del gobierno de escuchar y atender las necesidades más apremiantes de la población. Me refiero a que de los 2,445 municipios del país, sólo poco más del 10% cuentan con la capacidad de ejercer gobierno en toda la amplitud de la palabra. Todos, sin excepción, dependen de las transferencias de recursos federales, puesto que ninguno es financieramente autosuficiente y, por ende, su autonomía es cuestionable.

 

Por ello, 90% de los municipios es incapaz de garantizar el desarrollo armónico de sus comunidades. Casi la cuarta parte de la población sigue viviendo en comunidades de menos de 2,500 habitantes, dedicadas esencialmente a la agricultura, en buena medida de auto subsistencia. Estas condiciones de dispersión geográfica, pulverización poblacional y carencia de instituciones de gobierno efectivas, siguen dificultando el acceso equitativo a educación, salud y seguridad para millones de mexicanos. La incapacidad de los gobiernos de poner un piso parejo a los emprendedores impide alcanzar la productividad deseada.

 

Otro ámbito que ilustra la desigualdad es el tamaño de la informalidad. Según el INEGI, esta actividad contribuye con la cuarta parte de la riqueza del país (medida por el PIB) y emplea a cerca el 57% de la población ocupada. Esto quiere decir que, más de la mitad de los empleos que existen en México, son de muy baja productividad, son precarios con muy bajos salarios, no cuentan con seguridad social y son de alta movilidad. En múltiples casos se acercan a niveles de explotación inaceptables, como el de los jornaleros agrícolas de Baja California o las costureras de la industria textil. Pero también ocurre en ámbitos muy próximos, como nuestros propios hogares con el servicio doméstico, que carece de condiciones mínimas de seguridad laboral o salarios dignos.

 

La iniquidad es un síntoma derivado de décadas de corporativismo y autoritarismo, que permitieron la existencia de monopolios públicos, privados y sociales, todos han generado enormes distorsiones. Sindicatos, empresas privadas y públicas han sido beneficiarios de prebendas de las que carece la mayoría de la población. Claramente estas estructuras desincentivan la productividad. Por fortuna esto ha venido cambiando, aunque a un ritmo muy lento.

 

La injusticia la vivimos todos los días por la ineficiencia de las instituciones de procuración e impartición, así como la falta de acceso de la población a mecanismos efectivos de consulta, asesoría y defensa. Como consecuencia la denuncia es inefectiva y el resultado es la impunidad. Grandes esfuerzos e inversiones se requieren para generalizar en el país y adoptar los juicios orales, que prometen hacer más expeditos los procesos judiciales; sin embargo, aún no es una realidad.

 

Como broche de oro tenemos a la cultura de la corrupción, el deporte nacional por excelencia. Si bien se hace más evidente en las autoridades, de todos los niveles, de todos los gobiernos, de todos los partidos políticos, para beneficiarse en algún sentido de su cargo, también encuentra terreno fértil en el agente privado que se beneficia también. Hoy, más que un problema, la corrupción se manifiesta como un terrible riesgo para el crecimiento y el desarrollo de nuestra economía.

 

Sin instituciones fuertes, la democratización de la productividad está destinada a ser, sólo un buen discurso, y el crecimiento y desempeño de nuestra economía, seguirá siendo una gran decepción.

 

@APagesT