Opinión

De que llega, llega

El verdadero gran riesgo que nos plantea el coronavirus se asocia al comportamiento social de nuestra población. | Jorge Faljo

  • 09/02/2020
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De acuerdo al subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, y al director general de epidemiología de la Secretaría de Salud, doctor José Luis Alomía Zegarra, la llegada del coronavirus a México es inevitable. Sólo que como en el son de la negra, no sabemos cuándo.

Fue en un mercado de alimentos exóticos, donde se vendían armadillos, murciélagos, perros, ratas, víboras y similares, donde el virus tuvo una mutación y adquirió la nueva capacidad que le permitió infectar a algunos clientes. Así que los primeros se contagiaron por los animales del mercado; pero inmediatamente ellos mismos empezaron a transmitir el patógeno a otros seres humanos.

La infección ocurre por las microgotas de saliva que todos expulsamos al estornudar, toser, hablar y comer. Estas llegan a las mucosas de la boca, nariz u ojos de otra persona y la contagian. No entra a través de la piel, pero sí se transmite al saludar de mano, y posiblemente sobreviva unas horas en algunas superficies. Para prevenirlo, además de evitar la cercanía con posibles contagiados, hay que lavarse muy bien y con frecuencia las manos y nunca, nunca, tocarse la cara después de saludar o tocar superficies sospechosas.

Las personas que sospechan de haberse infectado deben usar tapabocas para no contagiar a otros. Aunque lo mejor es aislarse completamente. El tapabocas común y corriente no sirve para evitar la entrada de microgotas en el aire porque obliga a aspirar más fuerte y el aire entra por los lados. Y un tapabocas de nivel sanitario es caro y no lo encontrará en ningún lado. Sin embargo, el tapabocas es útil como recordatorio de que no hay que tocarse la cara.

Algo que dificulta mucho detener la expansión de la enfermedad es que es transmitida por gente que todavía no tiene síntomas; que no se han dado cuenta de que están enfermos; o que sus síntomas son moderados y piensan que se trata de una gripa cualquiera. Son estas personas las que prefieren cumplir con sus deberes en el trabajo o la escuela y continúan una vida normal sin darse cuenta de que son portadores y contagian a otros.

Por ello, para contener la expansión del coronavirus, se tomaron medidas muy drásticas, del tipo que sólo puede imponer un régimen autoritario a una población disciplinada. Más de cincuenta millones de chinos están encerrados en sus casas en la provincia de Hubei y su capital Wuhan. Miles de drones vigilan las calles y siguen e incluso les dan instrucciones a los que salen a la calle. Sólo se permite que una persona de cada familia salga cada cinco días para abastecerse de agua y alimentos.

El aislamiento en Hubei es masivo y universal; en otros lados es selectivo para enfermos confirmados y potenciales. Es la manera en que se intenta detener esta enfermedad.

China ha sorprendido al mundo construyendo dos hospitales modernos, de mil y mil 600 camas en un par de semanas. Aún así no son suficientes. Se calcula que la tasa de mortalidad es algo menor al 2 por ciento de los enfermos comprobados. Pero es de 3.1 en Hubei donde se concentran los enfermos y los servicios de salud son muy insuficientes; pero la tasa de mortalidad es de sólo 0.16 por ciento en el resto de China donde hay muy pocos enfermos y reciben mucha mejor atención.

En todo caso la cifra de enfermos severos es alta, de alrededor de 15 por ciento y la población de alto riesgo son los mayores de 65 años, con diabetes, obesidad, presión alta, asma, problemas broncopulmonares y/o renales.

Aquí en México nos encontramos en una transición en el sistema de salud que en algunos aspectos parece caótica. Hay que esperar que en el caso del coronavirus ya se hayan diseñado los protocolos de atención y se tengan disponibles los recursos financieros y hospitalarios para reaccionar y tratar con rapidez a los primeros casos.

El coronavirus no es peor que la influenza que sufrimos en el 2009 o la que ocurre cada invierno. Pero hay dos diferencias relevantes: el coronavirus se transmite con mayor facilidad, de manera exponencial, y todavía no se cuenta con una vacuna para prevenirlo. Así que, aunque sea menos letal, si infecta a más gente puede provocar muchas muertes; tal vez no más que el dengue u otras enfermedades cuya información ya no es novedosa.

Pero hay otros flancos donde el coronavirus está pegando. A raíz de esto China ha visto reducido su consumo de diésel, gas avión, gasolinas y petróleo en general y eso ha provocado una caída de cerca de un 20 por ciento en el precio de venta de la mezcla mexicana de petróleo. Y eso nos pega en las finanzas, que son el punto flaco de Pemex y este gobierno.

Además, Wuhan y toda Hubei son un importante enclave industrial que ha dejado de producir numerosos componentes industriales, por ejemplo, autopartes. Esto ha llevado al cierre de casi todos los fabricantes de automóviles dentro de China, a otros en Corea del Norte y pone en riesgo, si continúa o empeora la situación, de que en dos o tres semanas se agoten piezas necesarias en distintos sectores industriales.

No es claro si hay o se prevé un impacto de este tipo en México. No sería difícil dado que nuestra industria es básicamente de ensamble, con muchos componentes orientales.

Pero el verdadero gran riesgo que nos plantea el coronavirus se asocia al comportamiento social de nuestra población, que en mucho dependerá de la información disponible.

Otros países nos dan indicios al respecto. En China escasean medicamentos y antibióticos a los que falsamente se les atribuyen propiedades curativas. En la costa oriental de Canadá y Estados Unidos se han agotado los tapabocas porque los compra gente que no los necesita. Caso curioso, en Hong Kong hay desabasto de papel higiénico. Un comportamiento social atípico porque piensan que se puede acabar algo necesario puede generar desabastos absurdos que a su vez crearían mayor inquietud.

Es vital diseñar una estrategia de información transparente, confiable y veraz en la que colaboren las instituciones de salud y los grandes medios; no hay peores propagadoras de mitos que la incertidumbre y la desconfianza.

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