Opinión

De amores y desamores

Pero el amor llama al miedo. ¿Por qué viene con él?

  • 06/01/2015
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Clarisse es una persona imaginaria. En un café –abierto por milagro- se encuentra con un hombre el 1 de enero. No éste primer día del año, el anterior. Lo mira y le parece que hay algo en él de fuerte, de dulce y de poético. Es un hombre que lee, y Clarisse tiene una particular propensión a encantarse ante estas escenas. Lee un libro que habla de las pinturas que los nazis llamaron: “arte degenerado”. Pintores como  Marc Chagall, Otto Dix, Wassili Kandinsky, Gustave Courbet.  Los nazis los exhibieron -en su momento- para darle al pueblo alemán una lección: ellos, sus obras,  representaban la “degradación” de los “verdaderos valores” a los que era obligado  aspirar en el resurgimiento de la patria, tan meticulosamente planeada y decretada.

 

¿Cómo comienza una historia de amor? ¿En qué segundo? ¿Acaso comienza cuando las miradas se cruzan? ¿Qué supone cada uno que intuye del otro cuando las miradas se cruzan? ¿Qué supone que “sabe” del otro en cuestión de segundos? A ese fenómeno extravagante y repetido a lo largo de la vida, nos ha dado por llamarle: “química”. Me estremezco ante esa palabra, tan reduccionista.

 

¿Qué es “la química”? Podría referirse a una atracción física, pero un encuentro verdadero nunca se limita a un asunto de físicos. Es profundamente otra cosa. El encuentro parecería el resultado de eso que una observa con la mirada, y de todo lo que una intuye. Un asunto de inconscientes que se corresponden de maneras más o menos inexplicables. Si una intentara expresar por qué eligió a un hombre y no a otro, comenzaría por intentar una lista: “Me gusta su pasión por la lectura, me gusta su inteligencia, su sentido del humor”.

 

No importa cuán extensa sea la lista de atributos, ni cuán detallada: “Me conmueve cómo ladea la cabeza cuando se queda callado, reflexivo y como ajeno”. No importa si incluimos los detalles más nimios; la lista es y siempre será –de manera inevitable- incompleta.

 

Porque lo más intenso de los comienzos de un vínculo, lo más intenso de aquello que sostiene un vínculo a través del tiempo, son las mareas subterráneas. Las desconocidas. La que convierten a ese ser –para una- en el más singular y único de entre todos los seres humanos singulares y únicos.

 

Clarisse lo sabe, ese asunto de los vínculos inconscientes que se crean. Casi como un llamado inevitable. Lo sabe esa tarde en ese café abierto como por milagro en día feriado. No hay nadie más. Está abierto para recibirlos, para que se miren de vez en vez, interesados y prudentes. Ella hace como que lee, pero todas lo hemos vivido: las letras bailan. Imposible concentrarse.  Una posa en el loco afán de parecer natural.

 

Cada tanto, ella le da una vuelta a la página para sostener la apariencia: lectora atrapada hasta las orejas en la biografía de Violeta Leduc. Qué bueno que es ya su segunda lectura, si el hombre de la mesa de enfrente se acerca y le pregunta de qué se trata, está en una relativa condición de explicarle. No se lo preguntó. Se acercó y le dijo: “¿Es usted supersticiosa?”. “Sí”. “¿Querría compartir un café conmigo el primer día del año?”. ¿Ustedes se acuerdan? Es una de las tantas recomendaciones alrededor de las ceremonias del fin de año: si una comienza escribiendo, escribe todo el año. Si una comienza riendo, ríe todo el año. Si una comienza furiosa, se enfurruña a repetición durante doce meses.

 

Si una se toma un café con un desconocido encantador, tomará litros de café por semana con ese mismo encantador, cada vez menos desconocido, si los vientos de las ternuras soplan –claro-  en la buena dirección.

 

Hay un encuentro, pues: las primeras miradas, las primeras palabras, la descubierta de las pasiones compartidas. La fascinante descubierta del otro. 

 

Hay un encuentro y una pensaría que la vida se abre hacia una experiencia enriquecedora, luminosa.

 

Supondríamos que comienzan los tiempos de la mutua entrega: honesta y generosa. El corazón, y la inteligencia y la piel se abren al deseo.

 

Es un hecho que cuando este fenómeno se desata, cantidad de sustancias químicas se agitan en el cuerpo.

 

No son, creo, el principio de una atracción, son su consecuencia.

 

Oh, esa mano que tiembla al contacto de otra mano.

 

Ese navegar en las horas y horas de conversación.

 

Las carcajadas y las caricias y los desvelos.

 

El amor, cuando se da, es una fiesta.

 

 

Modigliani 

 

Pero el amor llama al miedo. ¿Por qué viene con él?

 

¿Por qué?

 

¿Por qué la pasión llega encadenada a su invisible grillete?

 

Quizá porque todas/os sabemos de la pérdida.

 

Lo sabemos prontísimo.

 

A la salida misma del vientre materno.

 

Así de precoz es ese aprendizaje de eso que está y un día deja de estar.

 

Lo sabemos tan de inmediato como un primer biberón.

 

Me remonto al origen de los tiempos.

 

Sí.

 

No me parece un exceso.

 

Todo cambia. Y una gana con lo que cambia y una pierde con lo que cambia.

 

Se instala el miedo.

 

El miedo está sentadito en un pequeño sofá adentro nuestro.

