Opinión

Criticar la ruptura

La disputa de “La Ruptura” con el muralismo (1950-1970) es una importante aportación a la historiografía del arte. | Alberto Híjar Serrano

  • 08/12/2019
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Desde el título explícito del contenido, la investigación de David Fuente, plantea la cuestión artística en México sin concesiones poetizantes, orientación nada caprichosa porque el discurso de “la ruptura” es concretado por las metáforas y las paradojas sugerentes de sentidos metahistóricos de Octavio Paz y Juan García Ponce, exaltadores del valor espiritual de las exposiciones, coloquios, congresos y bienales organizados por José Gómez Sicre desde la Unión Panamericana en Washington y Nelson Rockefeller desde el Museo de Arte Moderno de Nueva York y con su cargo de funcionario cultural del gobierno norteamericano. La figura José Luis Cuevas, enfant terrible ingenioso y sardónico, contó con el patrocinio periodístico de Fernando Benítez, difusor de la proclama La Cortina de Nopal, descubierta por el periodista Edgar Hernández, como parte de los escritos de Gómez Sicre firmados por José Luis Cuevas para regocijo del mainstream con el apoyo de las revistas de Estado, la de la UNAM, la del INBA, la del Centro Mexicano de Escritores.

La disputa de “La Ruptura” con el muralismo (1950-1970): Luchas de Clases en la Rearticulación del Campo Artístico Mexicano, explica la necesidad de crítica histórica del periodo de sustitución de importaciones en la posguerra y la Alianza para el Progreso, acumulación capitalista modernizadora distinta a la organizada en el cardenismo con su nacionalismo de Estado adoptado por los trabajadores de la cultura y la significación, como línea de vida con “el pueblo”, contra el imperialismo y con la construcción de los socialismos. Este proceso dio lugar a sujetos históricos y sociales en un proceso dialéctico y complejo. De aquí el acierto en el título de llamar la atención sobre las luchas de clases en plural. Nuevas hegemonías en disputa fueron construidas por grupos con la emergencia de una clase social urbana modernizadora, cosmopolita. No basta remitir todo esto a la crítica de la economía política del nuevo mercado del arte de las galerías y del discurso estético que las acompaña proclamándolas impulsoras del arte nuevo, joven, liberado de proclamas políticas. De aquí, la necesidad de acompañar el análisis marxista con la crítica de Bourdieu a las estructuras sociales y por supuesto, al “campo artístico” y las vanguardias. David Fuente explica con claridad esta construcción crítica y contribuye así, a la actualización de la historiografía del arte en México.

La investigación recorre la dialéctica entre la “retórica revolucionaria oficial” concretada en el Frente Nacional de Artes Plásticas y su revista Artes de México que en los sesenta adquiere un carácter monográfico ajeno a toda organización plural. Son los cincuenta, años de los grandes proyectos de urbanización modernista con unidades habitacionales, centros hospitalarios, Ciudad Universitaria, Ciudad Satélite, la Secretaría de Comunicaciones. Mientras los muralistas organizan con el Estado la “integración plástica” crecen las galerías en la Zona Rosa, centro de reunión de artistas e intelectuales cosmopolitas. Galerías, hoteles, cafeterías y restaurantes, tiendas de la moda elegante, concentran la formación de un sujeto por encima de los nacionalismos calificados de obsoletos y vulgares. Es lo que Bourdieu llama “capital social” con su dimensión mercantil, familiar y simbólica. Políticos deseosos de relaciones culturales refinadas y ajenas a los nacionalismos, escritores, actores, cineastas, periodistas, coleccionistas, asistían a las inauguraciones y establecían alianzas en galerías como la Proteo, Prisse, Juan Martín, Antonio Souza, la Inés Amor interesada en promover no sólo a los pintores de la Escuela Mexicana de Pintura, sino también a los innovadores como Pedro Coronel, Vlady y Aceves Navarro.

La investigación del maestro Fuente, recurre a los catálogos anuales de exposiciones publicados por Justino Fernández, fundador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM donde encuentra al joven historiador Jorge Alberto Manrique como ganador del Premio Paul Westheim en 1959 por un texto sobre el cuadro La Madre de Juan Soriano. Creció la valoración de artistas como él, Alfonso Michel y por supuesto Rufino Tamayo opositores de la Escuela Mexicana de Pintura. Crónicas y críticas difundieron la necesidad de la “nueva pintura”. Cardoza y Aragón proclamó como absurda la “oposición” realismo contra abstraccionismo para contribuir a la despolitización y alentar el arte por el arte. Teresa del Conde, Rita Eder y Manrique del Instituto de Investigaciones Estéticas y con trabajos que curaduría y presentación de catálogos, procuraron argumentar históricamente la crítica de arte sobre la base de “la multiplicidad de propuestas”.

La investigación de David Fuente incluye entrevistas, consultas de archivos y correspondencias, listas de exposiciones, comentarios periodísticos, gráficas de los precios de las pinturas por centímetro cuadrado, las aportaciones de artistas viajeros, los formatos asociados a la valoración y el precio, la monumentalidad abstraccionista como símbolo de libertad sin ataduras figurativas. Las citas al pie de página precisan situaciones, nociones y conceptos, todo para superar la noción de “ruptura”, usualmente reducida al peor sentido positivista del progreso que va dejando atrás lo caduco. El tratamiento histórico dialéctico plantea como necesidad la crítica de la economía política y sus concreciones sociales complejas.

Bibliografía, “índice de cuadros, gráficas (grabados) e imágenes”, precisan las fuentes teóricas y la inclusiones de situaciones concretas con dimensión histórica. Las biografías de los artistas dan cuenta de vidas y obras de manera sugerente por los registros del “origen social”, “los bienes y servicios en la niñez y juventud”, los recursos culturales incluyentes de la escolaridad ampliada por otros aprendizajes, los recursos sociales, todo como eso que Marx llama “nudos de relaciones sociales” distintos a las ilusorias esencias humanas.

Por tanto, el libro resultado de dos años de trabajo orientado por la doctora Lourdes Roca Ortíz en el Instituto de Investigaciones Doctor José María Luis Mora y editado por esta institución y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología en 2018, es una importante aportación a la historiografía del arte y con ello, a la necesidad de actualizarla con el estudio de los trabajos de producción, reproducción y valoración para explicar señales, signos y símbolos como procesos históricos constructores de sujetos sociales. La lucha de clases resulta, por tanto, praxis estética por la hegemonía económica, política y social. El libro de 510 páginas cuenta con la portada de Natalia Owen, de una bella joven sedente tocando un camino por el mapa de la Zona Rosa acorde con el nombre de la colección original Contemporánea, Sociología.

Alberto Híjar Serrano. Historiador de arte. Exprofesor en las facultades de Arquitectura y Filosofía y Letras de la UNAM. Estudioso del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap) del Instituto Nacional de Bellas Artes.