Opinión

Cuatro a dos

El saldo de la jornada electoral de este mes es muestra de la persistencia del respaldo por la opción hoy mayoritaria a nivel nacional. | Ricardo de la Peña

  • 12/06/2022
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Todavía no había concluido el acopio de resultados preliminares ni mucho menos se había dado paso al cómputo oficial de resultados cuando las elecciones locales de este 2022 dejaron de ser tema en el espacio público. Salvo algunas declaraciones interesadas que apelaban a asumir la existencia de conspiraciones improbables para explicar las derrotas, la ciudadanía había vuelto a sus actividades cotidianas y olvidado los enconos propios de la competencia electoral. Eso habla del gran vencedor de los comicios: las autoridades administrativas electorales, tanto locales como nacional, quienes cumplieron sus tareas con el éxito al que nos tienen acostumbrados.

La certidumbre de lo incierto

De hecho, la certidumbre con los resultados fue producto no de los recuentos de la totalidad de votos, sino de los ejercicios científicos de conteo rápido que daban cuenta de quién había ganado y por qué margen. Esta práctica cuenta con la confianza de actores y electores, lo que permite que una vez concluida una elección, a las pocas horas, se sepa qué ocurrió, a pesar de que se mantenga la absurda y primitiva costumbre de comenzar el cómputo oficial de las actas hasta días después de terminada la votación. Es así como pudimos irnos a dormir el mismo día 5 de junio sabiendo que la coalición gobernante a nivel nacional había logrado cuatro victorias, en otras tantas entidades donde aún no era gobierno, mientras que en dos casos coaliciones opositoras habían logrado mantener la condición mayoritaria.

El reparto de votos mostraría lo impertinente de la demanda de establecimiento de segundas vueltas en elecciones para ejecutivos. El sistema vigente permite que los propios partidos generen acuerdos que formen bloques competitivos, lo que reduce la cantidad de contendientes y deriva en una creciente y elevada probabilidad de que el ganador lo sea por una mayoría absoluta o al menos en muchas ocasiones por un margen suficiente para darle claridad al resultado. De adoptarse un sistema de doble vuelta se perdería esta costumbre de formar alianzas y cada partido presentaría en la primera ocasión su propia candidatura, fragmentando el voto y obligando a una segunda vuelta en que los pactos serían menos sólidos y completos que los que pueden establecerse con el actual mecanismo, quedando cada perdedor en la posibilidad de vender su respaldo al mejor postor y no necesariamente integrar un frente coordinado y consistente a lo largo del país.

Anticipar el futuro

Los resultados electorales de este mes son muestra clara de la normalización de un rezago en el relevo en el mando en diversos estados provocado por el calendario de competencia. Desde 2018 se demostró el cambio de las mayorías tradicionales hacia una nueva formación que logró ventaja en 31 de las 32 entidades federativas, pero que no podía por obra y gracia de ese calendario tomar el encargo ejecutivo hasta que no hubiera comicios para decidir quién gobernaría.

Es por ello que los datos del sufragio que vimos en estos días son más un reflejo del pasado que un adelanto del futuro. Es verdad que disponer del gobierno en muchas entidades facilita la operación política de quien cuenta con dicho insumo, pero también es cierto que ello no es condición necesaria ni suficiente para asegurar ningún triunfo. Las victorias y alternancias en 2000 y en 2018 son prueba de ello. Pero el saldo de la jornada electoral de este mes sí es muestra de la persistencia del respaldo por la opción hoy mayoritaria a nivel nacional, lo que obliga a sus oponentes a pensar y diseñar muy bien su estrategia de cara a las elecciones de 2024 si es que quieren tener un destino promisorio.

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