Opinión

Cimentando el retroceso

Día con día somos testigos del quehacer de un gobierno que deambula sin descanso. | Leonardo Martínez

  • 31/10/2019
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Comienza el día con el acto litúrgico en el que el titular del Ejecutivo habla de lo que le viene en gana; se burla y ataca a los periodistas y a la prensa que no se han alineado con él; imita animales; destina mucho más tiempo a trivialidades como presumir sus pronósticos de beisbol de las grandes ligas que a reconocer y reflexionar sobre el estrepitoso fracaso de sus políticas para reducir la apabullante violencia en el país; muestra cero empatía con todo tipo de víctimas y a los victimarios les ofrece el perdón de Cristo y la comprensión de su “gobierno humanista y cristiano”. Miente sin pena y alude a “otros datos”; continúa sus arengas para dividir al país, denostando a los que él identifica como sus peores adversarios: los ruines conservadores y los corruptos neoliberales, sin reparar en que él mismo es a todas luces ultraconservador. Decide a quién perseguir con el aparato del Estado y a quién otorgarle su gracia, porque él es la ley y el Estado; anuncia con orgullo los avances de sus grandes proyectos, que empuja sin planes, ni proyectos ejecutivos, ni estudios técnicos ni de viabilidad, ni permisos, ni autorizaciones, pero con presupuestos providenciales. Finalmente, por sobre todas las cosas, disfruta como nadie estar en su púlpito mañanero, regocijándose de poder y predicando largamente su pensamiento mágico y su verdad religiosa.  

Una parte de la población disfruta el espectáculo embelesada. segura de que el país avanza con rumbo, tratando de creer que por fin van a desaparecer las injusticias y que ya no hay corrupción porque él se los dijo, aunque la batalla con esa parte de su conciencia que sabe que no es cierto resulte extraña y extenuante. Esa parte de la población, la que sí cree y la que quiere creer aunque en el fondo no le cuadren los dichos y los hechos, está en pie de lucha para defender a ultranza a quien les dice que el país está feliz, feliz, feliz.

Por otro lado, estamos los que vemos con preocupación el frenesí con el que se está cimentando un retroceso colosal, la pérdida de muchos años de grandes esfuerzos y pequeños logros que nos habían permitido avanzar en algunos ámbitos como educación y energía. Y no se trata, por supuesto, de defender a ningún régimen ni a nadie, pues todos han dejado un legado de claroscuros, con algunas cosas buenas y colas largas de corrupción, desigualdades e injusticias. Pero resulta ocioso e inútil caer en el juego de las culpas; en la rebatinga de los análisis de suma cero en los que hay una sola manera de salir adelante; en las discusiones cuasi-teológicas en las que se afirma que el verdadero satanás es el neoliberalismo, mientras se deja curiosamente fuera a los verdaderos demonios, que son los acuerdos políticos y los sistemas legales y regulatorios que propician el crecimiento de las desigualdades, la concentración de la riqueza, la discriminación en todas sus formas y la corrupción endémica.

La pobreza en el país lastima e indigna y por mucho que le cambien las métricas ésta sigue instalada allí sin que el gobierno diletante que tenemos atine a presentar alternativas viables y creíbles, aunque sea de pequeñas soluciones.  

Y preocupa mucho este fenómeno que estamos observando en el que una parte de la población acepta y celebra un liderazgo que practica un acendrado cinismo y se mueve en el día a día por un clarísimo ánimo de revancha.

Ya me había referido antes al cinismo con el que se conducen, no solamente el titular del Ejecutivo, sino muchos nuevos funcionarios y legisladores. Recordemos la definición del diccionario para entender lo mismo: el cinismo se define como una desvergüenza en el mentir o en la defensa de acciones o doctrinas vituperables (RAE). Y aquí escuchamos mentiras todos los días. Unas que pueden ofender pero que son inconsecuentes, y otras que indignan por el fondo y por la forma muchas veces burlona y socarrona con la que López las expresa. Un ejemplo de esto es el culiacanazo. En una tragicomedia de enredos, de dimes y diretes, López y su gabinete de seguridad se contradicen, se mienten y se desmienten con una pasmosa ligereza. La gente aterrada en Culiacán dando fe de muchos más muertos que los declarados en los boletines oficiales, el país lamentando la capitulación del Estado ante el poder del narco, y los responsables del fracaso mirando para otro lado, comentando alegremente el último juego de beisbol, indignándose ante quien se atreve a recordarles que está la opción de la renuncia y protegiéndose tranquilamente los unos a los otros. 

Lamentablemente hemos caído en la corriente que arrastra actualmente a muchos otros países en los que la destrucción de las instituciones, la captura del poder judicial y de los órganos autónomos y regulatorios, los ataques a la prensa no alineada, la alteración impune de las reglas electorales, las arengas para fomentar la división y crear enemigos imaginarios, el comportamiento faccioso y la explotación de la revancha y el resentimiento, avanzan y se hacen, cínicamente, en nombre el pueblo.

Todos estos son los insumos que están cimentando nuestro retroceso. Imposible de saber cuáles serán los efectos finales de esta maquiavélica mezcla, porque algunos efectos se refuerzan y otros se oponen y se repelen, todos a diferentes velocidades, en una dinámica cuyos resultados sólo podremos ir descubriendo sobre la marcha.

Lo que me queda claro es que la receta no viene en el recetario que han usado los países más civilizados, sino en el otro, el que han usado o están usando países como Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Honduras, Brasil, Hungría, Turquía, Rusia y Polonia, por mencionar algunos. Pues sí, soy de los que creen que la receta que nos están aplicando es mala, muy mala para México.