Opinión

¿Cuánto más durará Trump?

Trump es un egocéntrico que no soporta las derrotas; y está sufriendo una paliza.

  • 20/08/2017
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Donald Trump encarnó la rabia de aquellos que no eran escuchados por el sistema político y que en los últimos treinta años vieron deteriorarse su bienestar, su salud y para muchos incluso sus esperanza de vida. Han atestiguado el deterioro de su entorno, la decadencia de la industria, la infraestructura, los servicios y gran parte de las ciudades y barrios.

A millones se les invitó a endeudarse para acceder al “sueño americano”. Pero la burbuja de bienestar basado en el endeudamiento explotó en 2007 y en los últimos diez años 5.5 millones de familias perdieron sus casas. La abundancia de casas en venta redujo el valor de todas las viviendas y con ello la riqueza de las familias. Alrededor de siete millones de familias están pagando una hipoteca en la que todavía deben más que el verdadero valor de su casa.

La relocalización internacional de muchas  fábricas, la quiebra de otras y la automatización industrial eliminaron millones de empleos manufactureros que, antes, eran bien pagados. Ser trabajador industrial era un motivo de orgullo y daba para vivir bien, comprar casa, automóvil y electrodomésticos. Ahora son empleos en los que se gana poco más que en una cadena de hamburguesas.

Por eso el mensaje de Donald Trump, “recuperar la grandeza” del país prendió entre esta población. A Donald lo ayudaron sus dotes teatrales, sus mensajes sencillos, y hasta su lenguaje soez y falta de modales con los que se identificaron los más encabronados.

Sobre todo le funcionó su ausencia de escrúpulos para mentir y engañar. Falto de cultura le bastaba repetir los mensajes y dichos sin sustento que salían del subsuelo mediático y las redes sociales para criticar a toda la clase política. Supo colocarse como el salvador que venía de fuera y no estaba condicionado por el burocratismo, la formalidad y lo políticamente correcto.

También prometió hasta lo imposible. Crearía un mejor sistema de salud para todos en el que costaría menos asegurarse; y lo haría reformando la ley conocida como Obamacare en pocos días. Incluso bajaría el precio de  las medicinas. Lo principal es que recuperaría las industrias desaparecidas y lanzaría un enorme programa de renovación de la infraestructura, de modo que habría millones de empleos. Todas estas maravillas al mismo tiempo que ofrecía reducir los impuestos.

Pero Trump mentía y sabía que mentía. No bien llegó a la Presidencia manifestó su verdadero objetivo; “de construir” el aparato público y gobernar al servicio de sí mismo, sus empresas, su familia, las cuatrocientas familias más ricas y, cuando mucho, el uno por ciento ubicado en la cumbre de la pirámide económica.

Contra lo prometido, su propuesta de reforma al sistema de salud expulsaba a 20 millones de norteamericanos, disminuía la protección y elevaba el costo de los seguros. En cambio reducía los impuestos que pagaban los más ricos. No logró modificar el sistema y ahora amenaza sabotearlo hasta que fracase.

Su propuesta de reforma fiscal va en el mismo camino de favorecerse a sí mismo y al grupito de súper ricos.   

Sus principales secretarios de Estado son reconocidos enemigos del quehacer gubernamental. De los 587 empleos federales que requieren aprobación del Senado no ha presentado candidatos a 364 puestos. Hay notorios rezagos en el gasto presupuestal. Ahora se sospecha que no es mera ineptitud, sino parte de un plan deliberado de destrucción pública.

Debido al peculiar sistema electoral norteamericano Trump llegó a la Presidencia con menos votos que Hillary Clinton. Pero en lugar de procurar ampliar su base política considera que todos los que no lo apoyaron son sus enemigos.

Ahora llegó a un límite impensable. Sus declaraciones sobre la violencia racista en Charlottesville fueron erráticas. Primero se negó a condenar a los neonazis, kukuxklán y similares; luego pareció condenarlos, pero dos días después dijo que muchos de los que marchaban armados, con antorchas y banderas racistas eran gente buena.

Frente a ello los más connotados dirigentes empresariales lo han abandonado; incluso la cadena televisiva que más lo celebraba ahora lo critica. Se ha enemistado con gobernadores y senadores de su propio partido. La presión hizo que el presidente se deshiciera de Stephen  Bannon y seguramente saldrá Sebastián Gorka, los más cercanos a posiciones fascistas dentro de su gabinete. La opinión pública norteamericana se encuentra a la expectativa de más salidas de gente cercana a Trump; en este caso de gente cuya decencia ya no les permitiría seguir colaborando con este presidente.

Políticos de renombre empiezan a plantear la posibilidad de destituirlo. Tal vez todavía no ha llegado ese momento; pero Trump no aprende y no distingue lo relevante de lo que no lo es. Ahora está metido en una guerra de estatuas; defiende las de los confederados esclavistas mientras Baltimore dio el ejemplo desmontando cuatro estatuas de confederados y gran parte de la población ha decidido eliminarlas.

Estas distracciones desesperan a los que desean avanzar en temas más serios como el de infraestructura, los impuestos o el presupuesto; en cambio los neonazis lo aplauden abiertamente.

Todo lo anterior es grave pero tal vez lo más extraordinario es que los cinco jefes militares de más alto nivel se apartaron de la tradición de no entrar en política ni diferir abiertamente de su jefe máximo. Primero el comandante de las fuerzas navales, luego el del cuerpo de marines, seguido del ejército, la fuerza aérea y la guardia nacional, todos condenaron los hechos de Charlottesville y se manifestaron en contra del racismo y el odio en las fuerzas armadas y en todos los Estados Unidos. Algo inusitado y a querer y no, tiene un fuerte mensaje al presidente y a toda la clase política.

Trump es un egocéntrico que no soporta las derrotas; y está sufriendo una paliza. Se acerca a su única salida medianamente digna; renunciar. Y hacerlo pronto antes de que lo quiten por inepto o delincuente. Saldría declarando que su paso por la Presidencia fue un éxito contundente; eso es lo de menos.

El riesgo es que el vacío que dejaría Trump y su equipo podría ser ocupado por otros representantes de la oligarquía más capaces.

@JorgeFaljo