Opinión

¿De qué está hecho el azar?

“Todo lo que existe en el mundo es fruto del azar y la necesidad”: Demócrito. “Hay una grieta en cada cosa, y es por ella que la luz se filtra”: Leonard Cohen.

  • 30/09/2014
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Un señor ya mayor se pasea por París. Es viudo, es estadounidense, su esposa y él –ex profesor de filosofía en la universidad de Princeton- decidieron años antes vivir su jubilación en Francia.  Su esposa muere y Matthew se queda allí, en el mismo departamento, en la misma ciudad. Camina las calles solitario, y en su imaginación, la mano de su esposa muerta toma su mano. Así como fue antes, así como fue “siempre”.

 

El mismo parque, la misma baguette, los mismos rincones. Todo es igual y ya nada existe. La vida sigue en cada esquina como un tranvía que continúa su camino, pero Mr. Morgan se bajó de él. No sabe recomenzar; ni quiere, ni puede. Aún la belleza de la ciudad (París es todo un personaje en la película) pierde sentido. Como si la belleza misma fuera una traición, ante las dimensiones de su pérdida.  Ella se fue, y casi todo él se fue con ella. Entonces, le habla. La imagina en su cama, del otro lado de la mesa. Se extravía en las esquinas, en la entrada de su departamento, rebota solitario contra las paredes. Elige morirse. No puede. No la primera vez. Tampoco la segunda.

 

“El último amor del señor Morgan” (“Mr. Morgan’s last love”),  es la más reciente película de la directora alemana Sandra Nettelbeck, a partir de la novela “La dulzura asesina” (“La douceur assassine”) de la escritora  francesa Françoise Dorner. Está ya en la Cineteca Nacional y en cines comerciales. No conocía a esta directora y ahora quisiera conocer todo lo que ha hecho: “Bella Martha”, “Sergeant Pepper”, “Helen”. Con “Martha”, Nettelbeck ganó el Premio a la mejor película en El festival Internacional de Cine Femenino de Créteil, y una nominación al Goya para la Mejor película europea. Michael Caine y sus ojotes maravillosos,  interpretan a Mr. Morgan. Clémence Poésy, interpreta a Pauline.

 

Y los personajes se encuentran. Ambos saben y aceptan que están solos. Ambos saben y aceptan que no están ni a la espera, ni a la búsqueda de “cualquier encuentro”. Esos “cualquier encuentro” se les escurren de las manos, los dejan escurrirse. No es ni siquiera que se sienten a reflexionarlo, es que así viven.  Ellos se estaban esperando el uno a la otra. El señor Morgan se sube a un autobús, abstraído, a como ahora suele sucederle, y de pronto su mirada se posa en la nuca de una joven que lee. Sus cabellos. 

 

No lo sabe, pero la joven también unos segundos antes lo vio entrar. “Cuando te vi sentí que ya te conocía”, le dice ella después. ¿Qué es lo que nos hace sentirnos atraídos por una persona cuando la atracción se da? En las distintas formas del amor, que incluyen, por supuesto, la amistad. ¿Qué es eso –rotundo e intenso- que nos llama como una corriente invisible de inconsciente a inconsciente? ¿Por qué una sabe o cree saber que allí puede confiar, que en esa otra persona está tanto de lo que anda buscando?

 

De los encantos de las ternuras improbables, y sin embargo, el señor Morgan se tropieza en el autobús, se da un pequeño altercado, la joven lo defiende y baja con él. Le dice que quiere acompañarlo hasta la puerta de su casa. Matthew murmura una broma: “Ahora ya soy material de salvamento para las girl scouts”. Está llena de humor la película. Y entonces, Pauline y Matthew intuyen, adivinan todo lo que pueden tener en común un señor ya muy mayor, estadounidense, viudo, rodeado de libros y ex profesor de filosofía, que no habla ni una sola palabra de francés (a pesar de vivir en París) y una mujer francesa, muy joven, que ama la errancia por la ciudad, las bancas de los parques, que ama el inglés porque es la lengua de su padre muerto, y que es profesora de country y de chachachá.

 

 

 

 

Y allí están la una junto al otro, comiendo hot dogs en un parque. El señor Morgan se enamora. Se rasura la barba y asiste a las clases de baile de Pauline. La diferencia de edad de casi cincuenta años es manejada con mucha delicadeza en la película. Él sabe de su edad, y sabe de la imposibilidad. Y de nuevo: y sin embargo. Si una/o tuviera la pretensión de hacer una “lista” de las “razones” por las que ama/ha amado a alguien, seguro que cada vez se quedaría corto, muy corto. Para bien y para mal (cuando llega a ser para mal) una parte esencial de eso que llamamos “amar” florece en los territorios de lo indecible.

 

De la más completa sinrazón. Todos lo hemos vivido: “Me gusta esa persona”. Podríamos estar en medio de cantidad de personas y nuestra mirada se fija en una. Justo en esa. ¿Por qué él y no otro? Pauline quiere estar cerca del señor Morgan. ¿Una imagen paterna? Sin duda. Pero también, ella quiere protegerlo a él. Ofrecerle felicidad, traerlo de regreso a la vida que imagina juntos.

