Opinión

De la huelga de GM y el aparato de control sindical

A la reforma laboral se le trata como a una carreta, a la que se le quiere empujar, pero le faltan las ruedas de atrás. Son tiempos de enmendar. | Manuel Fuentes

  • 09/10/2019
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Mientras que 49 mil trabajadores de la empresa General Motors se la están jugando en una huelga de enormes proporciones para evitar una mayor pérdida de empleos y salarios en su país; en México los dirigentes de los descamisados sindicalistas que ensamblan y fabrican autopartes de esa compañía, les dicen a éstos que ¡se atemperen! con el reclamo de aumento de salarios, porque aquí se paga con pesos de a veinte centavos y no en dólares de los verdes.

La huelga de los motoristas norteamericanos ya alcanzó complejos de Ramos Arizpe, Coahuila y de Silao, Guanajuato, y los obreros del overol azteca andan más que preocupados, porque ya tuvieron que parar labores, no en apoyo a la huelga de sus compañeros obreros de Detroit, sino porque el abastecimiento de autopartes que les llega del norte se ha dejado de producir.

Aquí en México las empresas de autopartes empiezan a parar en medio de la reforma laboral que se presiona, ya debía empezar, y que busca mejorar los salarios, esos que habitan en el sótano de la trasnacional. Por ahí de manera tímida apareció en la Gaceta Parlamentaria del 3 de octubre de 2019 en la Cámara de Diputados una propuesta de Ley orgánica de eso que llaman Centro Federal de Conciliación y Registro Laboral y que no será otra cosa que un aparato de control sindical y de conciliaciones de garrote, pero también una oportunidad de tener una autoridad que vigile se cumpla con la democracia en las organizaciones sindicales.

Mientras que los mexicanos terminaban de dar el Grito en el Zócalo, el 16 de septiembre, los obreros del gigante de Detroit decidieron de una vez por todas, llevar a cabo una huelga y abandonar sus puestos de trabajo para evitar se siguiera resquebrajando su empresa General Motors (GM) que se escurre hacia los países del sur, donde pagan salarios de miseria y los líderes sindicales de acá que gozan de prestigio controlador, por medio de violencia y despidos sin tregua.

Fueron 33 plantas de manufacturas y 22 almacenes de GM en Estados Unidos en una huelga nacional que desde 2007 no se tenía noticia, todo por fracasar las negociaciones para un nuevo contrato colectivo con vigencia por cuatro años que concluyó a inicios de septiembre pasado. Un modelo de negociación que cada cuatro años empieza de cero.

En México, mientras tanto, el grupo parlamentario del PES (que nadie conoce) se convirtió en hacedor de una propuesta que permitirá a la Cámara de Diputados crear la Institución más esperada de la reforma laboral, no porque los obreros hagan marchas y mítines porque ya aparezca, sino porque su poder es enorme para lograr que los sindicatos respeten las decisiones de sus asociados mediante el voto libre, personal, directo y secreto.

Muchos se preguntan cómo lo harán si en la víspera, el gobierno federal retiró presupuesto a la Secretaría de Trabajo para despedir a 500 empleados e inspectores de trabajo y, los que quedan, otra cantidad similar, dispuestos para atender violaciones en materia de seguridad e higiene. Ahora los quieren acomodar a vigilar más de 700 mil contratos colectivos, algo así como mil 400 expedientes por inspector para que atiendan cada uno de ellos, 5.8 empresas diarias para vigilar ¡recuentos!, reto inviable ¿Y la prevención de riesgos de trabajo para los que fueron contratados? Bien gracias.

Los trabajadores quieren que GM limite la contratación de obreros temporales, de poca paga, y que cancele definitivamente sus planes de cerrar en el año 2020 cinco empresas, dos en Michigan, una en Ohio, otra en Maryland y una más en Canadá. Cierres que, de llevarse a cabo, traerían una reducción de 14,500 trabajadores en el país del norte.

Mientras este conflicto de GM nos alcanza, en México se vive una dualidad: se proyecta desde arriba el incremento de percepciones a través de una política de aumento en los salarios mínimos en porcentajes mayores a los que comúnmente se hacían, pero a la vez se permite mantener una política de bajos salarios contractuales y tenerlos en el piso, para que las inversiones no se vayan a otro lugar. Se quiere una reforma laboral con bajo presupuesto a pesar de su gran calado, ¿quién puede explicar estas contradicciones?

A la reforma laboral se le trata como a una carreta, a la que se le quiere empujar, pero le faltan las ruedas de atrás. Son tiempos de enmendar.