Opinión

Cambio de paradigma

México y EU están aprendiendo cada vez más a manejar la frontera y el espacio compartido.

  • 21/12/2015
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México ya no es un país de emigrantes, pero sigue siendo un país de emigrados. En otras palabras, hay pocos mexicanos dejando el país para vivir en los Estados Unidos y otras partes del mundo -por  lo menos comparado con el número de los que están llegando a México desde el extranjero- pero una décima parte de la población mexicana sigue viviendo en el extranjero.

 

Al mismo tiempo, Estados Unidos ha dejado de ser un país de inmigración mexicana, por lo menos en términos netos, pero sigue teniendo un número muy significativo de mexicanos y sus descendientes, que equivalen a un poco más de una décima parte de su población y constituyen un electorado, mercado y fuente de cultura cada vez más importante.

 

Todo parece indicar que los flujos entre México y Estados Unidos se han estabilizado, ya en números muy bajos, pero los dos países seguirán siendo por muchos años marcados por las personas y las familias que han cruzado la frontera, de sur al norte y del norte al sur. Hay tres implicaciones importantes de este cambio de flujos altos a flujos bajos.

 

En primer lugar, la presencia mexicana en EUA es cada vez más asentada y permanente, con consecuencias para la cultura, la política y la vida económica. Para empezar, los latinos ya son un mercado de unos 1.5 trillones de dólares, lo cual capta la atención de los ejecutivos de la televisión, películas y deporte, y de las empresas que anuncian sus productos.

 

Casi todo el crecimiento en popularidad y mercado del fútbol americano profesional, la Liga Nacional de Fútbol (NFL por sus siglas en inglés), por ejemplo, proviene de fans latinos. Los nuevos caudales de votos también son, en su mayoría, latinos que se han registrado a votar en la última década.

 

Y con este cambio, los latinos, dos terceras partes de los cuales son de ascendencia mexicana, cada vez menos serán objeto del debate migratorio y cada vez más sujetos del complejo tejido social del país.

 

En segundo lugar, lo inverso está pasando en México. Ahora cuando hablamos de la influencia de los Estados Unidos en México, ya no es sólo una cuestión de lo que hace la Casa Blanca o Hollywood, sino también la influencia de los muchos mexicanos que han vivido al norte de la frontera y regresado a México, y del millón o más de estadounidenses que viven en México.

 

Aún no sabemos qué efecto esto tendrá sobre los valores y cultura mexicanos, ya que es un flujo relativamente nuevo (por lo menos en su tamaño actual), pero es seguro que algún efecto tendrá.

 

El Centro Pew estima que un millón de mexicanos regresaron a México entre 2009 y 2014, un lapso de cinco años, muchos con sus hijos o parejas estadounidenses. A la vez, hay cada vez más estadounidenses sin familia mexicana que deciden mudarse a México, por la comodidad, la cultura o la posibilidad de vivir bien con pensiones limitadas.

 

En tercer lugar, los dos países están aprendiendo cada vez más a manejar la frontera y el espacio compartido entre ellos. No es fácil ver esto ahorita, porque la precampaña presidencial en Estados Unidos ha sacado a la luz pública los temores y prejuicios más primitivos que tienen sectores de la población estadounidense, pero estos son patadas de ahogado.

 

En realidad, las dos sociedades son cada vez más entrelazadas e interdependientes, como consecuencia, los dos gobiernos son cada vez más ambiciosos en cómo cooperan para manejar la seguridad y la competitividad de la frontera. La apertura del acceso directo a San Diego en el aeropuerto de Tijuana lo convirtió en un aeropuerto realmente binacional, una metáfora apta para una zona metropolitana cada vez más unificada que las dos ciudades forman juntas, pero también para todo el espacio compartido entre las dos sociedades y economías.

 

Y hay un reto más que tendrán que enfrentar los dos gobiernos y sociedades juntos, aprovechando estas nuevas posibilidades de colaboración binacional. Los flujos de migrantes más notables ahora son de los países centroamericanos hacia Estados Unidos a través de México. Actualmente estos migrantes están sujetos a terribles vejaciones en México y luego internados y muchas veces retornados si logran llegar a los Estados Unidos.

 

Aquí también se necesita pensar conjuntamente entre México y Estados Unidos cómo enfrentar esta nueva crisis juntos, tratando de evitar que estos migrantes viajen tantos miles de kilómetros desamparados y quizá haciendo una determinación en la frontera México-EUA o en los países centroamericanos mismos sobre quiénes merecen asilo como refugiados antes de que prendan todo el viaje al norte.

 

No hay duda que estamos ante un cambio de paradigma de la migración entre México y Estados Unidos, y éste plantea preguntas sobre cómo los dos países se relacionarán con sus poblaciones inmigrantes que provienen del otro lado de la frontera y con los connacionales que se fueron para vivir en el otro país, asimismo como tratarán a los nuevos migrantes del istmo centroamericano.

 

Todo parece indicar que acabó el periodo de migración mexicana masiva, pero las consecuencias de esta migración y la migración inversa hacia México dejarán huella por mucho tiempo. La noticia buena de esto es que se están generando incentivos para mayor cooperación.