Opinión

Culiacán ¿puede ser cara la austeridad?

¿Cuánto cuesta el minuto de incomunicación? ¿Cuáles son los costos de las respuestas tardías? | José Roldán Xopa

  • 22/10/2019
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Si los sucesos de Culiacán tienen la dimensión de una crisis, es también importante aprender de ella. Las autoridades han aceptado que hubo imprevisión, falta de comunicación, información errónea, subestimación de la respuesta, etc. Quiero suponer que la experiencia, tardía como siempre, servirá para el futuro.

Sin embargo, quiero detenerme en las posibles condiciones autoimpuestas que probablemente afectaron la capacidad de respuesta para atender mejor la crisis y que, quizás permanezcan constantes. Aun si hay previsión y valoración de los riesgos, siempre es posible que la incertidumbre, el azar, lo imprevisto, exceda los cálculos. Los seres humanos no somos infalibles, las instituciones tampoco lo son, incluidas las castrenses y las de seguridad pública.

Alguna vez un militar a quien por razones de la vida fui cercano, decía en alguna charla: “si el mando se equivoca, vuelve a mandar”. Lo malo es persistir en el error.

Uno de los problemas que asoma en la reconstrucción de las narrativas es lo errático de la vocería, los espacios prolongados de silencio, además de la elusión de las responsabilidades. Mientras la información fluía en redes, se abordaba al presidente en medio de un viaje a Oaxaca. Los pasillos del aeropuerto fueron el escenario de sus declaraciones ante la insistencia de quienes lo cuestionaban buscando información.

Lo anterior lleva a preguntarnos por el probable contexto de comunicación y de decisión entre el Ejecutivo y el Gabinete de seguridad. Lució difícil, accidentado, con posibles espacios prolongados de incomunicación. Por supuesto, son conjeturas, quizás la comunicación fue fluida y el presidente estuvo al tanto minuto a minuto y pudo, pese a las condiciones, tener bajo control la comunicación y las decisiones.

Pero quizás no, tomando en cuenta las condiciones de un vuelo comercial, que tenga a su alcance comunicación telefónica, privacidad para tratar temas de tal delicadeza.

En el desempeño de una función tan sensible como la de un Jefe de Estado o de Gobierno, que tiene a su cargo el mando de las fuerzas armadas, que arbitra o instruye a su gabinete formado por pares, resolviendo ejecutivamente los desacuerdos, las condiciones institucionales con las que puede tratar las crisis, cuentan y cuentan mucho.

El transporte del Jefe de Estado forma parte de las condiciones y la infraestructura institucional para hacer frente a sus funciones adecuadamente. No se trata de que los asientos del vehículo sean de piel ultrafina, o de que las viandas sean gourmet, sino de que sea funcional. Se trata de que haya buena comunicación para abordar los problemas del Estado, de que haya capacidad y libertad de traslado en la medida en que la función lo requiera.

¿Cuánto cuesta el minuto de incomunicación? ¿Cuáles son los costos de las respuestas tardías?

Si el mando se equivoca puede volver a mandar”, decía aquel general.