Opinión

Crisis políticas en Sudamérica

La renuncia de Evo Morales en el contexto regional. | Ivonne Ortega

  • 13/11/2019
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Las convulsiones políticas en Sudamérica han derivado en el colapso de gobiernos por causas muy diferenciadas que reflejan las consecuencias de llevar las decisiones a criterios de extremismo. Así, la crisis chilena, la fallida alternancia de derecha en Argentina y la renuncia de Evo Morales a la presidencia de Bolivia, tienen su origen en políticas que soslayaron la capacidad de resistencia de sus ciudadanos.

En el caso de Chile, la administración del presidente Sebastián Piñera, en la misma tendencia de los gobiernos que sucedieron a la dictadura pinochetista, se orientó hacia la mejora de las cifras macroeconómicas pero incrementó la brecha entre los que menos tienen y los que ostentan más privilegios. Resultado: el hartazgo generalizado detonado por un aparentemente mínimo aumento al precio del sistema de transporte colectivo, que tiene a los chilenos en vísperas de una nueva Constitución.

En Argentina no se ha superado la crisis económica derivada de malas decisiones de gobiernos populistas, y la gestión del presidente Mauricio Macri, que empezó deslumbrando internacionalmente por su capacidad de marketing y su determinación de corregir las finanzas públicas, implementó mecanismos que lesionaron las finanzas de una gran mayoría de argentinos. Resultado: el peronismo, que en buena medida originó la crisis, ha vuelto al poder.

El caso más llamativo por la radicalidad de sus consecuencias, es Bolivia. El gobierno de Evo Morales cumplió con su programa de revalorar a las clases sociales más desprotegidas como indígenas y obreros, es innegable que respondió a su base simpatizante con resultados positivos. Por eso, más allá de su orientación ideológica, su buena actuación le permitió reelegirse dos veces.

Su error fue político

Evo se aferró al poder y, contraviniendo los resultados de un referéndum popular que le negó una cuarta aspiración presidencial, maniobró con el Tribunal Constitucional (totalmente a sus órdenes) para ser candidato en las elecciones del 20 de octubre pasado.

Al verse obligado a presentarse a una segunda vuelta y ante la posibilidad de ser rebasado por la oposición, el Tribunal Electoral (también bajo su influencia) suspendió los conteos y tras 24 horas los retomó, pero con una sospechosa tendencia favorable al presidente Morales. La oposición reclamó fraude, y la OEA, al intervenir en una inédita auditoría a las votaciones, dictaminó que, en efecto, la elección fue alterada.

Con los opositores y algunos de sus antiguos aliados protestando en las calles, evidenciado ante el fraude cometido, Evo fue perdiendo apoyos, y fue la actuación política del ejército boliviano la gota que derramó el vaso. En efecto, los mandos militares de su país sugirieron al presidente Morales renunciar al cargo para dar paso a una etapa de pacificación que retome el cauce democrático en Bolivia.

Evo tuvo que renunciar, y con él también el vicepresidente y funcionarios principales de su administración, lo que impone un reto para su país ante un vacío de poder. Serán el pueblo y las instituciones bolivianas los encargados de definir su futuro.

Para México, para todos los países, las crisis de Bolivia, Chile y Argentina, ofrecen lecciones y espejos en los que nuestro sistema político debe verse ante los retos permanentes de la relación gobierno-sociedad. Ninguna política pública llevada al escenario de los extremos resiste el juicio popular. Al menos no en el largo plazo.

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