Opinión

Campañas CDMX: entre lo ramplón y el disco rayado

Parte 1 | Leonardo Martínez

  • 15/03/2018
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Hay un misterioso fenómeno que salva a las ciudades del colapso. Aunque aparentemente existe desde hace miles de años, los humanos tardamos lo que va de nuestra existencia para empezar a descubrirlo. Es apenas una hipótesis que ha ido tomando forma de hace unos lustros para acá, poco a poco y de la misma manera en la que otras hipótesis científicas han logrado consolidarse paulatinamente hasta formar parte de una teoría que resiste los embates con argumentos sólidos y evidencia irrefutable.

Ese misterioso fenómeno forma parte del núcleo de las nuevas ciencias de la ciudad, del nuevo cuerpo de conocimientos en marcha que permite entender mejor qué es y cómo funciona una urbe, con lo cual se pueden hacer mejores diagnósticos y en consecuencia encontrar mejores soluciones a los problemas urbanos.  

Se trata de un fenómeno intrigante del que todavía se sabe poco y tiene que ver con el comportamiento emergente de los organismos complejos con capacidades de auto-organización. Aparece cuando las condiciones del entorno hacen que un organismo complejo se empiece a comportar como una inteligencia colectiva independiente de las voluntades individuales de los seres que lo componen. Este comportamiento se ha descubierto en organismos unicelulares, en organismos superiores y en colectivos sociales, como las ciudades mismas.

Parece ciencia ficción, pero no lo es. Trataré de explicarlo de la manera más sencilla posible e intentaré también explicar por qué, a la luz de esta nueva visión, los diagnósticos y las propuestas de las candidaturas al gobierno de la Ciudad de México son aburridos anacronismos que no van a mejorar las calamidades que padecemos todos los días, aunque los aspirantes se esfuercen inútilmente en convencernos de lo contrario.

Empezaré por hacer un apretado resumen de este descubrimiento sorprendente al que he hecho referencia. Como suele suceder en todas las ciencias, las contribuciones importantes no surgen espontáneamente de la nada, siempre se basan en un cierto linaje de conocimientos acumulados obtenidos por las ideas y descubrimientos de muchas mentes brillantes.

En este caso, un descubrimiento clave se dio alrededor del año de 1968 cuando la bióloga molecular y física de Harvard, Evelyn Fox Keller, y el matemático Lee Segel, se dieron a la tarea descubrir los mecanismos que determinaban el extraño comportamiento de unos organismos unicelulares de la familia de los hongos (Dictyostelium discoideum) que pasan la mayor parte de su vida merodeando cada uno por su cuenta en busca de alimento. Pero cuando las condiciones del entorno se vuelven difíciles, estos miles de organismos se aglomeran en una sola masa que empieza a comportarse como un solo organismo mayor, que se mueve como molusco por el suelo englutiendo las hojas y ramas que encuentra a su paso.

El fenómeno había sido estudiado durante décadas por los biólogos y la teoría prevaleciente indicaba que había algunas células encargadas de emitir una sustancia química que era interpretada por los demás organismos como una orden para aglomerarse y actuar coordinadamente. Era una hipótesis similar a la que prevalecía para explicar la sorprendente organización de las colonias de hormigas: la hormiga reina emitía sustancias químicas que eran interpretadas como órdenes por los diferentes grupos de hormigas especialistas, las cuales se encargaban de cumplirlas incansablemente.

Pero para la mancuerna de Evelyn y Segel esa hipótesis no cuadraba: nadie nunca había podido encontrar ni las células de alta jerarquía ni las misteriosas sustancias químicas con las órdenes, lo cual hizo que se preguntaran si no habría alguna otra explicación.

Evelyn se topó en algún momento con un artículo de Alan Turing, el genial matemático inglés que descifró los códigos secretos del ejército nazi y que sentó las bases para construir las computadoras modernas. En ese artículo, Turing explicaba cómo un organismo complejo se podía autogenerar sin que los millones de elementos individuales que lo componen tuvieran que responder a las órdenes de alguien más o que tuvieran que seguir un plan maestro, sino haciendo que sus componentes individuales siguieran ciertas reglas relativamente simples.

Al leer el artículo, Evelyn tuvo una epifanía que a la postre derrumbó el mito de las órdenes jerárquicas en casos como el hongo de esta historia y la hormiga reina. Al demostrar matemáticamente junto con Segel cómo las células se podían agregar en organismos más complejos siguiendo las trazas de las sustancias químicas que ellas mismas emitían (pero que no provenían de ninguna célula reina como antes se creía), pudieron explicar rigurosamente el proceso de transformación de millones de células independientes en un organismo superior.

La publicación de su artículo en 1969 fue recibido escépticamente por la comunidad de biólogos que seguía buscando a las células reina, pero se convirtió en un bloque clave de los cimientos de las nuevas ciencias de los sistemas complejos.

En efecto, el tiempo les dio la razón y ahora la ciencia reconoce este fenómeno  mediante el cual un organismo complejo se empieza a comportar como una inteligencia colectiva independientemente de las voluntades o comportamientos individuales de las células o seres que lo componen.  

Lo interesante en el caso que nos ocupa es que esa hipótesis es aplicable a una multitud de fenómenos físicos y sociales. Desde la formación de organismos vivos hasta el comportamiento de los urbanitas en función de las condiciones del entorno, que es el tema en el que pondremos el énfasis en las próximas entregas y que me servirá de marco para lamentar el nivel de análisis de las campañas en turno.

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