Opinión

¿Cuidado con las palabras?

En el discurso oficial, los argumentos sólidos, las evidencias y los datos duros son más efectivos que los adjetivos. | José Antonio Sosa Plata

  • 13/12/2018
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El conflicto que se ha desatado entre los tres poderes de la Unión, por la Ley de Remuneraciones, ha llegado a niveles preocupantes para el equilibrio y contrapesos que deben existir entre ellos. La falta de cuidado por parte de algunos personajes en el manejo del discurso puede sentar un precedente negativo para la democracia.

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Las acusaciones sin sustento, los argumentos falsos, las amenazas, contradicciones, descalificaciones, prejuicios, ofensas o insultos no son la manera más conveniente en la lucha legítima por el poder que se da, todos los días, entre los personajes que encabezan las instituciones. La historia moderna de la democracia ha demostrado que una postura política o un punto de vista no se puede imponer esencialmente con el uso de adjetivos.

Tarde o temprano, el discurso deslegitimador del adversario se revierte.

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Por esta razón, en el trabajo de #ConsultoríaPolítica, uno de los retos más grandes a la hora de sugerir narrativas y líneas discursivas es reducir o eliminar el uso de adjetivos y privilegiar los argumentos sólidos, las evidencias y los datos duros.

¿Por qué? Porque cuando el mensaje abusa de los adjetivos se convierte en demagogia. Y la demagogia no es más que un pobre recurso del que puede disponer cualquier gobernante.

Cuando la demagogia se impone, la democracia se corrompe

Desde esta perspectiva, apelar a las expectativas y sentimientos de la población —utilizando los grandes medios de comunicación y los medios digitales que el nuevo ecosistema ofrece a las instituciones— corre el riesgo de convertirse en un abuso del poder, en donde el discurso es una herramienta que debe ser manejada con el mayor de los cuidados.

El abuso del poder a través del discurso está científicamente demostrado.

Teun A. Van Dijk, lingüista neerlandés y uno de los estudiosos más reconocidos del discurso, ha denominado este fenómeno como la dominación discursiva, la cual no solo se ejerce a través del espacio público, sino en las diversas esferas de la vida cotidiana. El principio básico es sencillo de comprender: cuando las personas son manipuladas de manera premeditada (y no persuadidas o convencidas a través de la razón) para aceptar una ideología o conducirse y opinar en favor de un gobernante, entonces hay un abuso de poder.

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En la misma línea de investigación se concluye que la manipulación cumple mejor con su cometido cuando la diferencia se convierte en polarización; cuando se da un mayor peso a las emociones y no a las razones; y cuando los intentos por controlar los medios de comunicación se imponen al libre flujo de información y opinión que caracteriza a la libertad de expresión.

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Varios especialistas en #ComunicaciónPolítica —en distintos países y en diversas situaciones de conflicto político— han advertido sobre los riesgos que hay cuando no se separan con claridad las técnicas del mensaje de campaña de las que deben construir el mensaje gubernamental. La confusión persiste no solo en el discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador sino en muchos actores políticos de los poderes Legislativo y Judicial.

Por eso, en el actual escenario nacional estamos presenciando conflictos sin precedente.

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La lucha por el poder está derivando, con mayor frecuencia, en el uso del lenguaje basado en la confrontación y no en la diferencia. No olvidemos que en el nuevo espacio público, las palabras son un instrumento de gran poder, el cual debe ser manejado con absoluto cuidado y alto sentido de responsabilidad. Hacerlo así no se contrapone a la libertad de expresión que tenemos todos, ni al derecho de réplica que también tienen los gobernantes.

Por el contrario, las palabras tienen el potencial de ser fuente de confianza y legitimación.

Lo más preocupante es que ya son varios meses en los que se han estado generando situaciones delicadas que siguen provocando daños a la economía, a la confianza de los inversionistas nacionales y extranjeros y, sobre todo, a la búsqueda de los acuerdos y consensos que hacen falta en el país, si en verdad se quiere consolidar la llamada Cuarta Transformación.

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