Opinión

Cerrado por contingencia sanitaria

Lo que ocurrió en los mercados, ha puesto mayor riesgo entre la población, que mantener abiertos los espacios públicos hoy clausurados. | Roberto Remes

  • 15/04/2020
  • Escuchar

En los últimos días he visto dos imágenes contradictorias. Por un lado, el acordonamiento de ciertos espacios simbólicos de la ciudad, como el Zócalo, la Alameda Central, la Calle de Madero, los Jardines Centenario e Hidalgo del Centro de Coyoacán, así como la Plaza de la Conchita. Por otro, la concentración de personas, con motivo del último día de la Cuaresma, en los mercados de “La Viga” y “La Nueva Viga”.

Como amante del espacio público me siento incómodo con ambos extremos. Los niveles de restricción están bastante claros, aunque nadie se atreve a decir explícitamente qué sí podemos hacer en la calle y qué no, ni mucho menos recomendar salir unos minutos, una vez al día, para mantener la salud mental.

En el encierro de Italia, una de las pocas actividades permitidas era sacar a pasear al perro; pero desde el 31 de marzo, el Ministerio del Interior permitió pasear con los niños acompañados de un solo adulto y en el entorno de su hogar, en una medida polémica pero que buscaba empatizar con las necesidades de los chicos y no sólo con la perspectiva de que son “portadores asintomáticos”.

En mi caso son mis hijos los que no quieren salir cuando se los he propuesto, pero uno de ellos ha tenido dos episodios de mucho estrés en los que lo forcé a salir. Caminamos un poco y se calmó. No tengo la menor duda, es necesario que de vez en cuando los niños anden unas calles, sin tocar objetos, sin convivir con otros niños, luego vuelvan a casa y se laven las manos.

El mensaje general ha sido “Quédate en casa”, pero el “acuerdo por el que se establecen acciones extraordinarias para atender la emergencia sanitaria generada por el virus SARS-CoV2” habla de “limitación voluntaria de la movilidad”, con excepción de la población de mayor riesgo a la que se le instruye el “resguardo domiciliario corresponsable”. Dada la gravedad de la emergencia, se busca un cumplimiento a rajatabla, y en la medida que la población obedezca se vuelve innecesario llegar a medidas obligatorias, por la vía de las atribuciones que la Ley General de Salud da al Consejo de Salubridad General bajo una emergencia, o mediante las previsiones del Artículo 29 Constitucional, respecto a la suspensión de garantías.

El Gobierno de Ciudad de México carece de facultades para cerrar el paso a la Alameda Central, el Zócalo o Madero. La Alcaldía Coyoacán carece de atribuciones para cerrar las dos plazas del centro y la de la Conchita. Sin embargo, era un asunto de gravedad: con la emergencia declarada, seguía la gente en esos espacios. Una vez acatada la medida, sólo hay que evitar la permanencia de la gente, no las servidumbres de paso.

En los mercados de La Viga y La Nueva Viga sucedió exactamente lo mismo, pero el Gobierno de Ciudad de México tuvo la misma reacción pasiva que con el Vive Latino: prefirió la actividad económica a la decisión sanitaria que les habría implicado un conflicto. 

Lo que ocurrió en los mercados, con motivo de la Cuaresma, ha puesto mayor riesgo entre la población, que mantener abiertos los espacios públicos hoy clausurados.

Entiendo el mensaje que ha querido darse con el cierre de espacios públicos: “Quédate en casa”. El cierre de Madero es suficientemente simbólico para mandar el mensaje de evitar a la gente paseando por allí con un helado o retratándose con una estatua viviente, entre aglomeraciones. Al mismo tiempo es un mensaje de doble moral de un gobierno que no logró imponer las suficientes previsiones en los mercados y no busca establecer medidas alternativas para el espacio público como sólo clausurar bancas y áreas de juego, o establecer sentidos de circulación en Madero y algunos pasillos de la Alameda.

Imponer una medida como el “Quédate en casa”, que en los ordenamientos jurídicos sigue siendo voluntaria, tiene un elevado espíritu autoritario: es un acto de poder, y como tal, quien lo ejerce, lo goza. Haber impuesto restricciones al acceso a los mercados en su mejor día del año era la decisión correcta, pero implicaba una negociación de ese acto de poder, y si el poder se negocia, no tiene los mismos efectos de placer que cuando se impone en el espacio público a personas que hoy no estamos en condiciones de protestar. La acción es positiva en términos de salud, pero restrictiva más allá del carácter “voluntario” de las medidas cuarentenarias.

Mientras no haya una restricción de mayor nivel que las establecidas hasta hoy, no existen consecuencias legales por atravesar los espacios públicos clausurados en el marco de la pandemia. Aún así, no estoy convocando a afrentar a las autoridades. Por el contrario, la gravedad de la situación que estamos viviendo obliga a motivar el respeto por las reglas. Más bien pido a las autoridades ser claros en el mensaje en dos vías: evitar las aglomeraciones en cualquier caso, y limitar las restricciones de uso del espacio público sólo al mobiliario, como bancas y juegos.

Recordemos que recién un reportero preguntó al subsecretario federal Hugo López-Gatell respecto a que el pasado sábado 11 de abril habría acudido a Palacio Nacional acompañado de su hijo. La respuesta fue cortante, en términos de la privacidad que reclamó el subsecretario, pero dijo algo muy claro: “lo más importante es la conciencia del riesgo”. Es decir, con las debidas precauciones, los niños sí pueden salir y hasta habría que procurarlo, unos minutos al día.

Para La Silla Rota es importante la participación de sus lectores a través de  comentarios sobre nuestros textos periodísticos, sean de opinión o informativos. Su participación, fundada, argumentada, con respeto y tolerancia hacia las ideas de otros, contribuye a enriquecer nuestros contenidos y a fortalecer el debate en torno a los asuntos de carácter público. Sin embargo, buscaremos bloquear los comentarios que contengan insultos y ataques personales, opiniones xenófobas, racistas, homófobas o discriminatorias. El objetivo es convivir en una discusión que puede ser fuerte, pero distanciarnos de la toxicidad.