Opinión

CDMX: Constituyendo entre contradicciones

Lo que ahora está en juego es de gran calado: el tipo de ciudad que queremos.

  • 29/04/2016
  • Escuchar

El próximo 5 de junio los capitalinos estamos convocados a las urnas para elegir a 60 de los 100 ciudadanos que integrarán la Asamblea que aprobará la Constitución de nuestra ciudad (los 40 restantes serán designados por poderes constituidos).

 

El INE aprobó a 548 candidatos –540 de partido y 8 sin partido– para contender en la que será la primera elección en la historia contemporánea del país en la que un órgano legislativo sea conformado exclusivamente por el principio de representación proporcional. Esto quiere decir que con excepción de los independientes, votaremos exclusivamente por listas cerradas presentadas por partidos y no como estamos acostumbrados, por candidatos de distritos uninominales y simultánea y forzosamente por la lista de pluris de su  partido (la cual se encuentra al reverso de la boleta y muy pocos electores revisan antes de votar).

 

Si algo caracteriza a la elección del Constituyente son sus contradicciones. Es indispensable reconocerlas, analizarlas, y entonces decidir qué hacer con ellas.

 

Primera contradicción: Quienes convocan a una elección constituyente son poderes constituidos y no un pueblo que en ejercicio de su soberanía engendra un nuevo pacto social. La ruta es ordenada y formulada desde arriba, y no convulsiva y emanada de  abajo. Es continuidad, no ruptura. Los poderes previamente existentes sobreviven al momento constituyente, no desaparecen.

 

Las constituciones que no surgen de gestas revolucionarias se han ido normalizando en América Latina. En décadas recientes, países como Bolivia, Ecuador y Venezuela desarrollaron una tradición cuyo punto de partida es el llamado de gobiernos nacionales democráticamente electos que pasando por un buen momento, deciden invertir su bono de legitimidad en la promulgación de un nuevo arreglo social.

 

El constituyente de la Ciudad de México sólo se asemeja a estos en que no surge de una revolución violenta. Por lo demás, es un proceso subnacional en el cual los poderes convocantes pasan por una severa crisis de confianza ciudadana.

 

Segunda contradicción: La ventaja de los sistemas electorales proporcionales sobre los uninominales reside en que están diseñados para no sobre ni sub representar a ninguno de los competidores. No deja de ser una ironía que la primera elección de representación proporcional pura en el país esté condenada a conformar una asamblea en la que el PRI, para no variar, estará sobrerrepresentado. Y es que el apoyo que no obtiene en las urnas capitalinas, lo compensará con los constituyentes que designen Peña Nieto y su mayoría en el Poder Legislativo.

 

Tercera contradicción: Si bien los sistemas de representación proporcional son más equitativos, la elección del constituyente tiene un déficit democrático de origen: ninguno de los partidos convocó a elecciones primarias. Es más, hubo quienes ni siquiera tuvieron el pudor de formalizar vía sus consejos o congresos las decisiones que previamente habían sido tomadas por sus cúpulas. Precisamente porque los partidos no realizan procesos democráticos de selección interna, es que los llamados pluris tienen tan mala fama en México.

 

Sin embargo –y aquí radica la contradicción– de manera inédita las listas de candidatos a la constituyente de diversos partidos son encabezadas por activistas, artistas, intelectuales, periodistas y políticos con todas las credenciales para realizar un estupendo trabajo. Ante un contexto de exigencia como el de la capital, algunos partidos están postulando a candidatos internos y externos con prestigio y expertise en alguna materia y escondiendo a sus impresentables.

 

Cuarta contradicción: Para el devenir de la ciudad lo que resulte del proceso constituyente será decisivo. La Constitución será su ley de mayor jerarquía. Ahí quedarán cristalizados los derechos, la organización de los poderes y las aspiraciones del lugar en que vivimos. Este documento fundacional desencadenará legislaciones secundarias, creará nuevas instituciones, y posiblemente desemboque en la reconfiguración de la división político territorial de la ciudad.

 

Pese a la relevancia de lo que está en juego, se anticipa una baja o muy baja participación electoral. ¿Es concebible un nuevo pacto social sin sociedad?  

 

Es en este mar de pasiones, ambiciones e intereses entremezclados que solemos llamar política, y no en un mundo ideal, en donde tenemos que asumir una posición. Lo que ahora está en juego es de gran calado: el tipo de ciudad que queremos. ¿Queremos una en la que los intereses inmobiliarios prevalezcan, u otra en la que el interés público rija? ¿Queremos segundos y terceros pisos para coches, o calles dignas de caminarse? ¿Queremos anuncios espectaculares o árboles espectaculares? ¿Queremos cohesión o segregación social?

 

Que las condiciones no sean las óptimas y muchos de los actores de esta trama carezcan de vocación democrática, no es motivo para marginarse. La ciudad necesita a sus ciudadanos. Como dice Pablo Iglesias, tenemos que estar dispuestos a reconocer que hacer política supone cabalgar contradicciones.

 

@EncinasN

@OpinionLSR