 

El señor Morgan se “enamora” de Pauline, o algo muy semejante. Quizá parte de lo bello de la película es que rompe con muchos estereotipos, para ir hacia un más allá donde el amor es lo que es: inclasificable, y en donde cantidad de combinaciones son posibles. Pauline sueña con una familia, y siente que la encuentra en él.  Oh, no, en ningún momento Matthew cae en esa casi caricatura con la que suele representarse al “señor verde”, (disculpen la expresión, es muy fea, pero es clara). Demasiado consciente, demasiado refinado en sus emociones, como para desbarrancarse.  Siente celos, sí, cuando mira a Pauline irse con un muchacho de su edad, y entonces llega a su casa y dice frente al retrato de su esposa: “Soy sólo un viejo loco, querida. Un viejo loco”.

 

Sería lógico y hasta trillado escribir que Pauline es una promesa de vida para el señor Morgan, pero sucede que él es también una promesa de vida para ella. No, no es el hombre mayor que se aferra a la mujer joven, ni la joven que está allí para “salvarlo”. Se salvan el uno a la otra con tantísima dulzura, inteligencia y generosidad. Sucede que ella se siente amada de una manera que le era desconocida y que construyen ambos –en sus conversaciones y sus paseos- una complicidad a prueba de balas. El señor Morgan intenta suicidarse una segunda vez. Aparecen su hija y su hijo que viven en Estados Unidos. Pauline se siente traicionada: primero por el abandono posible (la muerte), después porque él nunca le mencionó a sus hijos. “Yo pensé que yo no tenía a nadie en el mundo, y que tú no tenías a nadie en el mundo”.  “He sido un pésimo padre”, dice el señor Morgan. Pero allí también, Pauline y la vida… le ofrecen una segunda oportunidad. Tan entrañables diciéndose el uno a la otra, la otra al uno: “Ven a vivir, ven, anda, atrévete que yo te quiero y te cuido”.

           

 

 

 

 

La llegada de los hijos –y sus discursos y emociones revueltas por la pérdida de la madre y la distancia con el padre- revive todos los fantasmas que suelen asociarse a una relación marcada por una diferencia importante de edad: las supuestas oscuras intenciones que se atribuyen a cualquiera de los dos que sea más joven. ¿Acaso podría pensarse de otra manera cuando no entendemos la belleza y la lealtad que pueden existir en los pactos más improbables?  El hijo entra a la habitación del hospital y mira a Pauline inclinada sobre el cuerpo del señor Morgan que la abraza. Logra no desmayarse.

 

A la salida de Pauline se encuentra con la hija que llega y ella le pregunta a su hermano: “¿Y esa quién era? “Tu futura madrastra”, responde él. Y mientras las desconfianzas y las dudas, y un cierto acoso a Pauline y al señor Morgan tienen lugar, ellos se escapan juntos a Saint-Malo. El señor Morgan no quiere subir a la barca la cual Pauline lo invita: “No puedo permitir que una mujer reme por mí”. Pauline le recuerda que ya es el siglo XXI. Y que los dos “reman” para y por el otro, de muchas maneras.

 

Es en esa barca en donde surgen las palabras de la canción “Anthem” de Leonard Cohen.  “Hay una grieta en cada cosa, y es por ella que la luz se filtra”. Anexo acá debajo la canción con subtítulos. Es lindísima. Desde el psicoanálisis podríamos imaginar la noción de “la grieta”, como aquello que no está, lo que no tenemos, lo que nos falta. Podríamos decir que a todos nos falta y nos faltará, simplemente porque la incompletud corresponde –por definición- a la condición humana. 

 

Pero esa grieta de la carencia, es al mismo tiempo la grieta que construye el deseo. Una desea, porque le falta. Me refiero acá a “deseo” en su sentido más amplio de motor de vida. Una ama, porque no está completa, busca, sueña, trabaja, porque no está completa. Y lo sabe. Y así lo acepta. Y aceptar nuestras grietas pareciera el principio de todo amor, y de todo intento de comprensión, intimidad, felicidad.

           

 

 

 

En la casa en Saint-Malo, el señor Morgan cocina. Entonces lo dice: “Tú eres en mi vida esa grieta por la cual entra la luz”. Y le habla de su sonrisa, de su ternura, de cómo “no hay nada de maldad en ninguna parte de ti, y esos modelos, casi no se construyen”. Por suerte, como me tocaron unos vecinos muy ruidosos en la primera hilera de butacas en la que estuve, me moví a un rinconcito donde estaba sola. Por suerte,  porque desde la escena de la barca ya lagrimeaba, y a la hora de “la grieta y la luz”, ya lloraba con sollozos incluidos. La carita de fascinación de Pauline cuando lo escuchaba. Como si esas palabras fueran un inmenso ramo de flores que la abrían a la vida. Sanarse, eso anhelaba Pauline: sanarse y amar.

 

No le cuento el final. Sólo que el señor Morgan sí logra –la tercera vez – su muerte elegida. Una se enfurece, pero entiende. Sólo que Pauline ya sabe –para entonces- qué tan capaz es de amar y qué tan amable es a su vez. Sólo les cuento que ella regresa a extrañarlo a esa banca del parque: “Esta será nuestra banca”, y que París es hermosísimo en cada rincón y en cada toma.

 

Tanto, tanto que hasta duele mirarlo. Sólo les cuento que hace mucho no veía una película tan dulce, tan sensible, tan bondadosa. ¿Cursi? Quizá. Como un himno suave que llama a la ternura y a la confianza. Se encontraron, porque sin saberlo se andaban buscando. Porque eso que llamamos “azar” está tejido de esperanza y de necesidad.

 

Anthem/Homenaje.

Leonard Cohen.

La introducción de Cohen no está traducida al castellano, pero toda la canción sí, es cosa de esperar unos segundos.

Ojalá y la disfruten.

 

Ver Leonard Cohen - Anthem

@Marteresapriego