 

Lo imagino con garras y patitas peludas.

 

El miedo a sufrir, el miedo al abandono, el miedo a la traición.

 

El miedo a la infinita soledad que provoca perder a una persona amada.

 

El miedo llama a la desconfianza.

 

Cuando sabemos ser humildes, agradecidos, cuando somos valientes y afortunados: enfrentamos el tan humano miedo al amor.

 

Pero no siempre somos afortunados y valientes.

 

No somos cada vez conscientes de que el miedo que está allí, es parte del inmenso riesgo de amar, y tenemos que lidiar con él.

 

Ofrecerle al otro, a una, a la vida misma… un voto de confianza.

 

Somos tan ambivalentes.

 

El miedo hace escuchar y mirar distinto.

 

Comienza el malentendido.

 

El de: “Quisiera amarte, pero me aterra el naufragio posible”.

 

Oh, no. Casi nadie lo dice.

 

Va sucediendo.

 

Hay una desgarradura pequeñita que se instala: Poner en duda la palabra de la otra persona, por ejemplo.

 

No me refiero a cuando existen razones para hacerlo, sino cuando una o el otro se las inventa.

 

“¿Qué quiere de mí? ¿Por qué está conmigo? ¿Y si me entrego con todo y me deja?”.

Hay unos animalitos invisibles que devoran la ropa en los armarios.

 

Sucede en silencio y en secreto, el ataque de los animalitos que les cuento.

 

Devoran los tejidos.

 

De pronto una extiende un vestido sobre la cama y descubre un agujero en la tela.

 

La desconfianza.

 

El tejido amoroso construido con cuidado se horada.

 

Comienzan a aparecer hoyos por todas partes que una tapa huidiza y rotunda.

 

Nadie nombre el fondo de las cosas.

 

 

O se nombran de la más torpe manera.

 

Donde hubo palabras se va levantando una muralla.

 

Ambas partes se repliegan hacia sus castillos protectores.

 

Y cuando se dicen palabras, son tan injustas y tan desafortunadas.

 

“Los animalitos nos están devorando”, debería una decir.

Y quizá hasta lo dice.

 

Pero, ¿qué pasa si del otro lado nadie escucha?

 

Porque quizá ya alrededor del castillo se levantaron –conscientes o no- fosas hondísimas y llenas de lagartos.

 

Cada vez da más temor, más tristeza, atravesar el puente para ir a buscar al otro.

 

Cada vez más, el uno y el otro se repliegan hacia su distante zona de confort.

 

Son cobardes, sí. Muy cobardes.

 

Se están perdiendo y no lo saben.

 

¿O sí?

 

Se están perdiendo y no hallan la energía para detener el naufragio.

 

“Mientes”, dijo él.

 

Sí, ese hombre dulce y poético del café el primero de enero del 2014.

 

El que leía el libro de los “artistas degenerados”.

 

Ese hombre dijo: “No creo en tu palabra”.

 

Lo dijo en muchos tonos, cada vez más feos.

 

Pero una lo primero que tiene por honrar, es su palabra.

 

Entonces ella se sintió colocada en el banquillo de los acusados.

 

Quizá es eso lo que no se perdona: haber permitido que la colocara allí.

 

Como en un juicio: la acusada, los testigos de la acusación.

 

El juez.

 

Y la culpable hasta que se demuestre lo contrario, intentando probar su “inocencia”… en lágrimas.

 

Qué escenas tan absurdas.

 

Y comenzaron a volar metafóricos platos y palabras canallas.

 

Y sí.

 

Qué canallas pueden ser las palabras.

 

Cuando el miedo a la pérdida se convierte en pánico, cada una/o, sin saberlo, precipita la pérdida.

 

Como si ambos se confabularan para llamarla.

 

“Anda pérdida, ven. Ven de la peor manera, con tu peor vestido, con tus cabellos desgreñados”. “Ven ingrata y vengativa, ven en la incomprensión, ven para negar todo lo que sí fue. Ven en esa manera en la que puedas probarnos que ésta es la mejor solución, que no valía la pena”.

 

“La prueba: ni siquiera estamos a la altura de separarnos con empatía”.

 

Las indispensables empatías compartidas de un adiós.

 

El primero de enero del 2015 Clarisse tomó su biografía de Violeta Leduc y caminó hacia el mismo café, como para conversar con ella misma.

 

Le hubiera gustado que él estuviera allí, que fuera un encuentro “casual”, que el ciclo se cerrara bonito, se cerrara con flores, se cerrara con un murmullo de cariño.

 

El café estaba cerrado.

 

Valga la metáfora.

 

Mensajes de la vida, que le dicen.

 

El miedo devora los tejidos de las relaciones como los animalitos devoran las telas en los armarios.

 

Así sucede y lo permitimos.

 

Y el pánico al naufragio provoca al naufragio.

 

Y regresó Clarisse a su casa corriendito.

 

Si el primer día del año te encuentra escribiendo, vas a escribir todos los días de todos los meses.

 

“Eso”, pensó Clarisse.

 

Y tomó su corazón lleno de agujeritos, y escribió la historia que aquí les cuento.

 

Una historia que es la suya, y que quizá coincida por allí con otras historias parecidas, en el inmenso mar de los encuentros cibernéticos.

 

Escribe esta historia para ofrecerse a sí misma lo que necesita: un final empático.

 

Bonito. Con flores y murmullos de cariño.

 

@Marteresapriego