Opinión

Cinismo, magia y autocanibalismo democrático

Se están usando los poderes democráticos para destruir algunos de los pilares que las sociedades progresistas. | Leonardo Martínez

  • 05/09/2019
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Soy de los que cree que hubo dos instituciones vencedoras al final del siglo veinte, la democracia y la economía de mercado. El derrumbe de los regímenes totalitarios, por un lado, y los altos e históricos niveles de vida alcanzados en un grupo de países avanzados, por el otro, apuntalaron inobjetablemente las ventajas y los beneficios que pueden obtenerse de ambos sistemas.

Pero ninguno de los dos es un monolito, ambos sistemas ofrecen la posibilidad de desarrollarse y combinarse bajo una amplia gama de variantes, lo cual determina en buena parte los buenos o los malos resultados.

La economía de mercado es un mecanismo que puede ser muy eficiente para organizar las actividades productivas de una sociedad, pero no viene calibrada de fábrica para distribuir eficazmente la riqueza y reducir las desigualdades sociales. Cada sociedad la calibra haciendo uso de su herencia cultural y de los valores predominantes, de ahí que el mismo mecanismo genere por igual economías monopólicas que competidas, más justas e igualitarias o abiertamente injustas y desiguales, más o menos depredadoras de los recursos naturales y razonable o desmesuradamente contaminantes.

El espectro de las economías de mercado es tan amplio como las diferencias observadas en los resultados que genera. Las reglas que rigen y vigilan su funcionamiento se las pone cada sociedad y por eso el catálogo es amplio y variado: están desde las economías de cuates, corruptas y monopolizadas, con una pésima distribución de la riqueza como las de México, Brasil y Rusia, hasta las economías de mercado con enfoque social que logran reducir las desigualdades y ofrecer una alta calidad de vida, como las de los países nórdicos. Lo que para muchos resulta sorprendente es que al centro de todas está el mismo mecanismo vilipendiado hasta el cansancio por tirios y troyanos: esa institución que llamamos mercado.

Ahora bien, para introducir el tema de la democracia no hay como recordar la magnífica frase atribuida a Winston Churchill: la democracia es el peor sistema de gobierno, excepto por todos los demás. Y como sucede con el mercado, se trata de un sistema moldeable cuya confiabilidad y resultados dependen de las reglas que le imponga cada sociedad. La democracia es un sistema que ayuda a decidir quién gobierna, pero no asegura que se cumpla con ciertos estándares mínimos de la calidad de gobierno. El hecho de que se pueda cambiar al equipo gobernante cuando vuelva a haber elecciones, no redime a la sociedad los costos de oportunidad generados por los malos gobiernos, costos que pueden ser de orden colosal e impactar a varias generaciones.

Y bueno, henos aquí inmersos en una ola internacional en la que la democracia ha sido tomada por asalto, no de manera ilegal, sino a través de procesos de endofagia que no necesariamente violan las leyes porque si éstas estorban, pues los poderes las cambian.

En esta ola hay un elemento común que llama mucho la atención, el cinismo, entendido a la letra como una desvergüenza en el mentir o en la defensa de acciones o doctrinas vituperables (RAE). Son varios los países en los que la destrucción de las instituciones, la captura del poder judicial y de los órganos autónomos y regulatorios, los ataques a la prensa libre, la alteración de las reglas electorales, las arengas para fomentar la división y crear enemigos imaginarios, el comportamiento faccioso y la explotación del resentimiento, se hacen, cínicamente, en nombre el pueblo.

Lo vemos en Hungría con Orban, en Brasil con Bolsonaro, en Venezuela con Maduro, en Bolivia con Morales, en Gran Bretaña con Boris Johnson, en Nicaragua, en Rusia, en Israel, en Italia y en nuestro vecino del norte, por mencionar algunos casos. Y bueno, en México obviamente.

Pero el caso mexicano se distingue de los demás por la combinación que se da con otro elemento sui géneris: el pensamiento mágico del presidente actual. Como mencionaba en otra columna, ese pensamiento se enmarca en el actuar de las iglesias pentecostales y evangélicas en las que se privilegia el simplismo y la ausencia de autocrítica, y se desprecia a la ciencia y al pensamiento analítico y complejo. La violación de la ley no es un tema que preocupe, pues como han expresado públicamente sus adalides, buscan la verdad que es en sí misma revolucionaria y cristiana. El cinismo, no pensado peyorativamente sino como un rasgo convertido hábilmente en herramienta política, alcanza su máxima expresión cuando predican literalmente que la mentira es reaccionaria y que es cosa del demonio.

El poder excesivo obtenido legalmente gracias a la combinación de una estrategia demagógica y perseverante, por un lado, con pésimos gobiernos anteriores por el otro, está usándose ahora para obtener un poder hegemónico, sin contrapesos, en nombre del pueblo bueno. Visto en perspectiva es un proceso en el que se están usando los poderes democráticos para destruir algunos de los pilares que las sociedades progresistas han usado para mejorar el sistema mismo. Observamos un proceso de autocanibalismo democrático.

Es un fenómeno complejo que mina ambos sistemas, la democracia y el mercado, y que irá generando situaciones imprevisibles e inesperadas. Lo lamentable es que los costos de oportunidad para mejorar estructuralmente y con visión de largo plazo el bienestar de la población, seguirán creciendo inexorablemente.