Opinión

BrExit: los ultranacionalismos y el debilitamiento de los partidos políticos tradicionales son ya una realidad global

El Reino Unido y el mundo entero continúan preguntándose por los costos del divorcio británico.

  • 26/06/2016
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Mientras toma fuerza una iniciativa ciudadana para hacer un referendo para reversar lo decidido el pasado 23 de junio, todos continúan preguntándose por los costos del divorcio británico de Europa.

 

Menos de cuatro puntos porcentuales de diferencia en un referendo en uno de sus países, bastaron para poner en jaque a la comunidad de naciones que ha sido referente mundial de la integración política y comercial: la Unión Europea.

 

Pero lo sucedido no sólo preocupa al resto de Europa sino a los mismos británicos. No en vano en marzo pasado la Confederación de la Industria Británica calculó el costo del BrExit en 145.000 millones de dólares que se sumarían a la pérdida de 950.000 empleos para 2020. Supuestos aparte, los hechos hablan por sí mismos: tras los resultados del referendo, la Libra Esterlina cayó más de 10% frente al Dólar, llegando a su precio más bajo desde 1985.

 

Y aunque la decisión del pueblo del Reino Unido de dejar de ser “comunitarios” tiene múltiples causas, que van desde una enorme falla de cálculo del carismático y ambiguo primer ministro conservador David Cameron hasta la incapacidad de la burocracia europea de lograr mostrarse cercana a las inquietudes y expectativas de la gente del común, es inevitable ver más allá de todo esto dos fenómenos globales que no están para nada alejados de nuestro hemisferio: los sentimientos ultranacionalistas y del debilitamiento partidos políticos tradicionales.

 

En el vecino Estados Unidos las voces de beneplácito republicanas no se hicieron esperar. El indescriptible Donald Trump calificó el Brexit de “fantástico” e incluso Ted Cruz y Paul Ryan se apresuraron a celebrar la escisión comunitaria, dejando claro que lo que pasa al otro lado del Atlántico está lejos de estar desconectado de nuestra realidad inmediata. El mismo ultranacionalismo que lleva a Trump a despotricar de los mexicanos y de los latinoamericanos en general es el que fue capaz de derrotar a los líderes tories y laboristas en el Reino Unido.

 

Así como Trump logró vencer a todo el establecimiento del Partido Republicano en las primarias, el BrExit se impuso frente al grueso de la clase dirigente británica dejando claro que ya no basta con el apoyo de los partidos políticos para sacar una causa adelante: el sentir nacionalista se impuso, aunque por pocos puntos porcentuales, a los argumentos técnicos de líderes políticos y económicos. El primer ministro Camerón y el líder opositor Jeremy Corbyn compartieron la esquina de la derrota. El deseo de detener la inmigración, los temores al Estado Islámico y la inconformidad ante los costos de apoyar a los miembros menos ricos de la Unión, fueron superiores a la posibilidad de mantener lazos sólidos con el bloque económico que compra más de la mitad de las exportaciones del Reino Unido.

 

Y este sentir no se limita al caso británico o al de los Estados Unidos. Los movimientos ultranacionalistas han evidenciado su emoción por el BrExit por todas las esquinas de Europa. La francesa Marine Le Pen, el holandés Geert Wilders y el italiano Matteo Salvini han mirado con muy buenos ojos la noticia y ven más cerca que nunca procesos similares en sus países. Estos líderes de los partidos políticos de ultraderecha tienen claro que la coyuntura les ofrece oportunidades inigualables de seguir creciendo y de quitarles más y más espacios a los partidos tradicionales de centro derecha y centro izquierda que tradicionalmente han sido pro-europeos. Para todos ellos, igual que para Trump y los promotores del BrExit, frenar la inmigración es un tema neurálgico.

 

Es evidente que el BrExit es mucho más que el triunfo del quijotesco Nigel Farage y de su consistente y coherente Partido Independentista del Reino Unido. También es claro que los sucesos trascienden al oportunista conservador Boris Johnson, ex alcalde de Londres que ha logrado una enorme figuración gracias al referendo y a comparaciones grotescas entre la Unión Europea, Napoleón y Hitler. Incluso, es necesario decir que la salida del Reino Unido de la esfera comunitaria es un asunto que va más allá de las razonables preocupaciones macroeconómicas de líderes y publicaciones especializadas que han analizado las consecuencias de la separación principalmente desde la óptica del comercio exterior, las divisas, los mercados laborales y el crecimiento económico.

 

El BrExit, más allá de todo eso, se convierte en un recordatorio de la fragilidad de un sueño, de un proyecto común que tuvo sus raíces en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. De un sueño que ha tenido una enorme influencia en el planeta, al punto de ser antecedente obligado de los múltiples tratados de libre comercio y convenios de libre tránsito de ciudadanos que se han buscado, y que amenudo se han logrado, entre diversos países, acuerdos como el NAFTA o la más reciente Alianza del Pacífico.

 

Si bien Gran Bretaña nunca fue la nación que más creyó en ese sueño, como lo demuestran su ingreso relativamente tardío (1973, cuando la Unión empezó en 1957), su negativa a usar el Euro, y su condición de pionera en abandonar el barco, el BrExit ha mandado un mensaje muy claro al planeta: mucho de lo que le ha tomado décadas construir a la comunidad internacional está bajo amenaza por la debilidad de los partidos tradicionales, los ultranacionalismos e, incluso, la xenofobia.

 

@orferdi

@OpinionLSR

 

 *Raúl Díaz

Especialista en periodismo y estudiante de maestría en comunicación. Investigador en temas de activismo y movimientos sociales. Consultor en comunicaciones estratégicas y en vocería para organizaciones públicas, sociales y privadas.

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