Opinión

Demetrio Vallejo, el indoblegable

Escribir sobre Vallejo le tomó muchos años de investigación | Manuel Fuentes

  • 09/05/2018
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A Demetrio Vallejo le decían sus compañeros ferrocarrileros el “chaparrito de oro”, siempre vestía sencillo con su inseparable chamarra beige, pero con una grandeza de carácter y entereza que logró entre 1958 y 1959 que miles de trabajadores lo siguieran, en esas huelgas que estremecieron al país.

Demetrio Vallejo

Su integridad y convicción de pelear mejores condiciones para los trabajadores ferrocarrileros lo llevó a la cárcel por 11 años, 4 meses y 1 día en la infausta cárcel de Lecumberri, allí conoció a dirigentes sociales y estudiantiles con los que estrechó profundas relaciones, como la profesada con el ingeniero Heberto Castillo Martínez.

De Vallejo surgió la idea de fundar un partido de los trabajadores y saliendo de la cárcel, con sus amigos los ferrocarrileros, líderes estudiantiles y magisteriales fundaron el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT).

Fue una experiencia imborrable, porque fue construyendo el partido político en los barrios populares, en los mercados, en los sindicatos, en los ejidos, por medio de las “Asambleas Populares”. Un instrumento para el cambio desde abajo y no para encumbrar a políticos.

Partido Mexicano de los Trabajadores

Rosalío Hernández Beltrán quien participó desde los inicios en la creación de esa experiencia partidaria, el PMT, y que combinaba el quehacer sindical con su habilidad de novelista, tenía en mente escribir sobre Demetrio Vallejo, aunque ya lo había hecho antes con los patos y otras batallas” (que contó cómo se logró el triunfo del movimiento de refrescos Pascual y que ahora es una Cooperativa de vanguardia) no era suficiente para él.

Cuando se reunía con sus amigos el tema principal de sus conversaciones era contar detalles de la vida de Vallejo. Ya había hecho novelas históricas de Lombardo Toledano, de Fidel Velásquez y de Valentín Campa, pero escribir sobre Vallejo le tomó muchos años de investigación.  Me llegó a mostrar las actas de las asambleas del comité ejecutivo nacional del PMT, que las obtuvo no sé cómo (verdaderas reliquias históricas), revistas, recortes periodísticos, entrevistas con los conocidos de Vallejo.

Escribir, no es fácil hacerlo, no ser aburrido, banal, superficial. Es necesario ser intenso, apasionado, profundo para que el lector quede atrapado junto con el constructor de sueños.

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Rosalío empezó a escribir sobre Vallejo y en esa obra desbordó todo su ser. La novela de 356 páginas apenas se empieza a leer es imposible soltarla, son veinte capítulos que nos envuelven en la vida de un personaje que trascendió la lucha sindical y política de nuestro país. Le llamo a su novela: “Demetrio Vallejo, indoblegable y seductor”.

Indoblegable y seductor

En una parte del libro rescata la esencia que guiaba a Vallejo primero líder ferrocarrilero y luego dirigente social y político:

“Nuestra principal tarea es trabajar por organizar y unir al pueblo más que a los dirigentes…”.

Vallejo fue de esos personajes que nunca se rindió, ni en la cárcel; allí enfrentó a la autoridad con huelgas de hambre y protestas constantes, él estaba consiente que era un preso político. Fue apandado varias veces y castigado sin cesar. Cuando fue detenido el 28 de marzo de 1959, lo tuvieron confinado (aislado de todos, como el peor criminal) acusado del delito de disolución social, sustentado en esos ya derogados artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal de esos años de vergüenza:

Se aplicará prisión de dos a seis años al extranjero o nacional mexicano que, en forma hablada o escrita, o por cualquier otro medio, realice propaganda política entre extranjeros o entre nacionales mexicanos, difundiendo ideas, programas o normas de acción de cualquier gobierno extranjero que perturben el orden público o afecten la soberanía del Estado mexicano. Se perturba el orden público cuando los actos determinados en el párrafo anterior tiendan a producir rebelión, sedición, asonada o motín. Se afecta la soberanía nacional cuando dichos actos ponen en peligro la integridad territorial de la República, obstaculicen el funcionamiento de sus instituciones legítimas o propaguen el desacato de parte de los nacionales mexicanos a sus deberes cívicos. (…)

Ahora ese delito no existe en nuestros días, pero se aplica de otra manera, a los dirigentes se les desaparece, se les mata o se les acusa de delitos falsos para que se pudran en las cárceles.

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Rosalío Hernández Beltrán nos lleva en su libro a los momentos más dramáticos en la cárcel misma donde Vallejo resistía, cuando el director de la penitenciaria lo enfrentaba con todo:

¡Amárrenlo! ¡Amárrenlo!... ordenaba violentamente a sus subordinados mientras él se resistía a tomar sus alimentos: finalmente lo inmovilizaron gracias a la debilidad de 11 días de huelga de hambre y a los efectos de los golpes de los celadores, que minutos antes y ante la negativa de suspender la huelga lo privaron del conocimiento, trasladándolo a la enfermería en donde por la fuerza lo alimentaron a través de una sonda nasogástrica.

La novela de Rosalío retrata a Demetrio Vallejo de cuerpo entero, eso sí, de estatura baja, probablemente un poco más de 1.60 metros de estatura, de rasgos zapotecos, ojos negros, moreno:

“…se agigantaba en la medida que explicaba, argumentaba y en su caso, agitaba el alma de sus escuchas…”.

De ese talante, de los que levantaban almas, de esos ferrocarrileros de antes, con sus pantalones de mezclilla y de tirantes con su gorra azul, que sufrieron regímenes tiranos y que salieron como Vallejo de la cárcel, con la frente en alto, para organizar a los más humildes, a los campesinos, a los indígenas, a los clase medieros, a los obreros (como los de Pascual), a los intelectuales, de esos líderes, con esa experiencia, ya no hay.

Diría el escritor Rosalío Hernández Beltrán, de esas venas que nos deja Vallejo, en las que se entrecruzan las almas, ahora hay millares de millares de seres que quieren cambiar este país

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