Opinión

De vida cotidiana y redes sociales

Vale la pena reflexionar sobre qué hacemos público y a quién. | Eduardo Celaya Díaz*

  • 05/05/2019
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Hace un par de décadas se hablaba de que nuestra era se llamaba de la información y el conocimiento, pero no se tenía mucha idea de lo que esto significaba o representaba realmente. La irrupción de internet en nuestra vida cotidiana se dio de forma paulatina, apenas un par de hogares contaban con computadoras con conexión a internet, y, aun así, era poco el uso que se le daba. Páginas como Yahoo!, Hotmail o AltaVista eran las más visitadas, y se seguían utilizando los recursos sin conexión, como lo eran la Enciclopedia Encarta o los programas básicos.

Sin embargo, hace un par de años, una gran explosión sacudió nuestras vidas dentro y fuera de la red, también de forma paulatina, pero arrasadora. Un buen día surgió una plataforma llamada Facebook, y poco a poco todos nuestros conocidos eran parte de ella: primero un par, luego unos pocos más, después era raro conocer a alguien que no tuviera cuenta. Nuevas plataformas como Twitter, LinkedIn, Google+ aparecieron, algunas con más éxito que otras, y todos nos afiliábamos con tranquilidad, ingenuidad dirían muchos, sin saber lo que vendría un par de años más tarde.

Es cierto que estas no fueron las primeras plataformas; antes que ellas surgieron MySpace, Hi5, ICQ, MSN Messenger, entre otras, pero su impacto no fue tan fuerte como las ya mencionadas, probablemente porque les faltó el enfoque mercantilista que tienen, o por otros factores que han ayudado a que su éxito sea cada vez mayor. Lo que no podemos negar es que hoy en día es difícil tener una existencia real sin tenerla en el mundo virtual. Cosa curiosa, que ni un George Orwell o un Aldous Huxley pudieron imaginar, pero es cierto, hoy en día es necesario tener dos vidas, y las dos hay que construirlas con cuidado.

Las redes sociales pasaron de ser reuniones en cafeterías o alrededor de un reproductor de música a ser plataformas virtuales donde encontrábamos a nuestros amigos, compartíamos aplicaciones y nos mandábamos toques. La aparición de los smartphones ayudó también a la popularización de estas nuevas plataformas, pues ya no era necesario llegar a casa después de trabajar o estudiar para conectarse, ya no había que ponerse de acuerdo con los amigos para verse a tal o cual hora a chatear; ahora estamos todo el día conectados. Y no hay por qué negarlo, esto nos ofrece incontables ventajas, como planear nuestras rutas de transporte, ubicar a alguna persona, encontrar ese producto o servicio que necesitamos fácilmente, pero también conlleva grandes peligros de los que probablemente no estamos muy conscientes, por parecernos banalidades sin cuidado.

Las redes sociales se han convertido en el bastión de la mercadotecnia, pues ya no es necesario que se hagan estudios de mercado para conocernos como consumidores, pues somos nosotros mismos quienes alimentamos las bases de datos de los investigadores con nuestros gustos, preferencias, lugares que visitamos, tiempo que pasamos ahí, frecuencia, con quién estamos, qué compramos, cómo lo usamos, qué comemos, qué vestimos, qué pensamos. También tiene sus ventajas, claro, como la publicidad hiper-personalizada, que nos ayuda a encontrar más fácilmente eso que estamos buscando y que tal vez (sic.) no sabíamos que necesitábamos. Pero no sé ustedes, a mí me parece una verdadera invasión del espacio personal, ya que, en algún lugar, hay alguien que sabe absolutamente todo de mí, incluso mejor que yo, como consumidor, quiero decir, y eso me parece aterrador.

Las redes sociales también son un espacio donde dejamos de ser solo consumidores, y nos volvemos usuarios y productores. Es curioso que plataformas como Facebook o Twitter produzcan casi ningún contenido, y sin embargo sea eso lo que proporcionan. Pero al ser partícipes de un debate en Facebook o de un hilo en Twitter, o al dar compartir o retuitear esta o aquella publicación, estamos haciendo mucho más que solo dar clic. Estamos creando también nuestra imagen pública. No son pocas las empresas que revisan nuestros perfiles públicos al momento de revisar la candidatura de las personas para un puesto, y no es para menos. En nuestras redes se conoce nuestra postura política, religiosa, social, psicológica y como consumidores. En nuestros muros dejamos ver mucho más de lo que nos gustaría, muchas veces, sobre nuestra persona, y por ello es de sumo cuidado saber qué estamos poniendo en línea, ya que nada, pero absolutamente nada es borrado. Jamás.

Entonces, vivimos hoy en día en un mundo hiperconectado, en el que podemos saber absolutamente todo sobre el conocimiento del mundo, pero como es costumbre, nos quedamos con lo que da dinero. Las redes sociales se han vuelto la plataforma ideal para hacer estudios de mercado, para agruparnos según nuestras preferencias, pero también, para inclinar elecciones “democráticas” (¿recuerdan Cambridge Analytics?), y quién sabe qué tantas cosas más, todo gracias a un desarrollo tecnológico que otras plataformas no tenían: los algoritmos. Las redes que mencioné antes dependían de que nosotros buscáramos afinidades y nos conectáramos; hoy en día, basta con abrir Spotify o Netflix para que la plataforma te recomiende tu siguiente canción o serie favorita, basta abrir el celular para que Facebook te sugiera a tu nuevo mejor amigo, basta abrir Twitter para que el algoritmo te diga qué pensar sobre el tema del día de hoy.

Por estas razones les mencionada más arriba que es aterrador el panorama que estamos viviendo, porque no solo se está logrando un mayor control sobre nosotros como simples consumidores, sino también como ciudadanos y, lo peor, es que somos nosotros mismos quienes alimentamos ese aparato basado en algoritmos. ¿Cerrar nuestras redes sociales? Se antoja difícil, como también ya lo dije, es difícil no tener dos vidas, la real y la virtual, pero si vale la pena reflexionar sobre qué hacemos público y a quién, porque, a fin de cuentas, quien busque esa información sobre nosotros podrá encontrarla, ya que está al alcance de la mano de cualquiera. A fin de cuentas, el internet es una especie de red de comunicación libre y abierta.

Eduardo Celaya Díaz

Licenciado y pasante de la maestría en Comunicación, pasante de la licenciatura en Historia, actor, director teatral y dramaturgo. Coordinador de redes del Instituto Mora. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos históricos.

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