Opinión

Conmemorar a las hermanas Mirabal

O recordar que nuestras condiciones de existencia siguen rodeadas de violencia

  • 25/11/2017
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Cada 25 de noviembre, se conmemora en diversos países el que es conocido como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y las Niñas, mismo que marca el inicio de las actividades de los 16 días de activismo que buscan visibilizar, denunciar y generar acciones para erradicar los actos violentos que se ejercen sobre mujeres y niñas en todo el mundo. Latinoamérica, región con niveles profundos de violencia contra niñas y mujeres, conmemora esta fecha desde 1981, asumida por el movimiento feminista latinoamericano como un día para la reivindicación de la lucha contra las violencias machistas debido a su gran carga simbólica.

Las campañas de activismo comenzaron en 1991, por iniciativa del Centro para el Liderazgo Global de Mujeres (CWCL) ubicado en la universidad de New Jersey. En 1999, estas jornadas son asumidas por la Asamblea General de las Naciones Unidas, desde la que se convoca a gobiernos, organizaciones internacionales y no gubernamentales a generar actividades destinadas a informar y sensibilizar a las personas sobre esta problemática en el mundo. Los actos de esta campaña son apoyados desde 2008 por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y cierran todos los años el 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos.

Como la gran mayoría de los días internacionales que conmemoran causas o reivindican fechas, este tiene tras de sí un suceso doloroso: es el caso del asesinato, en la República Dominicana, de las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, también conocidas como Mariposas, férreas opositoras de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Era 1960 y las hermanas Mirabal fueron halladas dentro de un jeep en un barranco. Sus cuerpos, destrozados a golpes, indicaban que hacía apenas unas horas habían sido masacradas e introducidas en el vehículo con la finalidad de simular un accidente.

En aquellos años, como ahora, las estadísticas de asesinatos y violencia de género han ido en aumento: las formas de asesinato son cada vez más dolosas y el rango de edades se amplía; el número de niñas víctimas de estas violencias también incrementa. En México, una de cada tres mujeres es asesinada en la calle,  una de cada cuatro en su hogar y una de cada tres mujeres/niñas ha experimentado o experimentará alguna forma de violencia que, de acuerdo al término de la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobado en la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer de 1993, incluye: amenazas, daños físicos, psicológicos y prohibición de la libertad, tanto en lo privado como en lo público. La forma más extrema de esta violencia es el feminicidio.

Además de las violencias físicas y/o sexuales provenientes generalmente de la parejas, exparejas o familiares, así como los feminicidios, en el mundo existen otro tipo de violencias normalizadas como: la ablación, los matrimonios de niñas con adultos, la violencia contra las mujeres en conflictos armados y en la trata, en las instituciones de salud en las que muchas mujeres no tienen control sobre su cuerpo y su sexualidad, en los países del mundo en los que aún no tienen derecho a su emancipación o en los que se criminaliza el aborto, además de la violencia de Estado (el claro ejemplo de las hermanas Mirabal), la violencia económica, patrimonial, laboral, académica y mediática.

Si este listado de violencias no fuera suficiente, aquí van otras aún más normalizadas, aquellas que sabemos que existen pero que tenemos tan incorporadas en nuestra vida diaria, que ni siquiera las tomamos como violencia: estereotipos de género instaurados desde la niñez (el clásico rosa y azul, así como “las niñas no hacen eso” cuando hacen cosas “de niños”), el mainsplainning (esta necesidad de algunos hombres de instruir, orientar o, mejor dicho, explicar a las mujeres y niñas qué son y cómo se tienen que hacer las cosas, ya que ellas no saben), la violencia obstétrica, el embarazo en la adolescencia y la niñez, la justificación al acoso callejero y la violación, los chistes misóginos, las expresiones naturalizadas que expresan inferioridad de niñas y mujeres frente niños y hombres (“eso es de niñas”, “pareces vieja”, etc.), la desvalorización del trabajo en el hogar y de cuidados, los patrones de belleza, así como el fomento del odio y la competencia entre mujeres.

Ahora bien, es cierto que actualmente existen diversas instituciones dedicadas a defender y proteger a mujeres en situaciones vulnerables. Sin adentrarnos en la precarización de ciertas vidas, en la vulnerabilidad de las mujeres y niñas en situación de calle, y en todas aquellas mujeres que no tienen acceso a estos derechos, es necesario decir que aún no es suficiente, que además de que no hay un acceso equitativo para todas las mujeres a los servicios que brindan estas instituciones, muchas de las cuáles, además, se desarrollan en un ámbito corrupto y de impunidad, o se encargan de perpetuar las mismas violencias. Sigue haciendo falta concientización acerca del tema: hay muchas mujeres que no se consideran violentadas ya que así han vivido y crecido, y para ellas es normal que el marido las maltrate o abuse sexualmente de ellas y sus hijas, por poner algún ejemplo.

Es necesario comprender que la violencia machista existe para mantener a las mujeres en una subordinación estructural que parece dada por sí misma, pero no es justa, ni natural, una condición de desigualdad que en muchos casos no se tiene concientizada del todo, pues proviene de la naturalización de relaciones desiguales entre hombres y mujeres, en las que los primeros tienen privilegios y mayores oportunidades que las segundas, de tal manera que pueden alcanzar sus objetivos de vida con mayor facilidad al no enfrentar las problemáticas y discriminaciones propias de niñas y mujeres, por tanto, no las reconocen, lo ven como una situación normal y niegan las violencias, luego, no las combaten o no se les hacen importantes.

Es por ello que en estos 16 días de activismo se busca hacer visibles estas violencias, no para culpar, sino para que, a través de a visibilización, se produzca concientización y un paso más hacia los cambios culturales que tanto necesitamos, en una sociedad en la que el capitalismo y el patriarcado producen relaciones sociales de dominación que benefician sólo a una clase, a una raza y a un género. Imaginemos a quienes viven con las tres exclusiones, o que tienen otra condición de vulnerabilidad como las personas refugiadas o migrantes.

Las medidas de inclusión y protección para niñas y mujeres, no buscan privilegiarlas, ni quitarle derechos a los hombres, más bien son mecanismos a través de los cuáles se busca que ellas alcancen las condiciones de inclusión, liderazgo, desarrollo y oportunidades que los hombres han tenido por siglos. Como mujeres, sabemos mejor que nadie que 16 días de activismo no son suficientes para erradicar las violencias. Ese activismo se construye día a día en lo colectivo y en lo individual. No obstante, cualquier oportunidad que haya para señalar y llamar la atención sobre estas problemáticas, ayudará, en mayor o menor medida, a sensibilizar y generar conciencia acerca de los problemas que aún tenemos que resolver, discernir qué es lo que nos corresponde a nivel individual, y qué es lo que hay que exigir a las instituciones y a sus representantes en materia de políticas públicas.

La lucha para erradicar la violencia contra mujeres y niñas no dura un día, o 16, pero podemos aprovechar los espacios, informarnos, participar, hacer vínculos y transformar relaciones en la búsqueda de la equidad, la justicia, solidaridad y lucha colectiva contra la impunidad desde lo cotidiano. Las tres hermanas Mirabal ayudaron a derrocar la dictadura de Trujillo con sus acciones cotidianas. ¿Qué podría hacer una sociedad entera para comenzar a resquebrajar las estructuras que nos dominan?

Patria, Minerva, María Teresa

¡No muere la libertad!

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