Opinión

Chapuzón digital

La realidad nos lanzó intempestivamente y sin salvavidas a las aguas de la digitalización y estamos aprendiendo a nadar. | Elena Estavillo

  • 06/04/2020
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Estamos viviendo tiempos extraños, por decir poco. Nos encontramos frente a una pandemia mundial que amenaza nuestra salud y la de nuestras familias, que nos ha forzado a muchas personas a encerrarnos y cambiar las dinámicas cotidianas a las que estábamos acostumbradas.

Otras han debido continuar con sus actividades normales incurriendo en riesgos, ya sea porque no tienen otra forma de sobrevivir, porque carecen de las herramientas tecnológicas esenciales o porque forman parte del frente heroico de trabajadoras[1] de la salud y de diversas actividades imprescindibles para mantenernos a flote.

Lo cierto es que esta coyuntura ha hecho evidente que la brecha digital es un dique que separa a la población, un diferenciador implacable que no debería existir. Nos está forzando a ver que por diferentes razones no hemos trabajado lo suficiente para llevar la tecnología a todos los rincones del país ni a cada ciudadana, y que ese rezago está resultando muy costoso.

La contingencia nos está forzando en muchos sentidos. Nos obliga a entender que tenemos que subir a todas al barco, no sólo a quienes estén mejor preparadas. Nos demuestra que el internet y las tecnologías de la información y la comunicación no son lujos ni la imposición de formas sociales ajenas a nuestra cultura, sino poderosos habilitadores de derechos que deberían ser una realidad para toda la población: a la salud, al trabajo, a la información, a la educación, a la justicia.

El encierro adoptado en muchos países, como es el caso de México, ha transformado las formas de trabajar, estudiar y realizar otras actividades. Al mismo tiempo, ha obligado a muchas proveedoras de servicios a crear nuevos modelos de negocio, y a las productoras y comercializadoras de bienes, a apoyarse en los servicios de logística y entrega a domicilio.

Este vertiginoso cambio no ha requerido que surjan innovaciones tecnológicas ad hoc. Lo nuevo ha sido la necesidad súbita de adoptarlas y aplicarlas para hacer frente a una necesidad apremiante. Estamos usando herramientas de comunicación y trabajo a distancia que ya estaban allí, pero se aprovechaban limitadamente, por inercia, por resistencia al cambio, por la dificultad de intentar distintos modos de hacer las cosas, por la seguridad que da aferrarse a las dinámicas y rutinas que conocemos y dominamos; por la dificultad de desaprender y aprender nuevas habilidades.

Pero la realidad nos lanzó intempestivamente y sin salvavidas a las aguas de la digitalización y estamos aprendiendo a nadar para poder sacar la cabeza.

Vemos ahora equipos de trabajo completos comunicándose desde casa, haciendo reuniones remotas, acostumbrándose a usar archivos electrónicos, dejando en el olvido las copias, documentos y carpetas físicas.

Chefs que envían su comida a domicilio y dan clases de cocina en línea o integran canastas de ingredientes cuidadosamente seleccionados para cocinar en casa.

Maestras de todos los niveles aprovechando sus pizarrones electrónicos y dando clases a través de una pantalla.

Personas que antes se resistían a utilizar el comercio electrónico y ahora hacen de esta forma hasta la despensa diaria.

Quienes se quejaban de no contar con acceso a instalaciones deportivas, entrenan, hacen yoga y se mantienen en forma con la ayuda de un catálogo enorme de aplicaciones.

Encontramos también conciertos, conferencias, óperas, festivales de cine, visitas a museos, acceso a bibliotecas y libros electrónicos.

Descubrimos la posibilidad de reunirnos en remoto y acompañarnos de amigos de quienes antes sólo nos separaba la idea de la distancia física.

Por otro lado, también estamos viendo al personal médico orientar y diagnosticar en remoto a personas que sospechan estar enfermas, para atenderlas de esa forma sin saturar la limitada capacidad de nuestras instalaciones hospitalarias.

Algo en nuestro fuero interno dificulta encontrar algo positivo en una crisis global que nos está dejando pérdidas humanas y tragedias personales irreparables.

Pero por complicado que parezca, dentro de esta emergencia las tecnologías digitales pueden darnos una tabla de flotación.

Hubiera sido grandioso estar lo suficientemente digitalizados para facilitar la resistencia a la pandemia en sus dimensiones de salud y económica, pero esa no es nuestra realidad. No obstante, podemos actuar en el sentido inverso: digitalizar como respuesta a la emergencia. Que parte de las acciones para la contención del contagio y para la recuperación económica sea expandir la digitalización de los servicios públicos y de las actividades privadas, además de incrementar las capacidades de las redes de telecomunicaciones y las empresas tecnológicas.

Las crisis económicas generalmente vienen con un incremento de la desigualdad, porque la población más necesitada lógicamente es la que tiene menos recursos para sortear las dificultades. Pero la tecnología puede ayudar a disminuir ese impacto. Con una visión estratégica, las acciones de sobrevivencia y contención de corto plazo pueden ser al mismo tiempo inversiones para una recuperación incluyente.

Por ejemplo: un agresivo programa de telemedicina puede ampliar en el corto plazo las capacidades de respuesta de un sistema de salud que pronto se verá rebasado y, al mismo tiempo, puede lograr hacer más con menos para incrementar la cobertura de los servicios hacia personas que hasta ahora se han visto excluidas.

La adopción de dinero electrónico para la entrega de recursos de los programas sociales gubernamentales puede disminuir el uso de billetes y monedas que actualmente representan un riesgo de contagio y, paralelamente, facilitar la inclusión financiera de una capa importante de la población.

El desarrollo de acciones de corto plazo para la educación a distancia, equipando a las escuelas y capacitando a los maestros, además de ayudar a que no se pierda el ciclo escolar en el caso de los estudiantes más vulnerables, incrementará las oportunidades educativas de la población marginada.

Asimismo, la aplicación del teletrabajo en numerosas actividades de las entidades públicas ayudaría a cuidar en este momento la salud de los trabajadores sin afectar la capacidad de atención de los asuntos gubernamentales.

De hecho, en términos generales para todos los sectores, la llegada forzada del teletrabajo, a la vez que facilita el encierro para muchas familias, en la etapa de recuperación significará menor presión en las capacidades del transporte urbano, mayores oportunidades laborales y de inserción para personas con discapacidad o para quienes cargan con responsabilidades de cuidado, mayor calidad de vida, así como mejoras en la productividad. Esta modalidad de trabajo, aunada a los modelos de negocio innovadores que están surgiendo, podrán ser palancas para relanzar o transformar empresas que ahora pasan por momentos muy complicados.

Pero para que esos beneficios se hagan realidad, será importante entender que el teletrabajo no significa llevar la cultura laboral analógica a la casa. Para que tenga éxito este esquema, es preciso moverse a la administración por objetivos, huir de las reuniones y conferencias continuas, delegar y supervisar resultados.

En suma, este chapuzón digital nos está empujando inesperadamente hacia modificaciones fundamentales que se pueden convertir en cambios culturales permanentes en nuestras formas de trabajar, estudiar, cuidar, relacionarnos, entretenernos y hacer negocios. Tendremos que aprender y adaptarnos rápidamente. En la medida en que lo hagamos, entendiendo que cuando salgamos de la crisis nada seguirá igual, podremos iniciar nuestra recuperación con mejores perspectivas de desarrollo en lo personal y como sociedad.


[1] Continúo con el uso experimental del “femenino neutral”, para sensibilizar sobre la importancia del lenguaje incluyente.

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