Opinión

Dame tu mano

Las enfermeras entran, revisan. Van y vienen. Dame tu mano. Las florecitas silvestres en la ciudad de tu padre son blancas y amarillas | María Teresa Priego

  • 27/02/2018
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Un respirador con oxígeno. Una aguja que atraviesa tu piel. Los tubitos, los líquidos. Por la ventana miro un segundo piso. Cómo ha cambiado la ciudad. Con un pequeño esfuerzo también se ve el cielo y algunas nubecitas. Somos afortunados, llegaste al hospital muy a tiempo. Pareciera tan natural: respirar. ¿Acaso no es el más elemental de los derechos? Respiremos juntos. Tu voz quebrada en el teléfono. ¿Tuviste miedo? No lo dirías. Alrededor tuyo sentimos pánico. No lo dirías porque así era antes: un hombre no podía manifestar sus emociones. Te parecería tan de pésimo gusto. Me gustaría escucharlas, tus emociones, pero en una familia que se libró apenas a tiempo de la destrucción, ¿cómo nombrar el miedo? ¿Cómo nombrar la amenaza, el dolor? Cualquier palabra hubiera sido un exceso.

En el hospital venden donas escarchadas de azúcar, pero quieres un chocolate Tin Larín. Un chocolate de infancia. Pensé que ya no los fabricaban. ¿Existían cuando llegaste a México? Cuando tu familia y tú vivían en la pensión Silva en la glorieta de Insurgentes. Cuando tu papá abrió su negocio en el centro para hacer frente a su nueva vida: otra ciudad, otro país, otra lengua. Amo tus historias. La de ese barco que los trajo sanos y salvos hasta Ellis Island, el largo viaje a México. Tu descubierta de las frutas en el mercado. Para alguien que creció cortando mangos de los árboles, es fascinante escucharte narrar la descubierta de los mangos. Y cómo te enamoraste de México, del mar cálido de Veracruz.

“Muéstrame tu ciudad”


Hemos caminado como desquiciados por el centro. Me la fui aprendiendo de memoria, tu ciudad. Me auto-nombré la guía de turistas de tu mapa íntimo. “Aquí a la derecha, el edificio en donde el señor S vivió una parte de su adolescencia. Justo debajo de la Academia de Flamenco”. “Acá a la izquierda, la heladería preferida de Clarita, madre del señor S”. “En ese hotel se reunían los judíos de habla alemana para acompañarse en los años de la guerra”. “En el lugar de este edificio que ahora vemos, estuvo el internado en donde el señor S cursó la escuela secundaria”. Eras un chamaco precioso con ricitos. Me faltan tantos años para seguir escuchando tu vida. Soy adicta.

Me faltan tantos años para escuchar esa r que arrastras cuando hablas. Te imito y te enojas. En la escuela te acosaban por tu acento. Eras “el extranjero”, el distinto, el que no era católico, el que no terminaba de pertenecer. Quizá por eso te convertiste en una persona tan incluyente y tan buena. Cortázar (desde otro acento), también arrastraba la r cuando hablaba. Es muy sexy. El acento es la constatación de esa otredad que permanece. El imán de lo distinto. Naciste en una ciudad atravesada por un río y yo también. El tuyo es de aguas heladas. Mi río es tropical. Entonces inventamos que el Grijalva, si se sigue su curso con detenimiento, termina en el Danubio. O al revés. Estábamos destinados a encontrarnos. ¿Ya ves? La realización de lo improbable.

Los chocolates Tin Larín siguen existiendo


Gran noticia. Dame tu mano. Esa sensación física de corazón apretujado. ¿Cuál es la próxima muestra de cine? Miramos fotos de Cracovia y de la ciudad donde nació tu padre. Nunca has estado allí. Imaginamos trenes, horarios. Si cierro los ojos veo correr el paisaje que no conozco, como desde la ventana de un vagón. “¿Hay florecitas silvestres en Polonia?” “Montones de florecitas silvestres”. Tú disimulas. Yo disimulo. Todos disimulamos. Llega la noche y el silencio se extiende en esa habitación como en un espacio desolado. Las enfermeras entran, revisan. Van y vienen. Dame tu mano. Las florecitas silvestres en la ciudad de tu padre son blancas y amarillas. Es bueno ir en primavera. A casi todos lados es bueno ir en primavera.

El amor está hecho de florecitas silvestres. Es como ellas: tan cotidiano, tan humilde, tan hecho de pétalos pequeños. Una conversación, un suspiro, la piel cálida, una rebanada de pan. Una promesa. Un horizonte. Una esperanza. Un espacio para descansar. Un lugar donde estar protegidos y seguros. Dos historias que se cruzan. Tantos juegos. Tus hijas, mis hijos. Nuestras perruchis. La memoria que se construye en común. Los chistes privados. Los kilómetros zapateados codo a codo. Los litigios. Las necedades. “Ay, pero qué mal me caes”. “Tú a mí también”. Ese no recordar unas horas después de qué estábamos tan enojados. Unas rueditas. Un robotcito que transforma el aire en oxígeno. La vida quizá es distinta, pero es vida. Ya casi es primavera. No me sueltes la mano, ya ves que luego no reconozco las calles. No me sueltes la mano, ¿quién va a buscar tu lente de contacto cuando se te pierda? No me sueltes la mano, ya ves que solos, cada uno se tropieza con su sombra y no tiene quien le cuente una buena historia. Es bien simple: eres el roto para mi descosimiento y soy la descosida para tu rotura. O viceversa. Y allí está la vida con sus páginas en blanco: lista para ser escrita.

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