Opinión

Davos 2020, compromiso ambiental

Davos no es un mero espacio de autocomplacencia, sino de confrontación con los problemas reales del planeta. | Jorge Faljo

  • 26/01/2020
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Cada año, en la tercera semana de enero, la crema y nata de las élites del planeta se reúnen en Davos, un apacible pueblito turístico orientado a deportes de invierno. Un lugar ideal para el gran evento anual de los ricos y poderosos sin las molestias que podría causar la presencia de los menos afortunados. Está aislado, con un único camino de acceso, con temperaturas bajo cero a la intemperie y con todas las posibilidades de alojamiento reservadas. Y sobre todo que no es posible participar en sus actividades por menos de un millón y medio de pesos el boleto sencillo hasta los 9 millones que cuesta el acceso a los eventos, cenas, cocteles y entrevistas más selectos.

Este año el Foro Económico Mundial recibirá a unos 3 mil participantes de los que unos 50 son jefes de estado y otros 1700 son dirigentes de los más grandes consorcios del planeta. En pocos días se llevarán a cabo más de 350 talleres, sesiones, encuentros y presentaciones sobre los temas de mayor relevancia planetaria.

Cierto que las élites gustan de encontrarse y codearse entre ellos mismos, sobre todo planear acuerdos, alianzas y negocios, disfrutando de excelentes platillos y bebidas. A ese costo no podrían esperar menos.

Davos no es, sin embargo, un mero espacio de autocomplacencia, sino de confrontación con los problemas reales del planeta. Y para ello, más allá de la presencia de los más ricos y poderosos, se invita a los más destacados representantes del pensamiento crítico e intelectual. Sobre todo, a aquellos cuyo mensaje ha logrado impactar en la cultura, los medios y los movimientos sociales. Son estos últimos, los que no pertenecen a las élites del dinero y el poder político, los que confrontan con mayor dureza la situación y el rumbo del planeta.

No todo es pan con miel; hay mensajes que duelen. El año pasado destacó la crítica a los ricachones que quieren disfrazarse de filántropos, de benefactores de la humanidad cuando en realidad sus actividades especulativas, la evasión de impuestos y la explotación de sus trabajadores son las mayores generadoras de pobreza.

Este año el Reporte de Riesgos Globales preparado con antelación apunta que los mayores riesgos de los próximos diez años son los climas extremos y el fracaso al hacerles frente, los desastres naturales y los causados por el hombre, y la pérdida de biodiversidad. Todos tienen que ver con el cambio climático.

En los centenares de eventos del encuentro se abordaron docenas de asuntos importantes. Por ejemplo, las crecientes confrontaciones económicas entre naciones, la expansión del descontento social y la polarización política dentro de los países, la profundización de la inequidad en el mundo, el impacto laboral y social de los avances tecnológicos y muchos más.

No obstante, desde el principio hasta el mensaje final del foro el tema de mayor resonancia fue el del deterioro ambiental. Fue en este terreno que resaltó la mayor discrepancia del foro. Por un lado, el Presidente norteamericano Donald J. Trump que empleó su mensaje para presumir sus supuestos logros, decir que tiene toda la información pertinente al juicio político que se le sigue y sus adversarios nada. Lo que nos recuerda que el pez por su boca muere. Finalmente, lo más relevante que dijo es seguir negando la existencia del cambio climático, preocupación que atribuyó a grupos de izquierda y a los profetas del apocalipsis. Él se ubicó a sí mismo como optimista; es decir, despreocupado de lo que fue el mensaje central del foro.

Por otra parte, su gran rival, sin que ocurriera un encuentro directo entre los dos, resultó ser una jovencita de 17 años, Greta Thunberg. Ella fue nombrada personaje del año por la revista Time. Una distinción muy codiciada, entre otros por el mismo Trump. Esta todavía casi niña se ha convertido en la voz e imagen de la preocupación de muchos, sobre todo los jóvenes, por el mundo caótico que los mayores les van a heredar. A menos que se tomen acciones inmediatas y drásticas para limitar las emisiones de carbono y modificar todo el modelo de producción y consumo actual.

Greta tiene una gran capacidad para mandar un mensaje sencillo e impactante: “ustedes, los ricos y poderosos, no han hecho nada”. Dijo que estaba bien preservar y/o plantar un billón de árboles, un ofrecimiento de Trump para los próximos 30 años, pero que eso no bastaba. El llamado de Greta es a eliminar de inmediato todos los subsidios al uso de combustibles fósiles (carbón, petróleo) y a desinvertir en las empresas con esas actividades. No se trata, dice, de tener una economía con baja emisión de carbono, sino de eliminarlas si queremos limitar el calentamiento global a menos de 1.5 grados centígrados. Ustedes deben entrar en pánico si es que aman a sus hijos por encima de todo lo demás.

Steven Minuchin, secretario del tesoro norteamericano y dueño de una fortunita de unos 300 millones de dólares, salió al quite en favor de Trump y en un mensaje le dijo a Greta que primero estudiara economía antes de hablar. Lo que ocasionó que distinguidos economistas le recomendaran callarse sobre todo por el fracaso de su política de reducción de impuestos para dinamizar la economía norteamericana.

El Foro Económico Mundial aborda asuntos de enorme importancia y les da una gran resonancia. Pero su última gran propuesta es frustrante. Ahora el mensaje es pasar del capitalismo de accionistas, en el que lo único que importa es maximizar las ganancias de los propietarios, a otro capitalismo en el que las empresas toman en cuenta a todos los “interesados”: empleados, clientes, las comunidades en que operan y a la humanidad.

Comparemos: hace un par de años, en 2018, Mark Zuckerberg y Elon Musk, grandes innovadores tecnológicos y con fortunas del orden de los miles de millones de dólares, dijeron en el Foro que era inevitable instrumentar el ingreso básico universal como respuesta a la inequidad y el estancamiento económico. Algo que marcharía de la mano con los avances democráticos y el reforzamiento de las capacidades redistributivas de los gobiernos. Algo que de manera parcial se instrumenta con los vales de comida en los Estados Unidos o las transferencias sociales en México.

Pero una supuesta reinvención del capitalismo que parece sacada de la manga y deja la solución de los más grandes problemas como el deterioro del ambiente y la inequidad, en manos de la voluntad individual de los dueños del capital. Con esa propuesta Davos retrocede y habrá que buscar en otros lados las respuestas transformadoras para el bienestar de la humanidad.

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