Opinión

Del populismo al totalitarismo

El populismo y sus propuestas a problemas complejos no los solucionan; al contrario, los agravan en medio del uso y abuso faccioso del poder

  • 10/08/2017
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La ola populista que ha predominado en América Latina, en particular la llamada “marea rosa” formada por gobiernos durante los primeros años del siglo XXI, ha sido exaltada por sus promotores como la respuesta a la desigualdad y a la crisis económica y política que afecta a los países de la región; también ha sido calificada por sus detractores, politólogos, economistas y analistas sociales como una puerta de salida falsa al verdadero desarrollo de las naciones. 

Para quienes no compartimos la vía populista al desarrollo viene bien, en primer lugar, un mea culpa, es decir, una sana autocrítica que nos permita reconocer que el populismo surge como respuesta a problemas reales y urgentes, como supuesta solución a las reiteradas crisis de gobiernos y sistemas políticos agotados por la falta de una cultura democrática consolidada y de un sistema de partidos e instituciones fuertes; como reacción al malestar social derivado de desviaciones y abusos en el ejercicio público, en especial la corrupción, la impunidad, la inseguridad, la pobreza y la desigualdad social frente a la injusta distribución del ingreso y la falta de oportunidades en el acceso a bienes públicos necesarios para el desarrollo de las personas.

Lo cierto es que la evidencia demuestra que el populismo y sus propuestas – fáciles y atractivas – a problemas complejos no los solucionan; al contrario, los agravan en medio del uso y abuso faccioso del poder que actúa sin responsabilidad ante la falta de contrapesos institucionales, toda vez que una de sus características es la exaltación de la figura de un solo hombre, quien como caudillo, mesías o prócer, encarna la salvación del pueblo.

Aún más, el populismo, en no pocas ocasiones evoluciona al autoritarismo y al totalitarismo, en particular, cuando las ideologías de izquierda o de derecha prejuzgan sobre la realidad y engendran al infaltable enemigo interno o externo – otra de sus características – para explicar y justificar todos los males de la nación. Ante el peligro, se exalta el culto al caudillo, se justifica el desprecio por las instituciones y se ponen en marcha acciones de intervencionismo direccionado y de proteccionismo relativo hacia entidades económicas, políticas y  sociales a conveniencia del régimen. Lo mismo ocurre en la búsqueda de aliados nacionales o internacionales, lo que deriva en una integración selectiva con el mundo como como lo hicieron Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Brasil y Argentina durante los últimos años de gobiernos populistas de izquierda, algunos de ellos bajo la bandera del socialismo del siglo XXI. Al final del día, el populismo divide y confronta al pueblo y a los pueblos.

Para mantenerse en el poder o para alimentar la utopía, cualquier medida es aceptable y todo se justifica por la revolución, del signo que sea; de ahí que el desprecio por las instituciones y por la ley haga ordinarias las medidas autoritarias, aún a un alto costo humano y social por el desabasto y la falta de servicios básicos sin importar la devastación económica que estos esquemas generen en los países donde se imponen. Si no es suficiente, nada impide el desmantelamiento total del sistema democrático, la ruptura del orden constitucional y la negación de las libertades individuales y sociales.  

Lo que hoy vemos en Venezuela es autoritarismo y totalitarismo puro, la dictadura de una camarilla y un caudillo para imponer la llamada revolución bolivariana al precio que sea, incluso por las balas, como Maduro mismo lo declaró. A la distancia parecen lejanos los días del populismo de Hugo Chávez, preocupado por consolidar una relación de clientelas con los recursos excedentes del petróleo, interesado en sostener la revolución ganando la fidelidad de los beneficiarios de los programas sociales y respondiendo con vigor nacionalista a las distintas coyunturas, por supuesto, con el paroxismo propio de la devoción a Bolívar.  

Hoy Maduro ha cruzado todas las líneas y ha instalado un régimen totalitario. Lo ha hecho  apoyado por poderosas facciones del ejército que se han beneficiado de actividades ilícitas derivadas del crimen organizado. Lo ha hecho desmontando todas las instituciones fundamentales de la democracia, incluyendo la fiscalía general, los ayuntamientos y la Asamblea Nacional, hoy en resistencia y en una lucha interminable por hacer prevalecer la democracia y las libertades.

Las horas difíciles que vive el pueblo venezolano son el fruto amargo del populismo, el autoritarismo y el totalitarismo. Lo que hoy masacra a Venezuela es la suma de un régimen populista, anidado y consolidado a lo largo de los últimos diecisiete años ante la complacencia de los distintos sectores sociales y políticos que un día menospreciaron o se sintieron inmunes ante la tóxica receta populista.

El pueblo venezolano y las instituciones democráticas están en pie de lucha, han resistido heroicamente y hoy cuentan con la solidaridad internacional. Son decenas los países y los organismos internacionales que han repudiado la dictadura y han llamado al orden democrático a Maduro. Lo cierto es que hasta ahora los esfuerzos han sido inútiles, en tanto, las muertes se siguen acumulando y la sustitución de los órganos del estado están amenazados con la instalación de un régimen totalitario de larga duración. De no prosperar los intentos que hoy realizan los cancilleres de la región, El Vaticano, el Parlamento Europeo, la Organización de Estados Americanos y el Mercosur, entre otros actores, la suerte quedará echada para Venezuela para vergüenza del mundo libre y democrático. 

@MarcoAdame 



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