Opinión

De la reconciliación a la confrontación

No se puede sino estar de acuerdo cuando señala que las campañas terminaron y es momento de trabajar en unidad. | Agustín Castilla

  • 28/03/2019
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A partir de su triunfo electoral en el pasado mes de julio, Andrés Manuel López Obrador se ha referido a la necesidad de llevar a cabo un proceso de reconciliación nacional como condición para sacar adelante al país, y lo ha reiterado en múltiples ocasiones insistiendo en que el odio o la venganza no son su fuerte así como su respeto a quienes piensan distinto. Desde luego nadie podría estar en contra de este planteamiento del presidente e incluso es algo que todos deberíamos reconocer y sumarnos con la mayor convicción. No se puede sino estar de acuerdo cuando señala que las campañas terminaron y es momento de trabajar en unidad.

Sin embargo, su llamado a la reconciliación no parece compatible con la recurrente confrontación con quienes considera sus adversarios. Prácticamente no pasa un día sin que en sus conferencias de prensa mañaneras o en algún evento descalifique a quienes disienten, formulan algún cuestionamiento o manifiestan su inconformidad con cualquiera de sus decisiones o posturas. Lo mismo descalifica en forma genérica y constante a neoliberales, conservadores y fifís, que de manera particular a burócratas, empresarios, organizaciones sociales, organismos autónomos, a la prensa, la oposición, intelectuales, académicos, o a las universidades privadas en una larga lista que se sigue nutriendo al paso del tiempo.

Apenas hace un par de días, el presidente arremetió una vez más contra los miembros de la prensa fifí -que no es otra que toda aquella que emite alguna crítica o evidencia los desatinos de su gobierno- llamándolos fantoches, conservadores, hipócritas, doble cara en una franca muestra de intolerancia por el simple hecho de que un reportero le pidió que dejara de utilizar ese término. Quizá tenga algo de razón al manifestar que está en su derecho de expresarse libremente y emitir sus opiniones, pero esa actitud beligerante dista de colocarlo como un estadista, sobre todo cuando sus expresiones rayan incluso en la ofensa y denota que tiene la piel demasiado sensible ante cualquier cosa que le incomode -que por lo visto son muchas-.

Otro ejemplo reciente es la reacción ante el abucheo que recibió durante la inauguración del nuevo estadio del equipo de béisbol de los “Diablos Rojos del México” justificando que se trató de la porra fifí, siendo que todo apunta a que la manifestación de molestia ante la presencia del presidente -que es muy común en los eventos deportivos- no provino de un grupo organizado y por el contrario fue espontánea y en diversos puntos del estadio, y cerró con la advertencia de que seguirá controlando y ponchando a los de la mafia del poder en lo que se percibe como un ánimo revanchista por lo que probablemente sintió como un agravio.

Al parecer el presidente no se da cuenta de que, si bien conserva altísimos niveles de popularidad y quizá por ello no estima necesario promover espacios de encuentro con algunos sectores o grupos que le son incómodos, las muestras de inconformidad que cada vez se presentan con mayor frecuencia, en buena medida pueden ser el resultado del ambiente de polarización que ha ido generando en estos meses, y que no es la mejor receta para enfrentar con éxito los múltiples y delicados problemas que aquejan al país.

Revocación y elecciones

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